viernes, 11 de febrero de 2022

Pero no idiotas.

 

Encuentro muy interesante la sentencia “somos mayores, no idiotas” que un anciano ha promovido por el trato que los bancos provocan con la digitalización abrupta de los servicios, el aislamiento que comporta para un sector significativo de los usuarios y por la falta de atención humana directa en las sucursales. Hemos pasado de cuando las oficinas bancarias competían con los bares -un par en cada tramo de acera- a convertirse en aves raras de paso o a tener que buscarlas por la geografía urbana como setas clandestinas de otoño. En un banco -antes una caja- algunas personas tenían la consulta psicológica financiera, algo parecido al papel que le corresponde al camarero de confianza pero sin confesar los pecados de los ahorros. Reconozco lo pesado que puede ser atender frecuentemente a aquellas personas que pasaban sólo para comprobar que los ahorros no acumulaban moho debido a la inflación. Entre poco y demasiado. Confirman los sabios en la materia que el número de oficinas por habitante en España sigue siendo de los altos de Europa, sólo superada por Francia. Estadística que contrastaría con el dato referente al número de personal que trabaja en la banca, el más bajo por habitante de Europa. Entre la multitud de viejos, pero no idiotas, la revolución tecnológica nos ha cogido con el pie cambiado. Somos esa franja en extinción, la excepción, que dejará de ser un problema a corto plazo o dentro de cien años cuando seamos todos calvos bien enchufados a las redes. 

Eso, no idiotas. La palabra idiota de origen griego significaba en sus orígenes aquél que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino sólo de los propósitos privados. La raíz de la palabra tiene que ver con “propio, particular”. De ahí que sea la esencia en palabras como idioma, idiolecto o idiosincrasia. Para los romanos significaba "ignorante", acepción que ha hecho fortuna y perdura. Originariamente podríamos asociar, en el sentido griego, los idiotas a los peculiares, a los originales con un punto de esnobismo cuando la particularidad raya en la excentricidad. En este sentido debo ser un idiota excéntrico a la mía cuando observo a aquellos que sí se dedican a lo público. ¡Ay, los políticos! Yo también quiero definirme como votante, pero no idiota. Difícil de explicar y fácil de ejemplificar aplicado a los melodramas que se representan en doble sesión en las sedes de los representantes tanto catalanes como estatales. En el Parque de la Ciutadella está el escenario del juego de las sillas -reeditado- que afecta a un parlamentario al que la Junta Electoral Central ha defenestrado por colgar lazos amarillos cuando era concejal del Ayuntamiento de Lleida. Es conocida de todos la superstición de los actores por el amarillo y, también desde hace un tiempo, de los políticos catalanes.

En la Carrera de San Jerónimo, Madrid, estos días se ha reestrenado la reforma laboral, una tragedia clásica repescada, una secuela donde se actualizan los personajes y se da una mano de pintura a los escenarios. Por exigencias del guión se tenía que añadir cierta intriga y sangre de attrezzo. Para los efectos especiales en escena eran necesarios los cuchillos voladores y artefactos truculentos para mantener la intriga hasta el instante final. Un desenlace inesperado es lo mínimo que los espectadores remilgados buscan en el género cercano a la novela negra -la protagonista estas semanas en BCNegra-. Fue un éxito aclamado con fervor por todo el público presente mientras repentinamente el fallecido resucitaba en escena. Una novedad, un prodigio argumental con aterradores cambios de guión sorprendentes e inesperados. Un no pero sí en el canto de un duro en un recuento de infarto, como gritan los comentaristas en el baloncesto. Hubo actores vendidos que pretendían darle la vuelta al argumento. Todo estaba bien ligado para hacer decaer esta reforma de no haber sido por la azarosa justicia poética en manos del actor secundario que no se sabe la única frase que debe recitar en escena. Clamoroso ridículo a la hora de pulsar un botón y formidable vergüenza ética para dejarse comprar de forma tan presuntuosa.

Yo me decantaría por las personas, pero no idiotas, mientras desafinan muchas cosas en el concierto que comienza todos los días a toque de despertador. Cada uno sabe -o deberíamos saber- qué notas de la escala vital se nos resisten, y no hablo del mítico do de pecho sólo al alcance de canarios privilegiados. La magia con la que asoma el sol en la raya del horizonte es otra oportunidad recién estrenada que a medida que pasan las horas debería mantenerse, como si fuera un reluciente vehículo nuevo de trinca. Conservar cierto optimismo cotidiano sin acaparar lo que nos rodea y, sobre todo, quien nos bordea sigue siendo un deporte decadente que como recompensa lleva al desencanto. Cuántas veces no habremos puesto en el cajón de los bobos aquellos cívicos que nos adelantan por el carril izquierdo con el intermitente puesto como un guiño a la santa inocencia. Nos hemos acostumbrado a que la corrección nos empache.

Con los años valoro más aquellas personas con criterio que irradian buenas formas entendidas en el sentido más amplio. Personajes que saben hallar siempre algo favorable y mínimamente útil al desastre más chapucero en el que nos podemos ver implicados o concernidos. Qué envidia me producen aquellos que brillan precisamente sin tener que caer en el despropósito o en la provocación gratuita. Creedme que son ejército los que ya antes de abrir la boca incomodan o inquietan. Deberíamos llevar incorporado de fábrica un sensor más o menos afinado que nos hiciera huir de la toxicidad interesada como el demonio de la cruz. Un detector de nefastos, de mentirosos, de interesados ​​ que nos protegiera de los idiotas más idiotas.

Hago constar, -una noticia reciente de hoy mismo- que la Real Academia de la Lengua admitirá la palabra polizia como válida en las pruebas de ortografía para el acceso de los futuros agentes del cuerpo.

 

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