Encuentro
muy interesante la sentencia “somos mayores, no idiotas” que un anciano ha
promovido por el trato que los bancos provocan con la digitalización abrupta de
los servicios, el aislamiento que comporta para un sector significativo de los
usuarios y por la falta de atención humana directa en las
sucursales. Hemos pasado de cuando las oficinas bancarias competían con
los bares -un par en cada tramo de acera- a convertirse en aves raras de paso o
a tener que buscarlas por la geografía urbana como setas clandestinas de
otoño. En un banco -antes una caja- algunas personas tenían la consulta
psicológica financiera, algo parecido al papel que le corresponde al camarero
de confianza pero sin confesar los pecados de los ahorros. Reconozco lo
pesado que puede ser atender frecuentemente a aquellas personas que pasaban
sólo para comprobar que los ahorros no acumulaban moho debido a la
inflación. Entre poco y demasiado. Confirman los sabios en la materia
que el número de oficinas por habitante en España sigue siendo de los altos de
Europa, sólo superada por Francia. Estadística que contrastaría con el
dato referente al número de personal que trabaja en la banca, el más bajo por
habitante de Europa. Entre la multitud de viejos, pero no idiotas, la
revolución tecnológica nos ha cogido con el pie cambiado. Somos esa franja
en extinción, la excepción, que dejará de ser un problema a corto plazo o
dentro de cien años cuando seamos todos calvos bien enchufados a las redes.
Eso,
no idiotas. La palabra idiota de origen griego significaba en sus orígenes
aquél que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino sólo de los propósitos
privados. La raíz de la palabra tiene que ver con “propio,
particular”. De ahí que sea la esencia en palabras como idioma, idiolecto
o idiosincrasia. Para los romanos significaba "ignorante",
acepción que ha hecho fortuna y perdura. Originariamente podríamos
asociar, en el sentido griego, los idiotas a los peculiares, a los originales
con un punto de esnobismo cuando la particularidad raya en la
excentricidad. En este sentido debo ser un idiota excéntrico a la mía
cuando observo a aquellos que sí se dedican a lo público. ¡Ay, los
políticos! Yo también quiero definirme como votante, pero no
idiota. Difícil de explicar y fácil de ejemplificar aplicado a los
melodramas que se representan en doble sesión en las sedes de los
representantes tanto catalanes como estatales. En el Parque de la
Ciutadella está el escenario del juego de las sillas -reeditado- que afecta a
un parlamentario al que la Junta Electoral Central ha defenestrado por colgar
lazos amarillos cuando era concejal del Ayuntamiento de Lleida. Es
conocida de todos la superstición de los actores por el amarillo y, también
desde hace un tiempo, de los políticos catalanes.
En
la Carrera de San Jerónimo, Madrid, estos días se ha reestrenado la reforma
laboral, una tragedia clásica repescada, una secuela donde se actualizan los
personajes y se da una mano de pintura a los escenarios. Por exigencias
del guión se tenía que añadir cierta intriga y sangre de attrezzo. Para
los efectos especiales en escena eran necesarios los cuchillos voladores y
artefactos truculentos para mantener la intriga hasta el instante
final. Un desenlace inesperado es lo mínimo que los espectadores remilgados
buscan en el género cercano a la novela negra -la protagonista estas semanas
en BCNegra-. Fue un éxito aclamado con fervor por todo el
público presente mientras repentinamente el fallecido resucitaba en
escena. Una novedad, un prodigio argumental con aterradores cambios de
guión sorprendentes e inesperados. Un no pero sí en el canto de un duro en
un recuento de infarto, como gritan los comentaristas en el
baloncesto. Hubo actores vendidos que pretendían darle la vuelta al
argumento. Todo estaba bien ligado para hacer decaer esta reforma de no
haber sido por la azarosa justicia poética en manos del actor secundario que no
se sabe la única frase que debe recitar en escena. Clamoroso ridículo a la
hora de pulsar un botón y formidable vergüenza ética para dejarse comprar de
forma tan presuntuosa.
Yo
me decantaría por las personas, pero no idiotas, mientras desafinan muchas
cosas en el concierto que comienza todos los días a toque de
despertador. Cada uno sabe -o deberíamos saber- qué notas de la escala
vital se nos resisten, y no hablo del mítico do de pecho sólo al alcance de
canarios privilegiados. La magia con la que asoma el sol en la raya del
horizonte es otra oportunidad recién estrenada que a medida que pasan las horas
debería mantenerse, como si fuera un reluciente vehículo nuevo de trinca. Conservar
cierto optimismo cotidiano sin acaparar lo que nos rodea y, sobre todo, quien
nos bordea sigue siendo un deporte decadente que como recompensa lleva al
desencanto. Cuántas veces no habremos puesto en el cajón de los bobos
aquellos cívicos que nos adelantan por el carril izquierdo con el intermitente
puesto como un guiño a la santa inocencia. Nos hemos acostumbrado a que la
corrección nos empache.
Con
los años valoro más aquellas personas con criterio que irradian buenas formas
entendidas en el sentido más amplio. Personajes que saben hallar siempre
algo favorable y mínimamente útil al desastre más chapucero en el que nos podemos
ver implicados o concernidos. Qué envidia me producen aquellos que brillan
precisamente sin tener que caer en el despropósito o en la provocación
gratuita. Creedme que son ejército los que ya antes de abrir la boca
incomodan o inquietan. Deberíamos llevar incorporado de fábrica un sensor
más o menos afinado que nos hiciera huir de la toxicidad interesada como el
demonio de la cruz. Un detector de nefastos, de mentirosos, de interesados
que nos protegiera de los idiotas más idiotas.
Hago
constar, -una noticia reciente de hoy mismo- que la Real Academia de la Lengua
admitirá la palabra polizia como válida en las pruebas de
ortografía para el acceso de los futuros agentes del cuerpo.
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