jueves, 31 de marzo de 2022

Una casita con huerto.

 

Con la significativa diáspora desde las ciudades a los pueblos, propiciada por el cambio de paradigma mental que ha impuesto la pandemia, nos miramos el arraigo fuera de las ciudades como una alternativa que gana adeptos, aquellos que quieren huir del asfalto para acogerse se o volver a las raíces de una ruralidad idílica, la casita con huerto que alababa Macià, pero alejada de la Meridiana o de la Diagonal, que ahora disfruta de renovado predicamento y vuelve a ser objeto de deseo por si nos hemos de replegar a los cuarteles de invierno porque las pestes de este siglo vuelven a arremeter y cuestionan una vez más las multitudes y la socialización autista que practicamos en el metro, por ejemplo.

La mirada de futuro fomenta la visión de un mundo urbano en decadencia y vulnerable. A la visión apocalíptica, una distopía -como se dice ahora- que nos traza una convivencia impersonal, deshumanizada, opresiva o totalitaria, nuestra experiencia nos demuestra que cuantos más seremos, más sufriremos. La gran urbe como objetivo del terrorismo o de la guerra -pienso en Ucrania- en este momento no son reclamos publicitarios eficaces para las agencias inmobiliarias de los bloques de pisos mastodónticos y sin balcones. O las crisis y el temor al desabastecimiento de los estantes que los más ingenuos piensan combatir con una lechuga y una cabra -eso sí, ecológicas ambas- fomentan esta arcadia mental de cuando éramos niños y cazábamos nidos de gorriones. Dejo los anunciados efectos del cambio climático para un próximo capítulo de esta serie de catástrofes.

No hablo del privilegio ocasional de la segunda residencia sino del paso trascendente de un cambio importante de vida que volvería a avivar los pueblos pequeños o las comarcas que han sufrido el despoblamiento progresivo. Se puede propiciar un cierto reequilibrio territorial sin santificar sus virtudes con las que lo coloreamos ni demonizar sus defectos o inconvenientes con que lo salpicamos, ya que la vida rural no es de color verde primavera ni de color rosa. En la paleta cromática predominan los tonos de la tierra áspera con los atavismos que sembramos desde que los lugareños cerraron las pequeñas masías para sindicarse en el textil durante décadas. La tendencia neorural apadrinada por las comunas predecesoras de la década de los setenta pueden bendecir esta nueva oportunidad desde una nueva perspectiva facilitadora basada en la tecnología, las buenas comunicaciones i el soporte avalado, también, por la consciencia climática i la redención de algunas casas y masías al turismo rural, el paréntesis previo de los fines de semana i de las vacaciones rodeados de naturaleza, conciertos de cencerro i los gallos cantando al amanecer.

En el mundo de los pueblos también existe la contaminación. Tampoco se detiene el tiempo, no seremos inmortales. Es posible que falten escuelas u otros servicios básicos. O que tengamos que conjugar la producción escasa de las lechugas del huerto con la leche estacional de la cabra con una falta de alternativas laborales que no existen o son escasas. No es el paraíso de las manzanas con serpientes pérfidas donde deberemos hacernos un hueco en los vermuts de los domingos en la plaza mayor para, finalmente, ser acogidos en la mesa de los de toda la vida para descubrir que no es un universo estático detenido en el tiempo como la portada románica. Los pueblos han cambiado extraordinariamente y lo siguen haciendo. Tampoco están aislados ni recluidos en sí mismos. No son mellizos del concepto plano de campesino ni sinónimo de pobreza. Eso sí, son algo distinto a la ciudad. Hay, como todas partes, payeses con vacas y sin vacas.

Estos días me he reencontrado con un amigo que se escapaba ocasionalmente de los largos y monótonos días de invierno monacal, celebraba animado la primavera de este marzo que marcea, mostrándome las épicas callosidades incipientes en las manos. Vino, como acostumbran los de pueblo, cargado con una escarola y un manojo de ajos tiernos de su recién estrenado huerto adosado a la casa en la que ya reside de manera permanente. Como una pancarta itinerante no se cansaba de exaltar las virtudes de esta nueva vida que ha emprendido. Y en este cambio de cromos no ahorra elogios a la nueva existencia oteando como un sabueso eficaz la suciedad, dejadez y fealdad que señorean en algunos lugares por donde paseamos. Redondea la defensa de las virtudes hortícola campesinas con una observación que me hace pensar, las penurias en el pueblo se soportan con más dignidad que aquí.

Un mundo de siempre, kilómetro cero, que podría también redimirnos con la imprescindible y profunda renovación que tendremos que ingeniar. También la alternativa energética que las fuerzas de la geopolítica y del cambio climático exigirán si queremos salvar la cosecha de lechugas y que la leche de cabra no se nos agríe.

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