Dicen
quienes llevan la cuenta, sobre todo quienes las sufren, que ahora mismo hay
más de sesenta guerras en el mundo. Muchas no cotizan en bolsa o sólo
invierten en lo imprescindible, en armas. La mayoría se trata de
conflictos lejanos o fuera de los focos mediáticos que no fidelizan audiencias
ni despiertan intereses económicos. Esta que ha estallado sin embargo, la
de Ucrania, tiene todos los ingredientes de una superproducción bélica del
siglo XXI.
Los
guionistas han conseguido crear un escenario bien escogido y cercano con una
trama que se va alargando, una serie de retahíla que puede durar algunas
temporadas. Ya no se llevan las películas de dos horas en las que se
proyectaba una síntesis comprimida del relato, la guerra no es un instante. Ahora
la tendencia es, capítulo tras capítulo, dilatar la historia siempre
innecesariamente. Una técnica chicle que permite el alarde de los
protagonistas salpicados con todos los tópicos y las debilidades humanas
aliñadas con un ejército de comparsas que ponen la salsa o la sangre. El
apocalipsis incierto que acontece con héroes casi inmortales que sobreviven,
los malos muy malos y los que ejercen de secundarios en el argumento, la tropa
-y los civiles- de los no inmortales que la palman como un sacrificio a los
dioses famélicos de la guerra. El guión eterno, nada original, con
protagonistas actuales.
Mientras
la función trágica se desarrolla están los analistas distantes, los tertulianos
de alpargata próximos y todos nosotros que hemos introducido en las
conversaciones de ascensor la justificación por las compras, otra vez
compulsivas, de productos de subsistencia en una sensación de economía de
guerra. Ahora no acaparamos papel higiénico sino aceite de girasol y
seguimos los ridículos consejos de ahorro energético amortiguando el lujo de la
calefacción y la alegría consumista desbocada por los productos que nos
permitan resistir el cerco que los tuits dantescos han fomentado por la red. Son
momentos propicios que nos dejan fuera de juego, atemorizados, con pesadillas
esperando lo peor todavía.
De
las postales renovadas de la guerra, que podíamos tolerar por la relativa
lejanía, hemos pasado a las consecuencias que nos tocan de lleno. Los
precios y las carencias sino vacían los estantes sí que nos aflojan la
cartera. A pesar de la relativa distancia de este frente cercano se
avecinan tiempos de vacas flacas porque el precio de la energía que mueve los
motores de la producción global se ha disparado extraordinariamente. La
guerra y sus bombas han hecho añicos el equilibrio voraz del comercio mundial
en los países desarrollados, Europa en particular. Nos hemos quitado la
mascarilla para mostrar la gestualidad horrorosa sin sonrisas de la
guerra. Del optimismo incierto sin enemigos visibles, de un virus etéreo
que espoleaba a buscar lo mejor de la humanidad cargándonos las pilas con
esperanza, hemos pasado al odio visceral por unos enemigos con cara y ojos
sombríos que han desatado a todos los jinetes de las maldades. El odio
sirve para aglutinar y justificar todas las barbaridades y sazonar todas las bestialidades.
De
esta semana declinada en femenino recojo la postal valiente de las mujeres
ucranianas, este año el día de la mujer, refugiada, protagoniza las imágenes de
quien sufre los efectos de la atrocidad en propia carne con una maleta y las
criaturas.
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