jueves, 30 de junio de 2022

¿Ahora qué, petanca?

 

En la vida, como en un largo proceso de glorificación, hay dos momentos puntuales que marcan un hito. Uno es el día en que te beatifican con una precisión absoluta respecto de la fecha, que en la biografía de los humanos vendría a coincidir con la jubilación. El segundo, afortunadamente aleatorio y sin conciencia del plazo, es el funeral de cuerpo presente, que es cuando te santifican definitivamente. Hace unas décadas la mayoría de los mortales sólo salíamos en los papeles -una forma de expresarlo gráficamente- cuando el nombre figuraba en las necrológicas de los diarios de siempre, los de papel.

Bien. Os comunico que a mí me acaban de beatificar. Me jubilo, pues. Los colegas han organizado un acto perfecto de despedida y de reconocimiento -de beatificación- que agradezco y valoro de todo corazón, cordialmente. A lo largo de la vida laboral he asistido y he colaborado en eventos similares de aquellos que lo han celebrado antes que yo. Cambia la perspectiva cuando eres el protagonista porque los años han pasado volando -admitamos el tópico-. Cierto, si hago un repaso a este período de trabajo me doy cuenta de que ya todo parece ayer o anteayer, o antes de ayer el otro, que traducido a la certeza implacable de los años es una eternidad a menudo con episodios borrosos.

¿Y ahora qué? Eso, y ahora qué. Creo que os engañaría, o no sería sincero del todo, si os dijera que ya lo tengo todo planificado con la agenda repleta de citas diversas, muy variadas y tentadoras. Este nuevo estado de bienaventuranza comporta, por razones obvias, una pérdida de vida social, aquella que me imponía el trabajo a lo largo de la semana. Siempre me he cuestionado si esta ruptura brusca de las obligaciones laborales me hará tambalear. Deseo que no. No lo sé porque no he administrado todavía el tesoro más preciado de todos, tener tiempo, todo el tiempo para realizar lo que pudiéndolo haber hecho con el pretexto del trabajo y la pereza vas arrinconando. Que la jubilación no sea, por tanto, el antídoto que combata los proyectos.

Ya os iré informando de la evolución, de proceder. Por ahora tengo claro que sólo puedo proclamar la venturosa felicidad con la que me abraza la nueva condición de clase pasiva -como especifica la cosa administrativa-. Puedo contar con los dedos de una mano a los conocidos cercanos que se lo han tomado mal y lo confiesan. De hecho, jubilarse y manifestar que no lo vives con una alegría exultante es como afeitarse y que el espejo te devuelva el reflejo de un bobo ante una situación irreversible propicia sólo para recontar palomas, jugar a la petanca con imán por no tener que agacharse o hacer un seguimiento del apasionante mundo en la ejecución de la obra pública.

¿Cómo nos previnieron en la celebración, “Jubilación? No, una nueva aventura”. Que la obsolescencia, o la reubicación si se prefiere, no se alíe con precariedades invalidantes. Que la ilusión, el empuje y la experiencia no nos abandonen, que tengamos salud. Que podamos seguir disfrutando de la compañía, del apoyo y de la formidable complicidad de aquellas personas en que nos hemos apoyado. Para todas ellas mi reconocimiento con el agradecimiento de lo que ha sido una verdadera aventura entrañable -con el epicentro en las entrañas- de estos años. Que no nos convirtamos en un monumento peripatético perdidos en cualquier acera.

¡Buenas vacaciones!

1 comentario:

  1. Yo soy, evidentemente, uno de los que lo llevan mal y lo confiesan. Ya te digo. Lo importante seguir quejándose un montón de años, porque si no, malo, malo. Una abra¢ada desde Oporto.

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