Parpadean
las Navidades con intensidad cíclica. Luces que hacen un guiño a la
ilusión inocente de los niños. Antídotos en la oscuridad de los días
previos al solsticio de invierno con una sonrisa de cuando no habíamos perdido
la fe y la magia nos acometía con la complicidad generosa del tió, ese leño prodigioso. Necesitamos
una nevadita como las de antes, de las que no provocan estragos, para redondear
el decorado pintoresco mientras templamos las esperanzas y los mejores deseos a
la vera del fuego seductor donde se calienta el misterio y se quema la oscuridad
fría de los días. ¡Feliz Navidad, felices fiestas!
Navidades
perdidas que no volverán. Como pasa el tiempo, chirrían el recuerdo, la
melancolía y las ausencias. Porque la rueda previsible del calendario nos
va fundiendo las lucecitas y en la lumbre de la inocencia permanecen las brasas
cada vez más escasas pero que todavía humean. Quiero respetar a aquellos
que odian cordialmente estos días de desenfreno, de alegría empalagosa por
decreto y de atracones sociales donde la política, la economía o el fútbol
-causa de frecuentes hiperglucemias navideñas- pueden empacharnos.
Tenemos
constancia de que los camellos ya vienen de camino. Lo hemos visto desde
Qatar como cabalgan relucientes y bien abrevados. Hemos asistido
anticipadamente al regalo navideño que, mientras se acercan, han dejado a
Messi. El rey que lleva el incienso le ha bendecido y el que ofrenda el
oro le ha entregado un trofeo de los que impresionan, de aquellos que se ven
buenos y orondos. Es el cromo que faltaba a la colección, el que tarda en
salir, ese más deseado y preciado. Digamos que la justicia poética por una
trayectoria muy relevante se ha transformado en la copa del mundo. ¡Viva
Messi y Argentina! Desde casa se oía el alboroto de los fieles celebrando
la consagración. Un cuento de hadas con pelotas disfrazado de navideño y
adornado de rey mago con aquella túnica que le investía como el emperador de
los futbolistas que ha regateado un grupo de arcángeles -la defensa divina- ¡Qué
criticáis, bobos!
Me
ha sorprendido la pose de niño malcriado del rival, Mbappé, quien ha
escenificado la monumental pataleta mediática presenciada por medio
mundo. ¿En esto del deporte no habíamos determinado que lo importante era
participar? El berrinche de este joven no ha sido nada edificante ni
ejemplar cuando su protagonismo ha logrado el subcampeonato y ha desconcertado
la recua entera de gauchos celestiales. Ni el presidente de la República
en persona prometiéndole una secretaría general en el ministerio de los
deportes que se juegan con los pies logró hacerle cambiar de actitud. Al
día siguiente del trascendental partido, el niño consentido ha amenazado a los
ganadores -el fútbol es asín- con la revancha que al parecer deberá
verificarse en una llanura mesetaria de la Pampa argentina
-¡Volveremos! -ha gritado Mbappé con la pechera cargada de cartuchos -como
de penaltis inapelables- al estilo Emiliano Zapata.
El
seleccionador español ha sido fulminado y borrado de los atlas de geografía
futbolística a medio campeonato cuando España se estrelló. Qué no habrían
dado los niños más complacidos de la roja para llegar a la
final con el palco lleno a rebosar de autoridades, con el rey -el actual,
porque el emérito a un tiro de piedra de Qatar, lo tiene complicado-, el presidente
Sánchez superando el protagonismo y la estampa del presidente galo, el
ministro de deportes y la flor y nata de aquellos que una vez conquistaran el trofeo. Un
sueño, aunque no me imagino a Busquets, el capitán, amenazando a los rivales
-¡Repetiremos!
Puestos
a suponer, en España el estallido social de este parche emocional, el
fraudulento milagro sanador de todos los males de la Argentina victoriosa, es
probable que no encubriera todos los socavones y las carencias que nos
impactan. O puestos a especular -como
dicen los comentaristas de la liga nacional- el país no puede permitirse
exhibiciones internacionales ni chutar fuera de tiesto cuando los poderes del
Estado han consumido la prórroga y viven con intensidad feroz la ronda de
penaltis. El Tribunal Constitucional contra el Gobierno socialista con un
PP casero pitando en el partido de la gran final de la
judicatura. Viviremos, pues, una Navidad con cambio climático, no
judicial.
¡Felices
fiestas!
Gràcies, Josep.
ResponderEliminarFantàstic, con sempre.
Gràcies, Josep.
ResponderEliminarFantàstic, com sempre.