sábado, 30 de abril de 2022

Espías funcionarios.

 

Chismorrear consiste en propagar con más o menos malevolencia las conversaciones, lo que sabemos o creemos saber, lo que pensamos, lo que hemos oído de la vida y de los vicisitudes de la gente cercana o ajena de manera interesada o para perseverar sencillamente en una actividad tan antigua y cordial, o perversa, como la historia de las civilizaciones. Acudir al lavadero comunal o al pilón era encontrarse en un lugar público donde se lavaban la colada y los pecados comadreando. Arquímedes ya lo tenía claro, dame una palanca y moveré el mundo. Dadme, pues, un chisme y lo tumbaré. Consiste en la práctica sutil de crear opinión, o de distorsionar el concepto que tenemos de alguien o de un hecho para enaltecerlo o, por el contrario, para derrumbarlo.

Qué potencial informativo -para el chisme, si queréis- no tenían aquellos pecados en el confesionario que preceptivamente eran enumerados al oído del párroco semana tras semana. Qué poder no tendrán ciertas sesiones freudianas en algunos divanes discretos. Qué mina de oro no será disponer de los datos en los grandes negocios anticipándose al juego bursátil, por ejemplo. Se le atribuye a Francis Bacon la frase de que “la información es poder”. Algo que podríamos contrastar con la idea más virtuosa de Foucault, según la cual el “conocimiento” -no la información- es el producto de la experiencia, del razonamiento y de los aprendizajes. Una concepción, ciertamente, más alejada y esforzada -bondadosa- del chismorreo abyecto.

El chisme profesional asociado a los espías era cosa heroica con decorados anglosajones al estilo 007 sacudiendo a los enemigos, generalmente exóticos y muy malos, mientras retrataba documentos muy secretos con una cámara profesional muy minúscula que escondía en la suela del zapato. Los microfilms ya son trastos obsoletos en el museo del espía, curiosidades para turistas nostálgicos o lectores de novela negra de época. Hemos evolucionado del lavadero a las cloacas sin agentes bien plantados ni perfumados. Los espías ya no se la juegan, no frecuentan casinos, no piden un Martini agitado ni exponen su integridad física o comprometen la vida intrépidamente mientras les mece una rubia peligrosa. ¡Cuánta decadencia! Los imagino con un chándal descolorido con los restos de una pizza a medio mordisquear rodeados de pantallas que parpadean.

Desde hace un par de décadas aproximadamente las tecnologías de la comunicación y de la información han dado un vuelco formidable. La telecomunicación inalámbrica con los ordenadores y los teléfonos inteligentes nos permiten acceder, almacenar y manipular todo tipo de contenidos. El porcentaje de usuarios abarca casi la totalidad de los individuos en los países desarrollados o está en el umbral de atrapar a toda la población mundial. Adictos a las pantallas hemos ido vertiendo información de forma directa -fotos, datos personales, redes sociales- o de forma involuntaria mientras dejamos la huella de nuestras preferencias con el rastro de las búsquedas que provocan que el algoritmo trabaje y nos proponga una selección de contenidos que nosotros ya hemos señalado previamente. El algoritmo se ha convertido, así, en una especie de espía eficiente sin caspa.

 Pensar que no somos espiados por las empresas o los estados y que, si lo hacen, juegan limpio es de una inocencia supina. Detrás habrá todo tipo de intereses, muy contrarios a la jurisprudencia que como personas, según la grandilocuencia legal, tenemos derecho a disfrutar. Con los medios actuales saben si nos hemos detenido a indigestar a las palomas o a jugar a la petanca en la plaza mayor. Aquel Gran Hermano de Orwell ya ha sido superado y mejorado. Hoy el heredero nos vigila descuartizado y atomizado con la anatomía de un móvil de bolsillo personalizado que todo lo ve y todo lo escucha.

Ha estallado del todo el asunto gravísimo con espías funcionarios que chismorrean políticos, activistas y periodistas catalanes. La Moncloa añade a última hora al propio presidente Sánchez y a la ministra de la guerra, la señora Robles. Hemos pasado del Catalangate al Spanishgate. Las consecuencias de este hecho, no por insólito, pueden zarandear la legislatura. Veremos cómo evoluciona esta violación flagrante de los derechos civiles o si se impone, una vez más, lo del todo vale. Punto y aparte. Veo a los turistas de paso por Barcelona fotografiando a los presidentes Sánchez y Aragonés en una chalupa en medio del estanque de la Ciutadella -en calzoncillos- retomando una mesa de diálogo más líquida que acuática rodeados de patos sospechosos de llevar un micrófono incorporado.

¡Cuidado, hay ropa tendida!

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