sábado, 26 de marzo de 2022

Bálsamo de gasóleo

 

Si el termómetro mide la temperatura, el pluviómetro la cantidad de agua de lluvia que ha caído o el barómetro la presión atmosférica, el helicóptero policial mide los días convulsos en Barcelona. Esta mañana el ruido de las hélices de estos coleópteros voladores insistían en batir la atmósfera de la ciudad gris y nublada un día más. Ha habido días no demasiado lejanos en los que el hilo musical urbano de melodía monótona era ese latir molesto con un punto de amenaza, como de halcón oteando una posible presa. Flotan estáticos desafiando las leyes de la física mientras no basculan empujados por la inercia cabezona para asperger el ruido irritante en círculos concéntricos.

Barcelona ha sido hoy una ciudad de contestaciones. De malestar diverso condensado en su espacio aéreo -por eso el helicóptero-. A vista de pájaro imagino que se puede tener un mapa preciso de las protestas, de cómo los batallones de los diversos colectivos muy cabreados evolucionan y conquistan las calles de la cuadrícula urbana. Tres grupos han confluido esta mañana para hacer visibles sus demandas y la inquietud que comporta. El del gremio de la enseñanza -el de la tiza- en contra de la imposición judicial del 25% en el currículo en lengua castellana. El de los camioneros y el de los taxistas -con bálsamo de gasoil- denuncian el precio difícil de asumir del combustible.

Inmersos en la nubosidad adversa de esta primavera justo estrenada parecería que, incluso, los elementos se han conjurado para fastidiarnos. La carencia de agua no se ha resuelto aún a pesar de las gratificantes pero insuficientes lluvias. Como si el cambio de tiempo sólo hubiera impuesto un decorado gris y ventoso, sin un sol radiante desde hace días. Todo va a llegar. Estoy convencido de que el ambiente general de aturdimiento, de desencanto y de asco que arrastramos flota y se condensa en las capas bajas de la atmósfera, como una especie de niebla espesa que, hoy, ni el helicóptero policial ha podido diluir.

La incertidumbre, que va más allá del concepto y la palabra con la que la significamos, es una sensación amplia de alcance muy extenso que nos atrapa y nos hace sentir mal. Ciertamente, desde hace una buena temporada, esta inseguridad en muchos ámbitos preside o nos acompaña provocándonos un desapego añadido a las circunstancias personales que podamos sufrir cada uno. ¿En cuántas ocasiones en los últimos años no la hemos invocado? Un agobio que nos somete y lo hace difícil, de ser razonablemente más felices y de sentirnos a cobijo bajo un paraguas seguro y sensato.

Demasiada incertidumbre domiciliada en nuestras cuentas corrientes vitales en un mercado de futuros sin profetas. ¿Cómo resolver todo? Ni el propio Putin, el epicentro del virus de la guerra en Ucrania, sabrá cómo se resolverá y hacia dónde se decantará la operación militar especial que ha puesto en marcha. Se me hace difícil creer que las madres rusas toleren esta guerra brutal como unas colonias militares al aire libre para destetar a los jóvenes soldados rusos que dejan la piel en los fuegos de campo nocturnos.

Yo, como el poeta cantaba, tampoco sé cómo ha llegado la primavera. De lo que estoy convencido, por los indicios, es que los brotes verdes propios de la estación no parece que quieran asomarse por los prados de la bonanza y de la paz inmediata. La realidad se nos zampa la melodía azucarada y primaveral cambiándola por la guerra y sus consecuencias.

Sin embargo, no pierdo la esperanza, de que la primavera nos libere y vuelva a resplandecer el sol.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario