martes, 20 de septiembre de 2022

Las princesas también mueren.

 

Tengo un pariente muy, pero muy, cercano y apreciado que perdió en la tierna infancia la inclinación a hacerse cura, una decisión meditada y fundamentada que le habría llevado al seminario de Vic de no haber sido por un desdichado contratiempo que el hizo repensar y abandonar la firme vocación incipiente. Un día descubrió que bajo la sotana -de un tiempo en el que los sacerdotes de pueblo la vestían todos- los seres espirituales también tenían piernas y lo más definitivo a la hora de decantarse, los curas también se morían. Una evidencia que le truncara de pura cepa la carrera teológica. El mundo perdió a un clérigo pero ganó a una buena persona. Vete a saber dónde habría llegado de concretarse aquella inclinación que se derrumbó con la defunción del referente cercano de la parroquia. Un desencanto comprobar cómo no levitaba, que tenía piernas y que murió irremediablemente aunque tuviera el cielo asegurado.

No me distraeré más en anécdotas para ir al fondo de la cuestión, lo que toca en estos días históricos. La Reina, Isabel II, del Reino Unido nos ha dejado. Nos ha convertido de sopetón en huérfanos. El mundo parado o al ralentí mientras hace cola en un desfile majestuoso cargado de parsimonia grave y lentísimo para rendir honores a un ataúd cargado de símbolos y de frialdad. Enternece ver la disciplina y el saber estar de la sociedad anglosajona -particularmente la londinense- mientras el Big Ben no marca la hora para dedicar una sentida reverencia póstuma a Isabel II de cuerpo presente. Espero que las aspirantes a princesa para convertirse en reinas de las redes -las autocoronadas  influencers- no pierdan la vocación como le ocurrió a mi pariente. Habrán podido comprobar estos días cómo las reinas -de verdad- también traspasan.

Mientras el tiempo se detiene en silencios y procesiones, los ingleses viven un momento excepcional que por previsible no ha dejado de tener un punto de repentino. Al país del Brexit se suma la pérdida de la abuela severa que ha sabido mantener engrasados ​​los engranajes monárquicos de una sociedad que ha ido perdiendo paulatinamente ese peso victoriano de los siglos anteriores. ¿Y ahora qué? Se preguntan algo desconcertados los monárquicos de toda la vida pendientes de una sucesión que debe encontrar las formas y estar a la altura de la imperturbable antecesora. Como madre no ha hecho satisfactoriamente los deberes, u olvidó traspasar -corona al margen- ciertos consejos elementales a una criatura que presenta carencias que no asisten a su imagen real. Leer la gestualidad o el lenguaje no verbal del actual rey -¡La reina ha muerto, viva el rey! -pone de manifiesto un talante, como mínimo, disonante porque los silencios también hablan cuando no gritan. Travesuras de niño malcriado sin responsabilidades directas al amparo del paraguas de la reina y madre que deberían provocar que Carlos III abra mucho las orejas si no quiere convertirse para la historia en un apósito de entrepierna poco eficaz para una sangría monárquica.

El paro del corazón monárquico ha comportado días y días de luto y de muestras de respeto con kilómetros de súbditos pacientes dispuestos a pasar frío y a soportar las aunque no neblinosas pero sí frías y húmedas noches londinenses. Transcurridos los diez días de luto con procesiones y velatorios, este lunes le enterrarán en un funeral saturado con medio millar de dignatarios invitados, lo más selecto de los líderes mundiales se reunirán en la abadía de Westminster al mediodía con demostrada puntualidad inglesa.

Los súbditos españoles observamos boquiabiertos con curiosidad profética reflejados en un paralelismo subliminal el momento eterno y excelso que vive el Reino Unido focalizado en Londres. La presencia del Emérito y del vigente monarca -en curso como una moneda de euro con efigie numismática- desgañita a partidarios y detractores de la prensa nacional. Estar o no estar en el sepelio de Isabel II, el dilema que sin calaveras escénicas ha tenido que resolver a quien corresponda. Ya han trascendido las primeras imágenes atestadas de lenguaje no verbal por la presencia de ambos por separado y con mucha distancia mediática. Habrá que verificar todos los detalles en la prensa satinada que va cargada de erudición y de mucha letra pequeña.

Desconozco cómo se llamará aquí la operación ultrasecreta hasta que deba ponerse en funcionamiento sin maniobras tácticas previas. La caída del Puente de Londres fue el pistoletazo de salida al protocolo funerario de Isabel II. ¿Cómo habrán bautizado lo que se habrá previsto para nuestro monarca emérito, El desplome de la Puerta de Alcalá? Que conste que le deseo largos años de vida. Pero puestos a buscar posibles paralelismos, que los habrá, quiero imaginarme el féretro evolucionando por la Escocia hispánica, de Montserrat por la Arrabassada hasta la catedral de Barcelona. Ya se verá.

Volviendo al principio yo diría que a algunos monárquicos les ha ocurrido como al pariente que mencionaba, han descubierto que su majestad -y la monarquía- tiene piernas, al menos para llegar a Abu Dabi.

 

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