lunes, 28 de febrero de 2022

Cuánta, cuánta guerra...

 

Mira inconsciente lo que le rodea. Los libros que permanecen, testigos cargados de polvo, en los estantes. Las plantas que han perdido el resplandor, como tristes, capaces de presentir que se marchitarán porque nadie las cuidará. En el rincón, el plato vacío de la gata que ha huido en cuanto aventuró que el alboroto no tenía la cadencia de los petardos de feria. Cobarde o previsora, lo ha abandonado, dio un salto y se lanzó al vacío o a la terraza cercana de la vecina, vete a saber, buscando una vida mejor. Lo ha dejado. Él le habla como si la fantasmal criatura felina todavía se arrastrase por los espacios domésticos acariciándole las piernas con la cola como solía.

Se deja caer también instintivamente en el sofá que ha retirado a un espacio más protegido y alejado de la ventana por donde entra la oscuridad de la calle. La cortina, sin los cristales, tiembla porque se ha contagiado del miedo que flota por todas partes y lo empapa todo. Prende un cigarrillo -cuenta con el pesar de los empedernidos cuántos le quedan- y aspira con caladas profundas que le calientan los dedos y avivan la brasa como las hogueras de las bombas que van estallando sin parar. ¿Cuándo terminará esta atrocidad? Destellos que chisporrotean la noche y hacen contener la respiración esperando en vano que sea la última. Las campanadas lejanas, el tintineo monótono de toda la vida, principalmente las asociadas a los insomnios recelosos de la niñez, ya no se perciben; también el tiempo está tocado de muerte, es una osamenta de reloj con el aliento silente de la pólvora desahogada, un tufo a carbón acre requemado que se pega al paladar.

Allí, sentado, se adormece durante los entreactos causados ​​por el estruendo que sacude las entrañas de la tierra y zarandea los edificios que gimen con fragilidad, la de las lágrimas de cristal derrotadas. Demasiados días, demasiadas noches que ya no debe resignarse a poner el despertador para no llegar tarde al trabajo. El ordenador preside la mesa junto a la ventana, una coraza inútil que sólo ejerce de espejo con la barriga verdosa de pescado pasado que no late ni navega. Sonríe sarcástico recordando el desastre que entonces consideró apocalíptico, el instante en el cual la red dejó de funcionar. Subsiste aislado y con el teléfono descargado. La vecina aún tiene la ropa tendida, pero no se oyen ruidos de vida cotidiana por ninguna parte, sólo los gemidos del vacío. ¿Es el único residente del edificio que no se ha ido? ¿Todo el mundo ha hecho como la gata, esfumarse?

 Sacude la ceniza del cigarrillo sin miramiento alguno, contempla la mesa y las sillas del comedor. Disciplinadas, alineadas y salvas de la última cena prevista con los compañeros del despacho. ¡Qué asco! ¿Qué sucederá de verdad? Vuelve a esbozar una mueca triste pero irónica porque llenó la nevera con yogures para la cena aunque él sea intolerante a los lácteos que tampoco aprovecharán a la gata desertora. ¡Cuánta soledad! Ya se ha hecho tarde y no se arrepiente, de no haberse marchado cuando la calle era un bullicio de vehículos parados, ansiosos y aterrorizados. ¿A dónde podía ir él? Tenía el coche allí, aparcado en la calle, ahora tocado por la metralla y tan inútil como su empuje y su rodilla averiada -decidió-.

Se apoltrona sin miramientos y piensa que de tener nietos, que es lo que tocaría, los disfrazaría de esperanza haciéndolos invisibles a las bombas. Cómo echa de menos la monotonía tediosa de los días y la calma de las noches. Qué puede hacer y determinar cuándo una bomba anónima, sin bando, estalla. Allí, repantigado en el sofá, él ya es un fantasma más, como la gata.

 

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