Con
retraso reanudo, saltándome la periodicidad más o menos habitual, estos Reflejos
y Titiriteros. Basta con echar un vistazo o abrir la oreja a los
acontecimientos que llenan los argumentos informativos con los que, Putin al
margen, nos bombardean día sí, día también. ¿Soy sólo yo o se trata de una
percepción extendida que flota por los ecosistemas cercanos empapándonos de
desencanto, tristeza y rabia contenida? Que no sea ésta la causa del retraso
más que el imaginario manido del desasosiego y la angustia por la página en
blanco. De hecho, si ésta es una crónica gris tirando a negra no me aparto
mucho de los titulares con los que desayunamos todos los días de la semana.
Las
redes hierven con la pérdida de más de un 50% del valor del bitcoin durante
el último medio año. La criptomoneda es dinero digital, que no se toca con
los dedos ni se puede contar con la chispa con la que solían aquellos banqueros
hoy descatalogados que acostumbraban a lamerse el índice como quien prueba la
pasta para que no resulte excesivamente cruda. Una moneda sin corporeidad,
que no existe, sólo late y da vueltas por las entrañas de los ordenadores sin
pertenecer a ningún banco central o a ningún país que permite transacciones sin
intermediarios. Con este invento los ratones y las polillas ya no pueden corroernos
los ahorros. No hace falta ponerlos debajo del colchón para tenerlos
protegidos de los roedores habituales -no de los acreedores-. Pasar de los
metales nobles al papel, después al plástico y ahora a los nuevos
circuitos impresos no han sido metas evolutivas sino auténticos actos de fe
sobre todo en los depositarios de nuestros ahorros cuando no habitan en la
clandestinidad de los calcetines. El batacazo, la sacudida o el
cortocircuito sufridos por los bitcoins han sido monumentales esta última
semana.
Uno
de los ídolos de masas que enreda en criptomonedas es Elon Musk, el
empresario, inversor y un magnate de los negocios que ha invertido una
millonada, el segundo en poseer la mayor partida de Estados Unidos. No
estoy al caso ni me quita el sueño como le va con esa moneda
fantasma. Elon, que nunca deja de sorprendernos, ha sido noticia porque
quiere comprar Twitter por la escalofriante cantidad de más de 42
mil millones de euros. Acaba de anunciar que se lo repiensa pero que
continúa comprometido en la operación. Un sí pero no que ha comportado la
pérdida de cerca del 10% de la compañía de los tuits. Al margen de estas
maniobras admirables del sr. Musk me ha interesado más -puro chismorreo- la
decisión que pensaba tomar, así que sea el dueño de la jaula del pájaro piador; qué
determinaría respecto del veto permanente al pajarraco de Trump tras el asalto
al Capitolio. Imagino a Musk sentado en el trono de su imperio levitando
en una neblina espesa que lo sustenta, el humo de las chimeneas donde queman
brasas etéreas y audacia.
El
humo condensado vicia el panorama mundial como una mancha de aceite, una
tendencia que estos días ha invadido el cielo filipino. El hijo del que
hundió y saqueó el país, un personaje carente de carisma y de formación, arrasa
en las urnas. Ferdinand Bongbong Marcos volverá
-él y los zapatos de su madre, la Imelda- al palacio de donde
tuvieron que huir en 1986. Nostalgias con una capa muy, pero muy, gruesa
de pintura y masilla regresan al mercado de las oportunidades de segunda mano
en un ejercicio chapucero de no memoria habiendo reconstruido la historia tenebrosa
que vuelve a cabalgar. Cómo se explica la mayoría obtenida por un
personaje que no ha participado en ninguno de los debates políticos por la
falta de argumentos, empatía -y si lo estiramos- por la pose de niño malcriado
y de inútil. Podríamos confeccionar una lista de mandatarios sospechosos
por razones diversas que chirrían sin tener que entrar en detalle en la alta
política, como es el caso.
En
el ámbito doméstico, si se me permite el anglicismo con el que aterrizaron las
compañías anglosajonas, como si pudiéramos desplazarnos volando desde la cocina
al comedor, tampoco estamos por optimismos extraordinarios. Bien,
podríamos pensar en una victoria en Eurovisión -que ya tocaría- o que el rey
emérito ha amenazado con volver pronto. Cualquier día toma un vuelo
internacional, que no doméstico, y se planta en el país del que tuvo que
huir; un poco como los Marcos sin asaltos a palacio ni altercados en la
calle, sin embargo.
Finalmente
ya conocemos qué aspecto tiene el agujero negro supermasivo que se halla justo
en el centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, mientras vamos tirando inmersos
en la astenia primaveral, cansados y flojos de piernas, bien distraídos con
las espías telefónicas y las sutiles justificaciones de la ministra entre las
sustituciones y el cese de la directora del CNI. Diría que al asunto le quedan
un par de telediarios. Yo, por si acaso, esta semana he estrenado un móvil
con un protector de pantalla inmune a los arañazos.
Cierro
el surtido de catástrofes con el auto en catalán que ha redactado el Tribunal
Superior de Justicia de Cataluña en lo referente a la imposición judicial del
25% de castellano en las aulas. Un amplio compendio de errores
ortográficos, de morfología y de sintaxis concentrados en sólo quince tristes
páginas. ¡Un verdadero atentado lingüístico!
No
quisiera despedir esta retahíla de penumbras sin un toque de optimismo
estacional. ¡Eh, primavera, calor, luz, epidermis y
chancletas! Sucede que las previsiones y alertas de los científicos nos desafinan
la guitarra y aguan la sangría. Con 2 °C de calentamiento global el
impacto para las personas y la naturaleza sería generalizado y grave. Con
1,5 °C de aumento el impacto sería menos severo -¡seamos felices!-. La
subida de temperatura comportará escasez de agua y alimentos con multitud de
especies en peligro de extinción. Una amenaza a la salud humana por la
contaminación, las enfermedades, la malnutrición y la exposición al calor
extremo. Las alarmas se han disparado cuando los plazos para alcanzar este
calentamiento se avecinan vertiginosamente, más cercanos de lo que preveíamos.
No tenemos tiempo para frivolidades temerarias en materia climática porque se
nos pueden derretir las chancletas adheridos como una calcomanía al asfalto.
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