De
las primeras mascarillas que mercadeé en una farmacia, cuando el complemento
facial se imponía por ley, costaban 22€. Sí, veintidós euracos,
como dice el mocerío. No eren nada del otro mundo, un tapabocas sanitario de
dos gomas con tendencia a castigar las orejuelas. A ese precio por unidad
era un lujo cambiarla cuando tocaba. Como, pese al coste, no llevaba
receta médica como suelen los productos sanitarios con indicaciones,
recomendaciones, dosis ni especificaba el ciclo de vida útil del producto, la
adopté como un utensilio suntuario de gran valor que a la vez debería salvaguardarme
la vida. La alisaba y la colgaba cuidadosamente con las llaves del piso
junto al móvil. Con los guantes nos las tuvimos por razones de tamaño,
acabé con unos de cocina, de fregar platos de un color discreto que no se
vendían en las farmacias sino en las ferreterías, tampoco llevaban un manual de
uso. La medida de los guantes, por fortuna, fue una manía protectora de vuelo
corto. Me desnudé de ellos sin concesiones a la manera Rita Hayworth cuando
únicamente los escrupulosos los lucían en el metro como quien va al Liceo.
Pasada
la demanda inicial, tiempo para hacer balance y caja, nos llegan las maniobras
mercantiles con las que unos vivales han hecho fortuna. Un pico
millonario, seis millones de euros -dicen-, por una llamada ejerciendo de
intermediarios. Un escándalo con implicaciones -presuntas- de insignes
políticos que defienden la legitimidad comercial de la operación. Les
reprochan que hayan invertido las ganancias millonarias en artículos de lujo,
en un alarde de alta gama cuando el personal caía como moscas. Yo me
pregunto en qué habrían podido canjearlas si no es en lo que no posees, en
deportivos, yates o relojes que no marcan las horas sino el estatus
social. Unos figuras, unos prohombres que deberíamos promocionar a la
condición de nobles -si ya no lo son- por una gesta que les honra en tiempos
difíciles y de escasez. Porque ellos fueron los artífices del bajón del
precio de las mascarillas de 22€ al módico precio -¡un saldo!- de 6,24€ en
Madrid mientras en Barcelona costaban 2,50€ y en Zaragoza sólo
1,6€. Podríamos hablar de la calidad diversa de la mercancía si no fuera
porque algunos lotes de estas polémicas mascarillas en el mercado de la
Comunidad de Madrid eran defectuosos.
Ya
son ganas de marear la perdiz. Estos facilitadores de
artículos de necesidad imperiosa en un momento de crisis y de privación extrema
de estos productos, cuando los hospitales carecían de ellos, deberían ser
reconocidos como lo que fueron, unos héroes sanitarios. Por eso, en cuanto
la hazaña sea analizada en algún documental o alabada en una película de
catástrofes epidemiológicas, deberíamos ser capaces de rendirles el homenaje
merecido y de poner en contexto su tarea y sus esfuerzos ya que una llamada
oportuna, aunque sólo sea una pero estratégica, no tiene precio. Desde ahí
mi reconocimiento, campeones.
Ya
se verá, pero tal y como han salido inmunes de la pandemia, también lo harán
del malentendido, un virus mediático que no se contagia. Obraron de buena
fe y con la mejor de las intenciones, no tengáis duda alguna. Nos llegarán
las noticias justas cuando el tribunal los exonere de cualquier sospecha porque
sólo practicaron en la ley de la jungla el porcentaje que acostumbra el
mercado. Que eran mascarillas, no traficaban con aceite de girasol o material
para la voracidad bélica. ¡Del gas y del petróleo, ni tocarlos!
En
un país donde estos favores personales ya se han integrado estructuralmente en
ciertas maneras de ejercer el poder, tampoco pasaría nada si por un casual les
cayera alguna medida o pena judicial. Travesuras, trapicheos inocentes y
sin voluntariedad Una estraperleada menor con una pizca de picaresca mezquina
que no comportará -está muy demostrado- mengua alguna en las
urnas. Propongo, por aquello de la transparencia, que algunos programas
electorales incorporen el margen comercial que se comprometen a no
exceder. A la larga, en cuanto se haya calmado la marejadilla en las
portadas de los diarios, los protagonistas figurarán en los catálogos de algún
máster para emprendedores donde reflejarnos. Solo habrá sido un asunto en
la logística de las mascarillas, una lección para empresarios resueltos
con iniciativa.
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