viernes, 15 de julio de 2022

Hortelanos.

 

Horticultor es una manía de relativa productividad que se está valorando al alza en muchos lugares fundamentalmente rurales. No me referiré a aquellos que se esfuerzan por sobrevivir, cultivando hortalizas, desde una vertiente profesional que se dejan las manos, la espalda y el reconocimiento económico en una tradición primaria a menudo heredada de los antepasados, como la tierra. La producción depende de los elementos meteorológicos que aportan este punto intrigante y azaroso justo en el momento cercano a la cosecha cuando el pedrisco puede arruinarla. Asistir al concierto de truenos y de piedra seca que devasta los cultivos es una de las peores pesadillas que se pueden vivir en este terreno. Naufragios de verdura propiciados por los temporales repentinos e imprevisibles. La otra variable infernal es presenciar la muerte anunciada por falta de agua, comprobar como cada día las lechugas sedientas se marchitan fatalmente.

Esta realidad no desanima, más bien al contrario, a los estacionales antojadizos de la azada que se dedican a ello para entretenerse, por nostalgia rural asociada a la infancia o por envidia. Un buen día deciden no depender más de las generosas donaciones del vecino durante la época abundante de los tomates. Un reto desde el desconocimiento que no los independiza del todo de aquellos más experimentados que les ofrecían ese bien de dios de tomates de invernadero. Dependen por mimetismo -envidia al margen- y por una especie de espionaje agrícola descarado en el mundo competitivo de la acelga mientras plantan el vivero así que comprueban que el entendido las ha sembrado el día anterior. La experiencia no se consigue de una cosecha a otra, saber cuándo hay que plantar los nabos o las patatas es una ciencia que requiere precisión oportunista y el conocimiento del lugar donde erigimos el huerto. Los puntillosos incluso están pendientes de las fases de la luna propicias.

Podríamos perfectamente clasificar a los diversos cultivadores de zanahoria por el resultado, el cuidado, la distribución y la rotación en los huertos que cultivan. Del exigente perfeccionista al caótico ecologista recién llegado al universo del azadón hay un abanico diverso con un rastro de indicios y un catálogo de malas hierbas que conviven salvajes y señoriales a la vera y en competencia desleal con las coles o los apios. Hay profesionales del huerto que les llena tanto la frondosidad de los calabacines como los elogios de los interesados ​​admiradores mendigos de hortalizas. Huertos convertidos en jardines versallescos donde ni una hierba se asoma sin permiso, por donde desfilan acompasadas con exactitud milimétrica y una verticalidad castrense las verduras mientras sacan pecho ufanas. Una ofensa de simetría y una tacha para el orgullo del vecino torpe de parcela.

Hay quien les habla, alienta a los ajos para que sean los que más piquen de la zona. Espolea los erectos puerros o la frondosidad del perejil para que se convierta en el ramaje exuberante en todas las salsas. Rituales inconfesables o de pensamiento -como los pecados- que no deben explicarse sino practicar. Secretos de generación en generación que no recoge el Calendari del pagès, una especie de revista rústica, o almanaque sin satinar, disponible en todos los hogares de payés. En la edición de este año de esta centenaria publicación, en el apartado de actualidad, se hace mención del desplazamiento de cultivos y de la merma de agua disponible atribuidos al cambio climático.

Cuidar un huerto nos hace sentir dioses, señores de un pedazo de la corteza que hemos adiestrado para que engendre criaturas comestibles, las más diversas y variadas que podamos imaginar. De dulces, picantes, amargas, ácidas... Un surtido vegetal que nos confiere el placer de creernos el padre de la criatura mientras contemplamos cómo le crece la barriga a la versátil calabaza que hemos privilegiado en el vergel más propicio del espacio de que disponemos. Asistir al acto de amor verdulero mientras plantan, riegan o escardan es un sacramento estacional de vida. Antiguamente de subsistencia.

En cuanto a la experiencia personal, mi vínculo con la tierra no pasa por cultivar un huerto. Aún recuerdo -y me condiciona esta determinación- cuando de muy joven había que cavar la inmensidad de los campos de coles y de acelgas compitiendo con la energía de aquellos abuelos que no fumaban ni reposaban, unos héroes tenaces de talante correoso. Permanentemente encorvados con la espalda doblada -rota- yo contemplaba el cielo por si llovería y había que resguardarse. Fue entonces cuando me prometí a mí mismo que jamás miraría una azada, que no la colgaría en la pared ni para hacer bonito. Quizás hay que añadir también el recuerdo de cavar cebollas que, como sabéis, hacen llorar.

 

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