jueves, 22 de diciembre de 2022

Una Navidad en pelotas judiciales.

 

Parpadean las Navidades con intensidad cíclica. Luces que hacen un guiño a la ilusión inocente de los niños. Antídotos en la oscuridad de los días previos al solsticio de invierno con una sonrisa de cuando no habíamos perdido la fe y la magia nos acometía con la complicidad generosa del tió, ese leño prodigioso. Necesitamos una nevadita como las de antes, de las que no provocan estragos, para redondear el decorado pintoresco mientras templamos las esperanzas y los mejores deseos a la vera del fuego seductor donde se calienta el misterio y se quema la oscuridad fría de los días. ¡Feliz Navidad, felices fiestas!

Navidades perdidas que no volverán. Como pasa el tiempo, chirrían el recuerdo, la melancolía y las ausencias. Porque la rueda previsible del calendario nos va fundiendo las lucecitas y en la lumbre de la inocencia permanecen las brasas cada vez más escasas pero que todavía humean. Quiero respetar a aquellos que odian cordialmente estos días de desenfreno, de alegría empalagosa por decreto y de atracones sociales donde la política, la economía o el fútbol -causa de frecuentes hiperglucemias navideñas- pueden empacharnos.

Tenemos constancia de que los camellos ya vienen de camino. Lo hemos visto desde Qatar como cabalgan relucientes y bien abrevados. Hemos asistido anticipadamente al regalo navideño que, mientras se acercan, han dejado a Messi. El rey que lleva el incienso le ha bendecido y el que ofrenda el oro le ha entregado un trofeo de los que impresionan, de aquellos que se ven buenos y orondos. Es el cromo que faltaba a la colección, el que tarda en salir, ese más deseado y preciado. Digamos que la justicia poética por una trayectoria muy relevante se ha transformado en la copa del mundo. ¡Viva Messi y Argentina! Desde casa se oía el alboroto de los fieles celebrando la consagración. Un cuento de hadas con pelotas disfrazado de navideño y adornado de rey mago con aquella túnica que le investía como el emperador de los futbolistas que ha regateado un grupo de arcángeles -la defensa divina- ¡Qué criticáis, bobos!

Me ha sorprendido la pose de niño malcriado del rival, Mbappé, quien ha escenificado la monumental pataleta mediática presenciada por medio mundo. ¿En esto del deporte no habíamos determinado que lo importante era participar? El berrinche de este joven no ha sido nada edificante ni ejemplar cuando su protagonismo ha logrado el subcampeonato y ha desconcertado la recua entera de gauchos celestiales. Ni el presidente de la República en persona prometiéndole una secretaría general en el ministerio de los deportes que se juegan con los pies logró hacerle cambiar de actitud. Al día siguiente del trascendental partido, el niño consentido ha amenazado a los ganadores -el fútbol es asín- con la revancha que al parecer deberá verificarse en una llanura mesetaria de la Pampa argentina -¡Volveremos! -ha gritado Mbappé con la pechera cargada de cartuchos -como de penaltis inapelables- al estilo Emiliano Zapata.

El seleccionador español ha sido fulminado y borrado de los atlas de geografía futbolística a medio campeonato cuando España se estrelló. Qué no habrían dado los niños más complacidos de la roja para llegar a la final con el palco lleno a rebosar de autoridades, con el rey -el actual, porque el emérito a un tiro de piedra de Qatar, lo tiene complicado-, el presidente Sánchez superando el protagonismo y la estampa del presidente galo, el ministro de deportes y la flor y nata de aquellos que una vez conquistaran el trofeo. Un sueño, aunque no me imagino a Busquets, el capitán, amenazando a los rivales -¡Repetiremos!

Puestos a suponer, en España el estallido social de este parche emocional, el fraudulento milagro sanador de todos los males de la Argentina victoriosa, es probable que no encubriera todos los socavones y las carencias que nos impactan. O puestos a especular -como dicen los comentaristas de la liga nacional- el país no puede permitirse exhibiciones internacionales ni chutar fuera de tiesto cuando los poderes del Estado han consumido la prórroga y viven con intensidad feroz la ronda de penaltis. El Tribunal Constitucional contra el Gobierno socialista con un PP casero pitando en el partido de la gran final de la judicatura. Viviremos, pues, una Navidad con cambio climático, no judicial.

 ¡Felices fiestas!

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