Se
sientan como acostumbran en la mesa de siempre, como si se tratara de una
alineación para un partido trascendental, de esos en que se compromete una
copa. A base de reiterar este ritual con arcanos azarosos se la juegan a
las cartas, se desafían por un café y, también, la copa en la partida de
después de comer, para digerir la victoria o la derrota, ésta se convierte en
un palo para el amor propio -como un penalti en tiempo de descuento- en caso de
perder. La fortuna es caprichosa y no tiene reglas, por eso no se lo
piensan demasiado si son vencidos, y cuando se despiden -¡Venga, nos vemos!
-saben que mañana a la misma hora tendrán la oportunidad de desquitarse. Una
plantilla sin reservas en el banquillo porque en el pueblo son cuatro gatos y
uno de vocinglero que no está para hostias ni para ejercer de árbitro. Un
tacaño apesadumbrado de tener que pagar -¡Historias de viejos! -clama.
La
concentración y las gafas de ver de cerca son lo que requiere la
acometida. Hay quien añade un palillo que le delata cuando las cartas son
propicias por cómo lo menea acá y allá impacientemente con el peligro que
comporta este proyectil. Se estudian unos a otros para detectar los
envidos, esas mentiras permitidas, y muy útiles, en los juegos de cartas para
amedrentar al rival. Pero se conocen y se han soportado tanto que estas bravatas
sin cartas buenas ya han perdido su eficacia -Siempre haces lo mismo -le
reprocha el compañero -Tenía que probarlo -se excusa aquél a quien tienen percibido
por las estrategias periódicas, demasiado empleadas y demasiado vistas, el
palillo le delata.
La
patrona, con mucha parsimonia, así que han jugado un par de manos se acerca con
la bandeja de la comanda, que no la han tenido que efectuar. Cada tarde
toman lo mismo y alargan la consumición para estirar el tiempo y la
partida. En las bajas por lesión, afortunadamente no menudean -colocar o
cambiar una rodilla de plástico, pongamos por caso- o en las definitivas,
que cubren de luto el tapete verde
de atenuar los puñetazos de la vida, conllevan sustituciones forzadas y
recuerdos nostálgicos como homenajes sutiles sin demasiada pretensión respecto del
ausente definitivo que milita en otra liga tratando de endosar envites a los
custodios celestiales sin palillos, que en el más allá no hacen falta.
Alargando
la tarde para volverla blanda y entrañable a pesar de los momentos álgidos de
discusión por una carta mal tirada, que puede cambiar el destino de la partida,
cuando han acabado de reprobar al aprendiz torpe de pitonisa; dejan
descansar el mazo de las manoseadas cartas para que el orden cósmico de los
arcanos misteriosos y juguetones vuelva al curso normal de las cosas que no se
rigen por la casualidad. Depositan con cuidado la taza, como caballeros
ingleses sin pastas que acompañen al carajillo. Desplazan un poco la silla para echar un vistazo
al horizonte del local y a la dueña que apuntala los senos en la barra, como
una bollería industrial más neutralizando la gravedad. Levantan la testa
para mirar al televisor que predica para los sordos. Hace compañía, eso
sí. Es el momento en el que el nieto, el mejor estratega de la
oportunidad, pide algo al abuelo que, por ahora, va ganando. Tardes
magníficas de café en la paz narcótica de los pueblos.
-Han
echado al gilipollas desgreñado ese -da la impresión de que lean los subtítulos
de la noticia internacional. Miran el aparato donde Boris Johnson
pronuncia un discurso con menos pelo y mejor peinado, al menos por la
contundente patada en el trasero que le acaban de propinar -Ahora ponen
la Tris-Tras -el vocinglero no puede abstenerse de decir la
suya, que en materia internacional es un ilustrado, un gran lector del diario
al que está suscrita la jefa del establecimiento. Que tiene criterio,
vaya.
-¡Qué
cojones, éste sí que tiene huevos! El rostro como de personaje de un museo
del horror, ceroso, de Putin llena toda la pantalla irradiando frialdad, la que
se aproxima al invierno europeo. -¡Qué cojones! -coinciden -¿Ya has
comprado la leña?
Vuelven
a la partida y barajan las cartas sin exhibiciones de tahúr profesional, solo
quieren que de la mezcla salgan buenos triunfos. Se impone el silencio y
la continencia concentrada mientras el presentador espía el juego de cada uno
discretamente y el niño engulle un helado a medida que se le desdibujan el
mundo y los conflictos internacionales.
-¡Abuelo,
abuelo! -la criatura rompe con urgencia el momento. Dejan que las
gafas se precipiten por la nariz y escuchan atentos la noticia deportiva, han
robado y atizado -le han roto la mandíbula- a un jugador del Barça en su casa
-¿Ganaremos? -cuestiona dudoso el barcelonista de toda la vida -Si no le
roban las piernas, no ha pasado nada... Ya lo recuperará, el dinero. ¡Con
lo que cobran esta pandilla! -contesta el del palillo retornando al juego,
que ahora mismo le preocupa más por cómo lo mueve acá y allá.
-¿Iréis
a la manifestación de la Diada? -no pierden el punto ni la reconcentración
-¡Qué chiste, mira que poner puertas para invitar a la gente a entrar! -el
vocinglero cavila, ahora no le sale el nombre del escultor que las ha diseñado
ni que lo mataran -¿Piensa?
Tarde
tras tarde se reúnen puntualmente para no hacer esperar a los compañeros alrededor
de la mesa, la misma. Para interpretar el capricho de las cartas
desafiando con arcanos estrujados la vida y sus circunstancias.
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