martes, 14 de junio de 2022

Mudanzas.

 

Dejar un espacio produce desasosiego, una vivienda con los años va absorbiendo manías, formas de hacer, de disponer los vacíos e, incluso, los rincones deciden habituarse a nuestras predilecciones, dejadeces o malos tratos. Termina siendo como la caja a los zapatos, accesoria pero necesaria. Como el caparazón del caracol ha formado parte de nuestra cotidianidad vital sin ser demasiado conscientes de lo importante que ha sido. Paredes, ventanas o el techo acaban integrándose en la forma en que nos relacionamos con el paisaje o el urbanismo que nos rodea. Si hacemos un repaso de los años que nos ha cobijado significamos los momentos felices, de encuentro, el punto exacto de reunión de las personas que nos han apoyado y con los que hemos compartido algunos recortes de nuestra existencia.

Recuerdo con especial tristeza cuando vacías un piso con los utensilios, recuerdos, cuadros y fotos de aquellos seres cercanos que los han dejado huérfanos. Como cerrar drásticamente un capítulo de la niñez, por ejemplo. Es uno de los ejercicios de nostalgia más contundentes que, en ocasiones, nos toca sufrir. Aunque ya nos lo habían advertido prediciéndolo con la sabiduría de la experiencia, “cuántos despojos tendréis que tirar”. Acopiadores de trastos de lo más variado no somos conscientes de lo que vamos acumulando hasta el momento en que debemos dejar las paredes y los espacios mondos como los huesos de un pollo. Es el instante en el que sólo quedan las cicatrices con una bombilla que las ilumina colgada de un hilo -taciturna y solitaria- en el techo del comedor.

Entiendo la manía de tatuar garabatos en las paredes desnudas de los lugares que nos han acogido en algún período de nuestras vidas como suelen los reclusos en las celdas, los estudiantes en los internados o los enamorados en la corteza de un árbol viejo. Una especie de testimonio legado a los sucesores para dejar constancia de nuestra presencia o del primer beso furtivo aquel atardecer cuando el sol se escondía detrás del horizonte. Grafitos exiguos a lápiz o a punta de cuchillo para dejar huella, certificaciones notariales torpes para demostrar, cuando sea necesario, que no nos lo hemos inventado. ¡Estábamos allí! Probablemente en la lucha obsesiva por dejar constancia es donde deben habitar los fantasmas que se niegan a marcharse tercamente con una presencia etérea.

El cambio de espacios que me ha tocado de cerca estos días no ha sido algo traumático ni triste, pero sí que me ha dado cuenta de los trastornos que comporta. Empieza una nueva etapa con un vuelco laberíntico en medio de las cajas donde los objetos juegan al escondite. Como si por cambiarlos de sitio también cambiaran de condición y se convirtieran en espectros incorpóreos de mal hallar. Es la revancha por desapegarlos de dónde estaban acostumbrados, los efectos del desarraigo forzado a que les hemos condenado en una caja que no encontramos, infieles a las etiquetas o volatilizados definitivamente.

Empieza también la danza de buscar nuevas ubicaciones pendientes de si se añorarán o se hallarán incómodos. Una especie de cuarentena que puede hacernos repensar las primeras decisiones. Complejo y frustrante si pierdes los calcetines desparejados, pero el desastre ocurre si no tienes al alcance y bien localizada la caja que contiene la paciencia. Antes de empezar el proceso les dediqué una breve arenga contundente pero a la vez pedagógica con las reglas y los plazos de la mudanza dirigiéndome fundamentalmente a los díscolos indisciplinados sin emparejar.

Apelando a la melancolía general, que nos tocaba de lleno a todos, concluí que podíamos sentirnos privilegiados porque no nos abandonaban en cualquier mercado de las pulgas donde los comerciantes nos expongan en una parada con el culo y las vergüenzas bien aireados.

 

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