Dejar
un espacio produce desasosiego, una vivienda con los años va absorbiendo
manías, formas de hacer, de disponer los vacíos e, incluso, los rincones
deciden habituarse a nuestras predilecciones, dejadeces o malos tratos. Termina
siendo como la caja a los zapatos, accesoria pero necesaria. Como el
caparazón del caracol ha formado parte de nuestra cotidianidad vital sin ser
demasiado conscientes de lo importante que ha sido. Paredes, ventanas o el
techo acaban integrándose en la forma en que nos relacionamos con el paisaje o
el urbanismo que nos rodea. Si hacemos un repaso de los años que nos ha
cobijado significamos los momentos felices, de encuentro, el punto exacto de
reunión de las personas que nos han apoyado y con los que hemos compartido
algunos recortes de nuestra existencia.
Recuerdo
con especial tristeza cuando vacías un piso con los utensilios, recuerdos,
cuadros y fotos de aquellos seres cercanos que los han dejado
huérfanos. Como cerrar drásticamente un capítulo de la niñez, por
ejemplo. Es uno de los ejercicios de nostalgia más contundentes que, en
ocasiones, nos toca sufrir. Aunque ya nos lo habían advertido
prediciéndolo con la sabiduría de la experiencia, “cuántos despojos tendréis
que tirar”. Acopiadores de trastos de lo más variado no somos conscientes
de lo que vamos acumulando hasta el momento en que debemos dejar las paredes y
los espacios mondos como los huesos de un pollo. Es el instante en el que
sólo quedan las cicatrices con una bombilla que las ilumina colgada de un hilo
-taciturna y solitaria- en el techo del comedor.
Entiendo
la manía de tatuar garabatos en las paredes desnudas de los lugares que nos han
acogido en algún período de nuestras vidas como suelen los reclusos en las
celdas, los estudiantes en los internados o los enamorados en la corteza de un
árbol viejo. Una especie de testimonio legado a los sucesores para dejar
constancia de nuestra presencia o del primer beso furtivo aquel atardecer
cuando el sol se escondía detrás del horizonte. Grafitos exiguos a lápiz o
a punta de cuchillo para dejar huella, certificaciones notariales torpes para
demostrar, cuando sea necesario, que no nos lo hemos inventado. ¡Estábamos
allí! Probablemente en la lucha obsesiva por dejar constancia es donde
deben habitar los fantasmas que se niegan a marcharse tercamente con una
presencia etérea.
El
cambio de espacios que me ha tocado de cerca estos días no ha sido algo
traumático ni triste, pero sí que me ha dado cuenta de los trastornos que
comporta. Empieza una nueva etapa con un vuelco laberíntico en medio de
las cajas donde los objetos juegan al escondite. Como si por cambiarlos de
sitio también cambiaran de condición y se convirtieran en espectros incorpóreos
de mal hallar. Es la revancha por desapegarlos de dónde estaban
acostumbrados, los efectos del desarraigo forzado a que les hemos condenado en
una caja que no encontramos, infieles a las etiquetas o volatilizados
definitivamente.
Empieza
también la danza de buscar nuevas ubicaciones pendientes de si se añorarán o se
hallarán incómodos. Una especie de cuarentena que puede hacernos repensar
las primeras decisiones. Complejo y frustrante si pierdes los calcetines
desparejados, pero el desastre ocurre si no tienes al alcance y bien localizada
la caja que contiene la paciencia. Antes de empezar el proceso les dediqué
una breve arenga contundente pero a la vez pedagógica con las reglas y los
plazos de la mudanza dirigiéndome fundamentalmente a los díscolos
indisciplinados sin emparejar.
Apelando
a la melancolía general, que nos tocaba de lleno a todos, concluí que podíamos
sentirnos privilegiados porque no nos abandonaban en cualquier mercado de las
pulgas donde los comerciantes nos expongan en una parada con el culo y las
vergüenzas bien aireados.
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