miércoles, 13 de abril de 2022

La logística de la mascarilla.

 

De las primeras mascarillas que mercadeé en una farmacia, cuando el complemento facial se imponía por ley, costaban 22€. Sí, veintidós euracos, como dice el mocerío. No eren nada del otro mundo, un tapabocas sanitario de dos gomas con tendencia a castigar las orejuelas. A ese precio por unidad era un lujo cambiarla cuando tocaba. Como, pese al coste, no llevaba receta médica como suelen los productos sanitarios con indicaciones, recomendaciones, dosis ni especificaba el ciclo de vida útil del producto, la adopté como un utensilio suntuario de gran valor que a la vez debería salvaguardarme la vida. La alisaba y la colgaba cuidadosamente con las llaves del piso junto al móvil. Con los guantes nos las tuvimos por razones de tamaño, acabé con unos de cocina, de fregar platos de un color discreto que no se vendían en las farmacias sino en las ferreterías, tampoco llevaban un manual de uso. La medida de los guantes, por fortuna, fue una manía protectora de vuelo corto. Me desnudé de ellos sin concesiones a la manera Rita Hayworth cuando únicamente los escrupulosos los lucían en el metro como quien va al Liceo.

 Pasada la demanda inicial, tiempo para hacer balance y caja, nos llegan las maniobras mercantiles con las que unos vivales han hecho fortuna. Un pico millonario, seis millones de euros -dicen-, por una llamada ejerciendo de intermediarios. Un escándalo con implicaciones -presuntas- de insignes políticos que defienden la legitimidad comercial de la operación. Les reprochan que hayan invertido las ganancias millonarias en artículos de lujo, en un alarde de alta gama cuando el personal caía como moscas. Yo me pregunto en qué habrían podido canjearlas si no es en lo que no posees, en deportivos, yates o relojes que no marcan las horas sino el estatus social. Unos figuras, unos prohombres que deberíamos promocionar a la condición de nobles -si ya no lo son- por una gesta que les honra en tiempos difíciles y de escasez. Porque ellos fueron los artífices del bajón del precio de las mascarillas de 22€ al módico precio -¡un saldo!- de 6,24€ en Madrid mientras en Barcelona costaban 2,50€ y en Zaragoza sólo 1,6€. Podríamos hablar de la calidad diversa de la mercancía si no fuera porque algunos lotes de estas polémicas mascarillas en el mercado de la Comunidad de Madrid eran defectuosos.

Ya son ganas de marear la perdiz. Estos facilitadores de artículos de necesidad imperiosa en un momento de crisis y de privación extrema de estos productos, cuando los hospitales carecían de ellos, deberían ser reconocidos como lo que fueron, unos héroes sanitarios. Por eso, en cuanto la hazaña sea analizada en algún documental o alabada en una película de catástrofes epidemiológicas, deberíamos ser capaces de rendirles el homenaje merecido y de poner en contexto su tarea y sus esfuerzos ya que una llamada oportuna, aunque sólo sea una pero estratégica, no tiene precio. Desde ahí mi reconocimiento, campeones.

Ya se verá, pero tal y como han salido inmunes de la pandemia, también lo harán del malentendido, un virus mediático que no se contagia. Obraron de buena fe y con la mejor de las intenciones, no tengáis duda alguna. Nos llegarán las noticias justas cuando el tribunal los exonere de cualquier sospecha porque sólo practicaron en la ley de la jungla el porcentaje que acostumbra el mercado. Que eran mascarillas, no traficaban con aceite de girasol o material para la voracidad bélica. ¡Del gas y del petróleo, ni tocarlos!

En un país donde estos favores personales ya se han integrado estructuralmente en ciertas maneras de ejercer el poder, tampoco pasaría nada si por un casual les cayera alguna medida o pena judicial. Travesuras, trapicheos inocentes y sin voluntariedad Una estraperleada menor con una pizca de picaresca mezquina que no comportará -está muy demostrado- mengua alguna en las urnas. Propongo, por aquello de la transparencia, que algunos programas electorales incorporen el margen comercial que se comprometen a no exceder. A la larga, en cuanto se haya calmado la marejadilla en las portadas de los diarios, los protagonistas figurarán en los catálogos de algún máster para emprendedores donde reflejarnos. Solo habrá sido un asunto en la logística de las mascarillas, una lección para empresarios resueltos con iniciativa.

 

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