domingo, 13 de marzo de 2022

Ucrania.

 

Dicen quienes llevan la cuenta, sobre todo quienes las sufren, que ahora mismo hay más de sesenta guerras en el mundo. Muchas no cotizan en bolsa o sólo invierten en lo imprescindible, en armas. La mayoría se trata de conflictos lejanos o fuera de los focos mediáticos que no fidelizan audiencias ni despiertan intereses económicos. Esta que ha estallado sin embargo, la de Ucrania, tiene todos los ingredientes de una superproducción bélica del siglo XXI.

Los guionistas han conseguido crear un escenario bien escogido y cercano con una trama que se va alargando, una serie de retahíla que puede durar algunas temporadas. Ya no se llevan las películas de dos horas en las que se proyectaba una síntesis comprimida del relato, la guerra no es un instante. Ahora la tendencia es, capítulo tras capítulo, dilatar la historia siempre innecesariamente. Una técnica chicle que permite el alarde de los protagonistas salpicados con todos los tópicos y las debilidades humanas aliñadas con un ejército de comparsas que ponen la salsa o la sangre. El apocalipsis incierto que acontece con héroes casi inmortales que sobreviven, los malos muy malos y los que ejercen de secundarios en el argumento, la tropa -y los civiles- de los no inmortales que la palman como un sacrificio a los dioses famélicos de la guerra. El guión eterno, nada original, con protagonistas actuales.

Mientras la función trágica se desarrolla están los analistas distantes, los tertulianos de alpargata próximos y todos nosotros que hemos introducido en las conversaciones de ascensor la justificación por las compras, otra vez compulsivas, de productos de subsistencia en una sensación de economía de guerra. Ahora no acaparamos papel higiénico sino aceite de girasol y seguimos los ridículos consejos de ahorro energético amortiguando el lujo de la calefacción y la alegría consumista desbocada por los productos que nos permitan resistir el cerco que los tuits dantescos han fomentado por la red. Son momentos propicios que nos dejan fuera de juego, atemorizados, con pesadillas esperando lo peor todavía.

De las postales renovadas de la guerra, que podíamos tolerar por la relativa lejanía, hemos pasado a las consecuencias que nos tocan de lleno. Los precios y las carencias sino vacían los estantes sí que nos aflojan la cartera. A pesar de la relativa distancia de este frente cercano se avecinan tiempos de vacas flacas porque el precio de la energía que mueve los motores de la producción global se ha disparado extraordinariamente. La guerra y sus bombas han hecho añicos el equilibrio voraz del comercio mundial en los países desarrollados, Europa en particular. Nos hemos quitado la mascarilla para mostrar la gestualidad horrorosa sin sonrisas de la guerra. Del optimismo incierto sin enemigos visibles, de un virus etéreo que espoleaba a buscar lo mejor de la humanidad cargándonos las pilas con esperanza, hemos pasado al odio visceral por unos enemigos con cara y ojos sombríos que han desatado a todos los jinetes de las maldades. El odio sirve para aglutinar y justificar todas las barbaridades y sazonar todas las bestialidades.

De esta semana declinada en femenino recojo la postal valiente de las mujeres ucranianas, este año el día de la mujer, refugiada, protagoniza las imágenes de quien sufre los efectos de la atrocidad en propia carne con una maleta y las criaturas.

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