Caer
como moscas no es lo mismo que palmarla como moscas aunque la gaceta del confinado
reanude el brío ingobernable con virulencia literal para cazarnos al vuelo,
como aquellas moscas que se marchitaban también literalmente adheridas a una
especie de tirabuzón pegajoso colgado al lado de una bombilla desnuda
iluminando con calidez macabra el enjambre de insectos condenados que
configuraban una escena pintoresca y costumbrista. Los avances
tecnológicos -y los virus- han desarrollado mecanismos menos bárbaros pero
tanto o más eficaces y mucho más estéticos.
En
otro orden de cosas y con cierto paralelismo, en las últimas semanas, el virus
nos ha fumigado con una eficiencia que no se puede casi combatir. Sigue
pillando a la vez a las moscas cojoneras negacionistas que prueban en propia
piel la evidencia irrefutable de los estragos mayoritariamente leves que causa
la última versión o mutación del microbio. Fiebre, tos de perro y unas
agujetas generalizadas que crujen la osamenta con un poder de contagio rudamente
efectivo. Esto, caemos como moscas, sólo que la pandemia se ha vuelto más
considerada o nosotros nos hemos curtido con las nuevas modalidades víricas.
En
la larga, fea y pesada evolución, desde que nos confinaron por primera vez, nos
hemos familiarizado con maneras insólitas de convivir con ello. Pero ahora
las máximas autoridades sanitarias nos anuncian que a partir de abril, aunque
el nombre no haga la cosa, se tratará a la covid como a una vulgar
gripe. De príncipe de los virus mutantes formidable cambiando de uniforme
pasará a la condición de estacional pasavolante pedigüeño sin el glamour que le
confería la licencia para matar. ¡Que así sea! Quizás nos hemos dado
cuenta de que la estrategia, además de las vacunas, reside en no hacerle
caso. Despreciar y degradar para vencer. Atacar en el punto más endeble,
al amor propio y en la autoestima que los virus deben poseer aunque sean
infinitamente minúsculos. Reducirlo a la banalidad sin ningún tipo de
consideración ni pesar.
Mientras
el virus no pruebe del jarabe que se prescribe con esta nueva estrategia
deberemos soportarlo como a un cansino sobrevenido más en nuestra
convivencia. Un invitado sorpresa en la mesa que nos ha fastidiado las
tertulias a la hora del café. Que ha fortificado los domicilios con celdas
de reclusión, habitaciones como trincheras específicas de confinamiento para esquivar
su artillería. ¡Qué presuntuoso, este tipo! Se abre paso como
un sheriff corrupto y malcarado que ha alterado lo que
llamábamos, antes del desastre, la normalidad.
Ocurre,
sin embargo, que esta nueva normalidad no anda ni con ruedas. La sensación
de impotencia ya no se apacigua desde los medios que se convierten en espejo de
incertidumbre también política, que en cada colada perdemos demasiados calcetines
y autoridad creíble. Intimidar -concienciar- a la población con tendencia
a tirar al monte es más difícil porque todo el mundo está muy cansado. Un
agotamiento que ya no da ni para aplaudir como hacíamos a las ocho en punto
dedicado a los sanitarios. Seguramente ahora les tocaría también a los
maestros, los grandes olvidados, mientras estos días se las tienen con
ferocidad para gestionar y mantener abiertos los centros escolares convertidos
en sucursales sanitarias donde se ha canjeado la pizarra por el test de
antígenos.
La
pregunta es cómo debe soportarse lo que conlleva contagiarse con las criaturas
confinadas, las bajas laborales y el parón en seco de varios sectores. Un
virus que ha matado impunemente sin indulgencia, que ha llegado a despeinar el
rubio mandón de los ingleses, que ha cerrado comercios, que ha empobrecido más
al mundo. Quizás la tendencia deberá ser ésta, degradarlo a sereno o como
mucho a agente local para que patrulle sin tanta parafernalia ni alarde por las
calles porque el gran espectáculo de la vida debe continuar.
En
las intensas emociones vitales cotidianas hemos intercalado entre el café y el
croissant -los puristas lo practican en ayunas- la de hurgarnos la
nariz. Un momento íntimo que nos divide en negativos o positivos. En
este sentido, os deseo la máxima negatividad o la recuperación sin complicaciones
y lo más llevadera posible a pesar del confinamiento.
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