jueves, 8 de diciembre de 2022

El color de México.

 

El impuesto sobre las emisiones personales de CO2 en el aeropuerto de México Ciudad es de 250$, pesos mexicanos, para hacer uso de la sala exclusiva de fumadores. -¡Venga ya! -expresión que dediqué a la recaudatoria con un gesto de contrariedad y de coraje mal contenidos de aquellos que sólo pueden entender quienes cultivamos este vicio. Me abstuve de fumar mientras esperaba para subirme al avión de vuelta en una larga renuncia que duró la extensa travesía de un océano. El avión ya repartía emisiones suficientes.

México no es país para fumadores empedernidos. En el barrio histórico de la capital unos carteles reiteran la prohibición farola tras farola. Sólo me atreví a encender uno de papel muy discretamente y tragándome el humo delator porque los policías, los agentes de la autoridad de aquel céntrico tramo urbano, hacían ostentación de su condición con muchos humos, cigarrillo en mano sin disimular nada. Yo diría que no se lo tragaban, el humo.

Las ciudades mexicanas que he paseado están libres de colillas, en ningún sitio o muy excepcionalmente hay indicios del hábito. Una de dos, o no fuman o lo hacen poco y en la intimidad. En este mercado continuo callejero que es México, todavía hay vendedoras, expendedoras, de cigarrillos al por menor vestidas de indias que pasean un catálogo variado, nacional o de importación, en una cesta que venden a 7 pesos la unidad. En las terrazas de los bares y en los bancos de las plazas ofrecen también habanos. Dice la leyenda colonial que cuando Colón llegó a las costas cubanas observaron que los indígenas expelían humo por la boca. Una neblina apestosa que procedía de unos cilindros hechos con hojas secas, el tabaco. El consumo de esta hojarasca, sin filtro ni aditivos, se asociaba a fines mágicos, religiosos y medicinales -¡cómo cambia el márquetin i las propiedades vinculadas a un producto a lo largo de los siglos!-.

Visto con esta perspectiva lejana de los años pasados ​​yo creo que el hábito importado del tabaco, un ultramarino más, nos llegó a Europa y echó raíces como una especie de venganza de los dioses precolombinos. Los indios mesoamericanos nos la devolvían, desconozco si ya eran conscientes de la dependencia y de los estragos causados ​​en la salud por prender fuego a estos canutos hechos con hojas secas enmarañadas. Una revancha, seguramente, al surtido paquete de virus y enfermedades infecciosas que los conquistadores llevaron junto con la lengua, las creencias y los toros. En Tlaxcala alardean -existen más ciudades que se atribuyen el mérito- de disponer de la primera plaza de toros que los españoles edificaron. La hazaña de esta materia peluda con cuernos, yo creo, consistía en el hecho de llevar los toros en barco cruzando el océano -¡y sin fumar!- México acaba de prohibir la temporada taurina en la Monumental, la plaza más grande del mundo. 

Nada más aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de México el estallido sensual de la comida mexicana te asalta con alevosía, es algo identitario que se impone sin contemplaciones. Un aroma intenso de calle, de parada precaria en las aceras de todo el país donde elaboran todo tipo de comidas rápidas consumidas de pie exquisitamente sazonadas con poderosas salsas vivamente coloreadas que encienden el alma. Picosas, te advierten. México es un país picante en muchos sentidos.

En el Museo Antropológico de Xalapa, una exposición excepcional de cabezudos megalíticos, los guías detienen a las guerrillas de turistas ante una estela que representa una figura que nos hace dudar de si camina o de si danza. ¿Un precedente de las magníficas contorsiones de las imágenes en los templos barrocos cristianos posteriores? El guía se recrea en la pregunta -¿Qué detectan? -la expectación envuelve la respuesta aventurada mientras el enigma se resuelve en la aureola circular que circuncida la testa del personaje representado en la lápida. Con imaginación atrevida podría afirmarse que la figura luce una escafandra interplanetaria para navegar entre universos y mundos muy lejanos. Qué no imaginó un pastor de cabras reconvertido a conquistador en ese nuevo mundo por someter lleno de oro, de prodigios y de loros tropicales.

Condicionado por las interferencias galácticas no dudé en mercadear una piedra extraña. Según el abuelo de la parada callejera que me la ofrecía se trataba de un meteorito, de los numerosos que caen en el desierto en medio de los cactus de destilar tequila y mezcal exportado con un gusano afrodisíaco en el culo de la botella. Una piedrecita de aspecto metálico muy pesada y relamida por el roce al rojo vivo de cuando cruzó la atmósfera. Si no lo es, lo parece, un meteorito de bolsillo llovido del cielo cargado todavía de energías siderales y de nostalgias mientras la neblina del atardecer diluye las siluetas de los templos convirtiendo el paisaje y las luces en pintorescos murales azucarados de tonos pastel custodiados por los elásticos cocoteros que los vientos atlánticos no pueden vencer.

El México pintoresco, de cementerios vivientes, de calaveras azucaradas -de Catrinas-, de serenatas con mariachis, el de Siqueiros o de Diego Rivera, de Frida nacida en el corazón de la infraestructura cultural y de las sedes educativas del país, Coyoacán, el centro geográfico de Ciudad de México. También el México de las desaparecidas, de las madres que preguntan con desesperación dónde está el hijo o la hija que no ha dejado rastro alguno, el de los inmigrantes clandestinos, el del muro y el de la pobreza. México es también el caos imprevisible. Sin olvidar al México que acogió a la diáspora republicana catalana y española, Pere Calders o Buñuel, por ejemplo, entre tantos y tantos que tuvieron que marcharse al exilio.

La Antigua fue la aldea fluvial donde, dice la leyenda, Hernán Cortés quemó las naves para chamuscar las tentaciones de deserción. Aquí estuvo asentada la ciudad de Veracruz durante el siglo XVI antes de establecerse en la actual ubicación en el Golfo de México. Veracruz es el puerto desde el que salió el oro, la plata y el comercio colonial de ida y vuelta haciendo escala en Cuba para llegar a tierras españolas, a Sevilla. La Antigua actualmente sobrevive del recuerdo y de los vestigios, cuatro paredes roídas por las raíces feroces sin el éxito turístico que debería preverse. También las actuales edificaciones viven tiempos poco gloriosos. Dicen que aquí se fundó la primera iglesia -con goteras- que rige un cura decidido a rehacer el tejado y a magnificar el monumento espartano alejado de la fanfarria ornamental barroca. Existe el brocal de un pozo ahora seco al que, por sorpresa de los mexicanos, lancé una moneda. Como en Roma, les conté. Un gesto para comprar buenaventura con el que también te comprometes a volver en alguna otra ocasión. Pensé que devolvía una migaja simbólica de lo que les arrebataron.

La gigantesca bandera del Zócalo es el faro y un imán del descontento social endémico que confluye en la capital federal del país. Maestros y profesores -que el estado no paga- acampados en una inmensidad de tiendas. Manifestaciones de vecinos reclamando viviendas dignas. Y una muy gorda y espesa protagonizada por las feministas que colapsó la apretadísima ciudad de México. Algunas mujeres dicen basta con contundencia y una energía que ha provocado que algunos monumentos y edificios tengan que estar protegidos con vallas de madera. La gente de orden del país considera a las feministas un ejército descontrolado y violento. Me acerqué a la cabecera de la convocatoria donde una madre con la cara destapada rodeada de un enjambre de periodistas reclamaba explicaciones. ¿Dónde está su hijo David?  

Por la mañana ya me había llamado la atención una multitud de personas con chalecos reunida en los jardines cercanos al Palacio de Bellas Artes. Desde la Avenida Juárez no se podía discernir quién era ese gentío. Más tarde, como las piezas de un puzle, se organizaron y se disciplinaron. Eran batallones de policías con cascos listos para atizar a quien corresponda. La sorpresa fue cuando descubrí que esa formidable fuerza policial estaba integrada exclusivamente por mujeres. Una uniformidad de género que durante toda la mañana holgazaneó mientras no era la hora de actuar. Todo un catálogo de chicas y mujeres que aprovechaba el punto de concentración para el almuerzo, hacían cola en las paradas ambulantes de comidas, se retrataban no sin comprobar que el maquillaje no se había despeinado. Desconozco cómo acabó el episodio ya que tuve que espabilarme para huir del asedio y encontrar un taxi para llegar al aeropuerto a tiempo. El último recuerdo es una hilera de policías con el casco puesto dirigiéndose al trote hacia las manifestantes. Algunas agentes se esforzaban considerablemente por no perder la formación. ¿Exfumadoras clandestinas?

Abrumado por el trato amable y locuaz de los mexicanos recuerdo como alguien, platicando de historia y de asuntos internos, hizo un análisis curioso del México político, de los presidentes y de los partidos que se han ido sucediendo. Fechorías que podrían interpretarse al compás de una ranchera en la plaza Garibaldi. Contaba que el país sólo había tenido un único presidente honrado, el más decente de todos. Éste era manco y que excepcionalmente por esta circunstancia debida a una herida de guerra, no había robado a dos manos. Un país donde la contraseña de la red inalámbrica del hotel es "revolución”.

Como dicen allí, que la Virgen de Guadalupe nos bendiga a todos.

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