El
tópico, lo que acontece porque la fuerza de los hechos es tozuda y previsible,
suele verificarse vehementemente en asuntos amorosos. Del amor al odio hay
un pelo de higo que tira más que una maroma de barco que se ha roto porque no
soporta el peso de las circunstancias. Nos volvemos vengativos
implacables, rencorosos, contundentes, categóricos y lo que se quiera
añadir. El brebaje que nos envenena y desata estos sentimientos, de los
más poderosos, es la animadversión que se intensifica cuando la convivencia ha
sido fuerte y basada en sentimientos e intimidades que se vuelven
irreconciliables. Rehacer lo que fue es tan imposible como restaurar un
plato roto, ya no digo una vajilla entera. Desengaños de todo
tipo. De los compañeros de trabajo, de los socios políticos, del tendero
de la esquina, del monaguillo, del concejal, del vecino o de los amigos de toda
la vida.
Pero
el desencanto por excelencia que asociamos a la convivencia o al roce más
cercano lo llamamos desamor, la falta de amor que florece y va trepando por las
paredes de la convivencia es lo más desgarrador. De la complicidad a la
indiferencia dolorosa cuando no estalla una guerra abierta con enemigos bien
definidos y una belicosidad infinita dolorosamente soportable y sostenida, a
menudo inolvidable porque ambas partes se sienten inocentes. El
responsable acostumbra a ser ajeno a nosotros mismos -otro tópico- porque la
culpa es negra como un gato gafe cargado de parásitos.
Hace
poco ya ilustraba un caso, de ruptura, con mucho eco entre la cantante y el
futbolista. Este otoño prosperan o se reavivan los casos entre personajes
muy célebres. Diría que abundan más que las setas, ya que las lluvias
tampoco han inundado los sedientos pantanos. Un estudio o una encuesta de
amplio alcance -cada uno y sus circunstancias- podría ilustrarnos respecto de
la salud emocional en materia de alegría conyugal. Conseguir que seamos
absolutamente francos y sinceros sería el reto. La vergüenza, el pudor y
la falta de franqueza nos vuelven a mover el ángulo y propician aquellos casos
más populares por el protagonismo y por la ristra de noticias que generan.
Me
referiré a lo que transita desde hace tiempo por los medios y que está subiendo
de intensidad. Se trata de uno de manual, de cuento de hadas ejemplar que
alcanzará el grado de novelesco con príncipes y princesas de sangre rosa que
han vuelto a la condición de sapos destronados y, lo más dramático,
desenamorados. Un vía crucis difundido desde la malicia con voluntad de
perjudicar. Como decía la abuela, las mujeres son el pedernal de pecados como
unas hogazas de cinco kilos de las que podemos ir rebanando tostadas que las
brasas del infierno chamuscan sin redención posible. Para la eternidad.
Un
calvario por capítulos, como la gran historia de amor que debe convertirse en
fantasía popular y lección para todo tipo de criaturas inocentes y de sangre
azul en particular. Permitidme que me aproxime a quien sufre la amargura
de la indiferencia y la polvareda que levanta el escándalo debido a la sordidez
de lo que se divulga. Los trapos sucios y pringados -como las sábanas-
deben lavarse en casa y no en el pilón de la plaza. Cómo serán el
desasosiego y el sufrimiento de quien en su momento abrió los cofres del tesoro
a la pasión amorosa y los ofreció sólo por noble galantería. El heroico
caballero que batalla tras batalla depositaba a los pies de la amada el botín
de guerra manchado de oprobio que iba conquistando por los mares del oriente
como un monarca de los piratas.
¡Qué
vida! ¡Qué epílogo para una biografía rota! Lo imagino solo,
repudiado, viejo y abandonado descubriendo que todos los tesoros del mundo no
conseguirán curarle del mal de amor que le ha atormentado. Es más, aquella
rubia de pelo como un hilo de oro por quien perdió la cordura le humilla
esparciendo por todas partes a quien le quiera escuchar las miserias humanas y
las debilidades escalofriantes de hombre mortal que no le suponíamos. Es
la gracia o la virtud del desafecto, que hace flotar los cadáveres del pasado y
lo peor de cada uno.
Dicen
que durante las noches frías en el desierto se arrastra cansado con un frágil
zapato de cristal en las manos aguardando la carroza confiando en la literatura
del género. Por el contrario, desfilan con parsimonia una monumental
caravana de camellos cargados de calabazas sin ningún tipo de
hechizo. Decepcionado, contempla el mar inmenso de dunas. La noche es
espléndida. ¿Cómo puede ser? Aún cobija la esperanza del reencuentro,
aunque sin embargo desconfía del hechizo. “Espejito, espejito, dime,
¿quién es la mujer más bonita de todas las mujeres -y de todas las reinas?-. Contempla
el espejismo del cielo cristalino, busca las estrellas que deberán guiarle a
deshacer el maleficio causado por una manzana envenenada y tan amarga como ese
desamor que le martiriza.
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