Si
el termómetro mide la temperatura, el pluviómetro la cantidad de agua de lluvia
que ha caído o el barómetro la presión atmosférica, el helicóptero policial
mide los días convulsos en Barcelona. Esta mañana el ruido de las hélices
de estos coleópteros voladores insistían en batir la atmósfera de la ciudad
gris y nublada un día más. Ha habido días no demasiado lejanos en los que
el hilo musical urbano de melodía monótona era ese latir molesto con un punto
de amenaza, como de halcón oteando una posible presa. Flotan estáticos
desafiando las leyes de la física mientras no basculan empujados por la inercia
cabezona para asperger el ruido irritante en círculos concéntricos.
Barcelona
ha sido hoy una ciudad de contestaciones. De malestar diverso condensado
en su espacio aéreo -por eso el helicóptero-. A vista de pájaro imagino
que se puede tener un mapa preciso de las protestas, de cómo los batallones de
los diversos colectivos muy cabreados evolucionan y conquistan las calles de la
cuadrícula urbana. Tres grupos han confluido esta mañana para hacer
visibles sus demandas y la inquietud que comporta. El del gremio de la
enseñanza -el de la tiza- en contra de la imposición judicial del 25% en el
currículo en lengua castellana. El de los camioneros y el de los taxistas
-con bálsamo de gasoil- denuncian el precio difícil de asumir del combustible.
Inmersos
en la nubosidad adversa de esta primavera justo estrenada parecería que,
incluso, los elementos se han conjurado para fastidiarnos. La carencia de
agua no se ha resuelto aún a pesar de las gratificantes pero insuficientes
lluvias. Como si el cambio de tiempo sólo hubiera impuesto un decorado
gris y ventoso, sin un sol radiante desde hace días. Todo va a
llegar. Estoy convencido de que el ambiente general de aturdimiento, de
desencanto y de asco que arrastramos flota y se condensa en las capas bajas de
la atmósfera, como una especie de niebla espesa que, hoy, ni el helicóptero
policial ha podido diluir.
La
incertidumbre, que va más allá del concepto y la palabra con la que la
significamos, es una sensación amplia de alcance muy extenso que nos atrapa y
nos hace sentir mal. Ciertamente, desde hace una buena temporada, esta
inseguridad en muchos ámbitos preside o nos acompaña provocándonos un desapego
añadido a las circunstancias personales que podamos sufrir cada
uno. ¿En cuántas ocasiones en los últimos años no la hemos invocado? Un
agobio que nos somete y lo hace difícil, de ser razonablemente más felices y de
sentirnos a cobijo bajo un paraguas seguro y sensato.
Demasiada
incertidumbre domiciliada en nuestras cuentas corrientes vitales en un mercado
de futuros sin profetas. ¿Cómo resolver todo? Ni el propio Putin, el
epicentro del virus de la guerra en Ucrania, sabrá cómo se resolverá y hacia
dónde se decantará la operación
militar especial que ha puesto en marcha. Se me hace difícil
creer que las madres rusas toleren esta guerra brutal como unas colonias
militares al aire libre para destetar a los jóvenes soldados rusos que dejan la
piel en los fuegos de campo nocturnos.
Yo,
como el poeta cantaba, tampoco sé cómo ha llegado la primavera. De lo que
estoy convencido, por los indicios, es que los brotes verdes propios de la
estación no parece que quieran asomarse por los prados de la bonanza y de la
paz inmediata. La realidad se nos zampa la melodía azucarada y primaveral cambiándola
por la guerra y sus consecuencias.
Sin
embargo, no pierdo la esperanza, de que la primavera nos libere y vuelva a
resplandecer el sol.
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