Horticultor
es una manía de relativa productividad que se está valorando al alza en muchos
lugares fundamentalmente rurales. No me referiré a aquellos que se esfuerzan
por sobrevivir, cultivando hortalizas, desde una vertiente profesional que se dejan
las manos, la espalda y el reconocimiento económico en una tradición primaria a
menudo heredada de los antepasados, como la tierra. La producción depende
de los elementos meteorológicos que aportan este punto intrigante y azaroso
justo en el momento cercano a la cosecha cuando el pedrisco puede arruinarla. Asistir
al concierto de truenos y de piedra seca que devasta los cultivos es una de las
peores pesadillas que se pueden vivir en este terreno. Naufragios de
verdura propiciados por los temporales repentinos e imprevisibles. La otra
variable infernal es presenciar la muerte anunciada por falta de agua, comprobar
como cada día las lechugas sedientas se marchitan fatalmente.
Esta
realidad no desanima, más bien al contrario, a los estacionales antojadizos de
la azada que se dedican a ello para entretenerse, por nostalgia rural asociada
a la infancia o por envidia. Un buen día deciden no depender más de las
generosas donaciones del vecino durante la época abundante de los
tomates. Un reto desde el desconocimiento que no los independiza del todo
de aquellos más experimentados que les ofrecían ese bien de dios de tomates de
invernadero. Dependen por mimetismo -envidia al margen- y por una especie
de espionaje agrícola descarado en el mundo competitivo de la acelga mientras
plantan el vivero así que comprueban que el entendido las ha sembrado el día anterior. La
experiencia no se consigue de una cosecha a otra, saber cuándo hay que plantar
los nabos o las patatas es una ciencia que requiere precisión oportunista y el
conocimiento del lugar donde erigimos el huerto. Los puntillosos incluso están
pendientes de las fases de la luna propicias.
Podríamos
perfectamente clasificar a los diversos cultivadores de zanahoria por el
resultado, el cuidado, la distribución y la rotación en los huertos que cultivan. Del
exigente perfeccionista al caótico ecologista recién llegado al universo del azadón
hay un abanico diverso con un rastro de indicios y un catálogo de malas hierbas
que conviven salvajes y señoriales a la vera y en competencia desleal con las
coles o los apios. Hay profesionales del huerto que les llena tanto la frondosidad
de los calabacines como los elogios de los interesados admiradores mendigos
de hortalizas. Huertos convertidos en jardines versallescos donde ni una
hierba se asoma sin permiso, por donde desfilan acompasadas con exactitud
milimétrica y una verticalidad castrense las verduras mientras sacan pecho
ufanas. Una ofensa de simetría y una tacha para el orgullo del vecino
torpe de parcela.
Hay
quien les habla, alienta a los ajos para que sean los que más piquen de la zona. Espolea
los erectos puerros o la frondosidad del perejil para que se convierta en el
ramaje exuberante en todas las salsas. Rituales inconfesables o de
pensamiento -como los pecados- que no deben explicarse sino
practicar. Secretos de generación en generación que no recoge el Calendari
del pagès, una especie de revista rústica, o almanaque sin satinar,
disponible en todos los hogares de payés. En la edición de este año de
esta centenaria publicación, en el apartado de actualidad, se hace mención del
desplazamiento de cultivos y de la merma de agua disponible atribuidos al
cambio climático.
Cuidar
un huerto nos hace sentir dioses, señores de un pedazo de la corteza que hemos
adiestrado para que engendre criaturas comestibles, las más diversas y variadas
que podamos imaginar. De dulces, picantes, amargas, ácidas... Un surtido
vegetal que nos confiere el placer de creernos el padre de la criatura mientras
contemplamos cómo le crece la barriga a la versátil calabaza que hemos
privilegiado en el vergel más propicio del espacio de que disponemos. Asistir
al acto de amor verdulero mientras plantan, riegan o escardan es un sacramento
estacional de vida. Antiguamente de subsistencia.
En
cuanto a la experiencia personal, mi vínculo con la tierra no pasa por cultivar
un huerto. Aún recuerdo -y me condiciona esta determinación- cuando de muy
joven había que cavar la inmensidad de los campos de coles y de acelgas
compitiendo con la energía de aquellos abuelos que no fumaban ni reposaban, unos
héroes tenaces de talante correoso. Permanentemente encorvados con la
espalda doblada -rota- yo contemplaba el cielo por si llovería y había que resguardarse. Fue
entonces cuando me prometí a mí mismo que jamás miraría una azada, que no la
colgaría en la pared ni para hacer bonito. Quizás hay que añadir también el
recuerdo de cavar cebollas que, como sabéis, hacen llorar.
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