lunes, 31 de enero de 2022

¡La, la, la!

 

La polémica de los días pasa por la elección de la representante en la edición de Eurovisión de este año entre las finalistas, una catalana de Olesa de Montserrat nacida en Cuba, una catalana mediterráneamente sofisticada y unas gallegas de música tradicional galaicoportuguesa fusionada. El proceso parecería que no ha sido demasiado claro. Presuntos intereses y trapicheos poco transparentes ponen en duda la selección que ha levantado polvareda. Desde las redes a los severos expertos musicales todo el mundo ha dicho la suya, también los políticos o algunos sindicatos de la percusión y del metal, cada uno tiene su posición el respeto. Emergen las acusaciones de tongo, de engaño mediático con sospechas y acusaciones varias.

La trinidad de los cargos que señalan a la rítmica chica ganadora se fundamentan en la relación personal con alguien del jurado. Que la cancioncilla no cumple el requisito lingüístico del concurso puesto que no llega al 35% de la letra en castellano, si contamos en el porcentaje la neutralidad idiomática de las onomatopeyas o de los alaridos. Y lo fundamental, que las preferencias del pueblo soberano musicalmente hablando -y con criterio- no concuerdan con quien ha ganado para representar a las patrias esencias armónicas en Europa.

Analizado el evento, existe un punto único de encuentro ajeno a la polémica porque el centro de interés se declina en femenino. Las tres vocalistas son señoras. Aunque llegados a esta visión de protagonismo femenino absoluto los posicionamientos de género respecto a la imagen, a la puesta en escena o a los contenidos del mensaje también pueden crear discordancias. Se puede concluir, pues, que esta elección ha sido compleja y ha provocado enfrentamientos que sobrepasan la tradicional elección inocente -e intrascendente- a la que nos tenía acostumbrados habitualmente el concurso.

Explicaré que yo hablo de oídas y que me he documentado a toro pasado ya que la trascendencia del asunto se lo merece. Por eso he visionado con interés y curiosidad las intervenciones de las tres artistas en el concurso. Anticipo que si yo hubiera de decantarme por alguna me sentiría incapaz dada mi competencia musical bastante nula y que mi criterio en esta materia desafina agravado por la condición innata de arrítmico. No hagáis demasiado caso, por tanto, a mi juicio.

De la naturalizada en Olesa de Montserrat, la ganadora, me ha sorprendido la pose de felino tropical y que, pese al ritmo frenético, tenga tiempo para desnudar el hombro retomando la antología de florilegios vocales sin demasiado mensaje. La segunda -la damnificada, dicen- sale a escena como una novicia reivindicando el caldo vegetal en la nevera, la mamá y la teta. Un manifiesto a los mamíferos en femenino que va subiendo de intensidad para también desnudarse del hábito y convertirse en una madre recién parida ataviada con una especie de faja tan neutra como las onomatopeyas de la concursante vencedora. El globo terráqueo con pezón mediterráneo cargando a la izquierda es un hallazgo que se debería rentabilizar. El trío gallego de chicas, como una reunión de meigas de diseño con pandereta, flota en medio de la tupida niebla escénica un poco desplazada de la borrasca atlántica. Frenéticas, también, como las otras dos concursantes. ¿Por qué no se podría destilar la síntesis en una confluencia con las tres arrebatadas esencias que arrasaría a la hora de la verdad, en Eurovisión?

Este concurso maldito en su momento de gloria, el ¡La, la, la! de Massiel también estuvo significado por la negativa de Serrat a cantarla en castellano, se ha ido diluyendo en la meliflua trascendencia musical de sus protagonistas. Pocos momentos de gloria salvo este éxito y el de Salomé en la edición siguiente que nos lo decía cantado acunada por la convulsión de los colgantes de aquel vestido que lucía y por el cartel del evento diseñado por Dalí. Ni la revitalización mediática impulsada por algunos miembros de La Trinca logró que la protagonista, la Rosa de España, no se acabara marchitando. La aventura de Buenafuente y su tropa logró un meritorio puesto en la clasificación con la astracanada musical protagonizada por Rodolfo Chikilicuatre, un vanguardista o un antecedente exitoso del reggaetón y del perreo que tuvo que glosar un Uribarri muy descolocado.

Como se puede deducir la cosa catalana ha estado vinculada a muchos de los grandes momentos que ha vivido el festival de los festivales europeos. ¡Este año también! Podríamos afirmar que la cosa catalana de los últimos tiempos ha inspirado el procedimiento de este tipo de concurso-oposición con requisitos que, como en las dinámicas reales, se ha acabado imponiendo el criterio de un jurado por encima de la democracia directa –el voto televisivo- o de la democracia orgánica de una elección demoscópica -sólo un grupo selecto poco transparente- con derecho a voto y con maneras inspiradas en otras épocas. No voy a ser tan suspicaz al hallar cierta similitud también con los porcentajes idiomáticos aunque la cosa hispánica viva empeñada en los tantos por ciento.

Recordemos que quien canta, sus males espanta.

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