Tengo
un pariente muy, pero muy, cercano y apreciado que perdió en la tierna infancia
la inclinación a hacerse cura, una decisión meditada y fundamentada que le
habría llevado al seminario de Vic de no haber sido por un desdichado
contratiempo que el hizo repensar y abandonar la firme vocación
incipiente. Un día descubrió que bajo la sotana -de un tiempo en el que
los sacerdotes de pueblo la vestían todos- los seres espirituales también
tenían piernas y lo más definitivo a la hora de decantarse, los curas también
se morían. Una evidencia que le truncara de pura cepa la carrera
teológica. El mundo perdió a un clérigo pero ganó a una buena
persona. Vete a saber dónde habría llegado de concretarse aquella
inclinación que se derrumbó con la defunción del referente cercano de la
parroquia. Un desencanto comprobar cómo no levitaba, que tenía piernas y
que murió irremediablemente aunque tuviera el cielo asegurado.
No
me distraeré más en anécdotas para ir al fondo de la cuestión, lo que toca en estos
días históricos. La Reina, Isabel II, del Reino Unido nos ha
dejado. Nos ha convertido de sopetón en huérfanos. El mundo parado o
al ralentí mientras hace cola en un desfile majestuoso cargado de parsimonia
grave y lentísimo para rendir honores a un ataúd cargado de símbolos y de
frialdad. Enternece ver la disciplina y el saber estar de la sociedad
anglosajona -particularmente la londinense- mientras el Big Ben no marca la
hora para dedicar una sentida reverencia póstuma a Isabel II de cuerpo
presente. Espero que las aspirantes a princesa para
convertirse en reinas de las redes -las
autocoronadas influencers- no pierdan la vocación como le
ocurrió a mi pariente. Habrán podido comprobar estos días cómo las reinas
-de verdad- también traspasan.
Mientras
el tiempo se detiene en silencios y procesiones, los ingleses viven un momento
excepcional que por previsible no ha dejado de tener un punto de
repentino. Al país del Brexit se suma la pérdida de la abuela severa que
ha sabido mantener engrasados los engranajes monárquicos de una sociedad que
ha ido perdiendo paulatinamente ese peso victoriano de los siglos anteriores. ¿Y
ahora qué? Se preguntan algo desconcertados los monárquicos de toda la
vida pendientes de una sucesión que debe encontrar las formas y estar a la
altura de la imperturbable antecesora. Como madre no ha hecho
satisfactoriamente los deberes, u olvidó traspasar -corona al margen- ciertos
consejos elementales a una criatura que presenta carencias que no asisten a su
imagen real. Leer la gestualidad o el lenguaje no verbal del actual rey
-¡La reina ha muerto, viva el rey! -pone de manifiesto un talante, como
mínimo, disonante porque los silencios también hablan cuando no
gritan. Travesuras de niño malcriado sin responsabilidades directas al
amparo del paraguas de la reina y madre que deberían provocar que Carlos III
abra mucho las orejas si no quiere convertirse para la historia en un apósito
de entrepierna poco eficaz para una sangría monárquica.
El
paro del corazón monárquico ha comportado días y días de luto y de muestras de
respeto con kilómetros de súbditos pacientes dispuestos a pasar frío y a
soportar las aunque no neblinosas pero sí frías y húmedas noches
londinenses. Transcurridos los diez días de luto con procesiones y
velatorios, este lunes le enterrarán en un funeral saturado con medio millar de
dignatarios invitados, lo más selecto de los líderes mundiales se reunirán en
la abadía de Westminster al mediodía con demostrada puntualidad inglesa.
Los súbditos españoles
observamos boquiabiertos con curiosidad profética reflejados en un paralelismo
subliminal el momento eterno y excelso que vive el Reino Unido focalizado en
Londres. La presencia del Emérito y del vigente monarca -en curso como una
moneda de euro con efigie numismática- desgañita a partidarios y detractores de
la prensa nacional. Estar o no estar en el sepelio de Isabel II, el dilema
que sin calaveras escénicas ha tenido que resolver a quien corresponda. Ya
han trascendido las primeras imágenes atestadas de lenguaje no verbal por la
presencia de ambos por separado y con mucha distancia mediática. Habrá que
verificar todos los detalles en la prensa satinada que va cargada de erudición
y de mucha letra pequeña.
Desconozco
cómo se llamará aquí la operación ultrasecreta hasta que deba ponerse en
funcionamiento sin maniobras tácticas previas. La caída del Puente de
Londres fue el pistoletazo de salida al protocolo funerario de Isabel
II. ¿Cómo habrán bautizado lo que se habrá previsto para nuestro monarca
emérito, El desplome de la Puerta de Alcalá? Que
conste que le deseo largos años de vida. Pero puestos a buscar posibles
paralelismos, que los habrá, quiero imaginarme el féretro evolucionando por la
Escocia hispánica, de Montserrat por la Arrabassada hasta la catedral de
Barcelona. Ya se verá.
Volviendo
al principio yo diría que a algunos monárquicos les ha ocurrido como al
pariente que mencionaba, han descubierto que su majestad -y la monarquía- tiene
piernas, al menos para llegar a Abu Dabi.
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