lunes, 16 de mayo de 2022

Agujeros negros.

 

Con retraso reanudo, saltándome la periodicidad más o menos habitual, estos Reflejos y Titiriteros. Basta con echar un vistazo o abrir la oreja a los acontecimientos que llenan los argumentos informativos con los que, Putin al margen, nos bombardean día sí, día también. ¿Soy sólo yo o se trata de una percepción extendida que flota por los ecosistemas cercanos empapándonos de desencanto, tristeza y rabia contenida? Que no sea ésta la causa del retraso más que el imaginario manido del desasosiego y la angustia por la página en blanco. De hecho, si ésta es una crónica gris tirando a negra no me aparto mucho de los titulares con los que desayunamos todos los días de la semana.

Las redes hierven con la pérdida de más de un 50% del valor del bitcoin durante el último medio año. La criptomoneda es dinero digital, que no se toca con los dedos ni se puede contar con la chispa con la que solían aquellos banqueros hoy descatalogados que acostumbraban a lamerse el índice como quien prueba la pasta para que no resulte excesivamente cruda. Una moneda sin corporeidad, que no existe, sólo late y da vueltas por las entrañas de los ordenadores sin pertenecer a ningún banco central o a ningún país que permite transacciones sin intermediarios. Con este invento los ratones y las polillas ya no pueden corroernos los ahorros. No hace falta ponerlos debajo del colchón para tenerlos protegidos de los roedores habituales -no de los acreedores-. Pasar de los metales nobles al papel, después al plástico y ahora a los nuevos circuitos impresos no han sido metas evolutivas sino auténticos actos de fe sobre todo en los depositarios de nuestros ahorros cuando no habitan en la clandestinidad de los calcetines. El batacazo, la sacudida o el cortocircuito sufridos por los bitcoins han sido monumentales esta última semana.

Uno de los ídolos de masas que enreda en criptomonedas es Elon Musk,  el empresario, inversor y un magnate de los negocios que ha invertido una millonada, el segundo en poseer la mayor partida de Estados Unidos. No estoy al caso ni me quita el sueño como le va con esa moneda fantasma. Elon, que nunca deja de sorprendernos, ha sido noticia porque quiere comprar Twitter por la escalofriante cantidad de más de 42 mil millones de euros. Acaba de anunciar que se lo repiensa pero que continúa comprometido en la operación. Un sí pero no que ha comportado la pérdida de cerca del 10% de la compañía de los tuits. Al margen de estas maniobras admirables del sr. Musk me ha interesado más -puro chismorreo- la decisión que pensaba tomar, así que sea el dueño de la jaula del pájaro piador; qué determinaría respecto del veto permanente al pajarraco de Trump tras el asalto al Capitolio. Imagino a Musk sentado en el trono de su imperio levitando en una neblina espesa que lo sustenta, el humo de las chimeneas donde queman brasas etéreas y audacia.

El humo condensado vicia el panorama mundial como una mancha de aceite, una tendencia que estos días ha invadido el cielo filipino. El hijo del que hundió y saqueó el país, un personaje carente de carisma y de formación, arrasa en las urnas. Ferdinand Bongbong Marcos volverá -él  y los zapatos de su madre, la Imelda- al palacio de donde tuvieron que huir en 1986. Nostalgias con una capa muy, pero muy, gruesa de pintura y masilla regresan al mercado de las oportunidades de segunda mano en un ejercicio chapucero de no memoria habiendo reconstruido la historia tenebrosa que vuelve a cabalgar. Cómo se explica la mayoría obtenida por un personaje que no ha participado en ninguno de los debates políticos por la falta de argumentos, empatía -y si lo estiramos- por la pose de niño malcriado y de inútil. Podríamos confeccionar una lista de mandatarios sospechosos por razones diversas que chirrían sin tener que entrar en detalle en la alta política, como es el caso.

En el ámbito doméstico, si se me permite el anglicismo con el que aterrizaron las compañías anglosajonas, como si pudiéramos desplazarnos volando desde la cocina al comedor, tampoco estamos por optimismos extraordinarios. Bien, podríamos pensar en una victoria en Eurovisión -que ya tocaría- o que el rey emérito ha amenazado con volver pronto. Cualquier día toma un vuelo internacional, que no doméstico, y se planta en el país del que tuvo que huir; un poco como los Marcos sin asaltos a palacio ni altercados en la calle, sin embargo.

Finalmente ya conocemos qué aspecto tiene el agujero negro supermasivo que se halla justo en el centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, mientras vamos tirando inmersos en la astenia primaveral, cansados ​​y flojos de piernas, bien distraídos con las espías telefónicas y las sutiles justificaciones de la ministra entre las sustituciones y el cese de la directora del CNI. Diría que al asunto le quedan un par de telediarios. Yo, por si acaso, esta semana he estrenado un móvil con un protector de pantalla inmune a los arañazos.

Cierro el surtido de catástrofes con el auto en catalán que ha redactado el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en lo referente a la imposición judicial del 25% de castellano en las aulas. Un amplio compendio de errores ortográficos, de morfología y de sintaxis concentrados en sólo quince tristes páginas. ¡Un verdadero atentado lingüístico!

No quisiera despedir esta retahíla de penumbras sin un toque de optimismo estacional. ¡Eh, primavera, calor, luz, epidermis y chancletas! Sucede que las previsiones y alertas de los científicos nos desafinan la guitarra y aguan la sangría. Con 2 °C de calentamiento global el impacto para las personas y la naturaleza sería generalizado y grave. Con 1,5 °C de aumento el impacto sería menos severo -¡seamos felices!-. La subida de temperatura comportará escasez de agua y alimentos con multitud de especies en peligro de extinción. Una amenaza a la salud humana por la contaminación, las enfermedades, la malnutrición y la exposición al calor extremo. Las alarmas se han disparado cuando los plazos para alcanzar este calentamiento se avecinan vertiginosamente, más cercanos de lo que preveíamos. No tenemos tiempo para frivolidades temerarias en materia climática porque se nos pueden derretir las chancletas adheridos como una calcomanía al asfalto.

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