martes, 31 de mayo de 2022

Gioconda con nata.

 

El cuadro la  Mona Lisa  de Leonardo de Vinci ha sido agredido este domingo con un pastel de nata en el Louvre de París. Un hombre disfrazado de anciana con peluca se ha levantado de repente de la silla de ruedas -algunos ven en ello un milagro ortopédico- y le ha lanzado un pastel, algo que podría llevar a sospechar que se trataba del inocente hojaldre con nata de los fines de semana. Después, todavía ha tenido tiempo de restregar la nata por el cristal protector antibalas, también habría tirado rosas por el suelo. Ha pronunciado un breve discurso: "Pensad en la tierra, todos los artistas pensad en la tierra. Por eso lo he hecho. Pensad en el planeta". La acción breve y por sorpresa ha acabado con la detención de la postiza viejecita adorable mientras las cámaras del público presente la inmortalizaban.

Aquellas obras de arte sublimes, las que aparecen en la mayoría de manuales de la historia del arte, ejercen un magnetismo extraordinario. Las visitamos peregrinando de museo en museo para contemplarlas con los propios ojos e intentar comprender un poco el misterio que irradian. Artefactos artísticos que con los años deben acumular, a la fuerza, la energía de los devotos transmitida a base de miradas. Nos emocionan y nos aturden cuando las tenemos a tocar admirando la manera en que algunas personas pueden crear, como los dioses, criaturas inmortales tan bellas.

Entrar a enumerar la lista, el canon, de las que representan esta vertiente artística de la civilización, la grandeza de una época determinada, no viene a cuento ni es mi pretensión. Por eso menciono sólo esta obra de Leonardo da Vinci por esta anécdota -afortunada- que la ha sustraído del amodorramiento de vivir recluida en un museo a cadena perpetua. Si las obras de arte, como decíamos, persisten por la reciprocidad al ansiar un poco de nuestro entusiasmo, el detalle de la tarta la habrá reavivado. Por dulce, por inofensivo y por vindicativo. Me gustaría saber si hay constancia gráfica del momento preciso del impacto para comprobar cómo Mona Lisa ha cerrado instintivamente los ojos a pesar del cristal protector antitanques que la protege.

¿Qué no se habrá escrito sobre el retrato más célebre de la pintura occidental? Varios investigadores, no sólo un tarambana impetuoso, han llegado a pensar que en el momento de posar para el genio la modelo estaba embarazada. Fundamentan la conjetura en la posición de las manos sobre el vientre. En esta suposición podríamos enmarcar el lanzamiento de tarta que ha sufrido Mona Lisa. Unas filtraciones de la gendarmería nacional francesa respecto del interrogatorio al que habrían sometido al agresor apuntan precisamente a esa circunstancia, al embarazo. Éste argumenta para exculparse del hecho que en reiteradas visitas, extasiado ante los misterios del retrato, escuchó una voz -la de Mona Lisa- pidiéndole que le llevara un pastel, un antojo, un deseo de embarazada que sólo él era capaz de percibir cada vez que se reencontraban en el museo, obviamente. Y así lo determinó este pasado domingo, de satisfacer la demanda y porque las tartas son básicamente delicias dominicales. Un lunes no era oportuno, se defendió.

Mientras se resuelven las circunstancias a tres bandas, entre la gendarmería, la dirección del Louvre y el agresor, que escuchados los atenuantes y las veleidades de embarazada de la protagonista -que no ha sido convocada a declarar-, podría considerarse un delito presunto cuando no un sencillo acto de buena voluntad. Una papeleta para la justicia parisina que no puede airear la causa real que ha motivado el incidente. Sin embargo, resulta mucho más verosímil el breve discurso ecologista que ha ideado. Si no sabes qué decir, habla de la maltrecha salud del planeta. Un argumento que ahorrará a la jefatura de la policía francesa mencionar los antojos a la vez que desalentará a aquellos que tienen pensado llevarle fresones fuera de temporada para satisfacer los antojos de la caprichosa modelo.

Me comprometo, en la próxima visita a la Gioconda, a informaros de si ya ha decidido sonreír más desvergonzadamente, con una pose sin enigmas, y de cómo va el embarazo. ¡Eh, por ahora presunto! Ya se verá. 

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