martes, 25 de enero de 2022

Caemos como moscas.

 

Caer como moscas no es lo mismo que palmarla como moscas aunque la gaceta del confinado reanude el brío ingobernable con virulencia literal para cazarnos al vuelo, como aquellas moscas que se marchitaban también literalmente adheridas a una especie de tirabuzón pegajoso colgado al lado de una bombilla desnuda iluminando con calidez macabra el enjambre de insectos condenados que configuraban una escena pintoresca y costumbrista. Los avances tecnológicos -y los virus- han desarrollado mecanismos menos bárbaros pero tanto o más eficaces y mucho más estéticos.

En otro orden de cosas y con cierto paralelismo, en las últimas semanas, el virus nos ha fumigado con una eficiencia que no se puede casi combatir. Sigue pillando a la vez a las moscas cojoneras negacionistas que prueban en propia piel la evidencia irrefutable de los estragos mayoritariamente leves que causa la última versión o mutación del microbio. Fiebre, tos de perro y unas agujetas generalizadas que crujen la osamenta con un poder de contagio rudamente efectivo. Esto, caemos como moscas, sólo que la pandemia se ha vuelto más considerada o nosotros nos hemos curtido con las nuevas modalidades víricas.

En la larga, fea y pesada evolución, desde que nos confinaron por primera vez, nos hemos familiarizado con maneras insólitas de convivir con ello. Pero ahora las máximas autoridades sanitarias nos anuncian que a partir de abril, aunque el nombre no haga la cosa, se tratará a la covid como a una vulgar gripe. De príncipe de los virus mutantes formidable cambiando de uniforme pasará a la condición de estacional pasavolante pedigüeño sin el glamour que le confería la licencia para matar. ¡Que así sea! Quizás nos hemos dado cuenta de que la estrategia, además de las vacunas, reside en no hacerle caso. Despreciar y degradar para vencer. Atacar en el punto más endeble, al amor propio y en la autoestima que los virus deben poseer aunque sean infinitamente minúsculos. Reducirlo a la banalidad sin ningún tipo de consideración ni pesar.

Mientras el virus no pruebe del jarabe que se prescribe con esta nueva estrategia deberemos soportarlo como a un cansino sobrevenido más en nuestra convivencia. Un invitado sorpresa en la mesa que nos ha fastidiado las tertulias a la hora del café. Que ha fortificado los domicilios con celdas de reclusión, habitaciones como trincheras específicas de confinamiento para esquivar su artillería. ¡Qué presuntuoso, este tipo! Se abre paso como un sheriff corrupto y malcarado que ha alterado lo que llamábamos, antes del desastre, la normalidad.

Ocurre, sin embargo, que esta nueva normalidad no anda ni con ruedas. La sensación de impotencia ya no se apacigua desde los medios que se convierten en espejo de incertidumbre también política, que en cada colada perdemos demasiados calcetines y autoridad creíble. Intimidar -concienciar- a la población con tendencia a tirar al monte es más difícil porque todo el mundo está muy cansado. Un agotamiento que ya no da ni para aplaudir como hacíamos a las ocho en punto dedicado a los sanitarios. Seguramente ahora les tocaría también a los maestros, los grandes olvidados, mientras estos días se las tienen con ferocidad para gestionar y mantener abiertos los centros escolares convertidos en sucursales sanitarias donde se ha canjeado la pizarra por el test de antígenos.

La pregunta es cómo debe soportarse lo que conlleva contagiarse con las criaturas confinadas, las bajas laborales y el parón en seco de varios sectores. Un virus que ha matado impunemente sin indulgencia, que ha llegado a despeinar el rubio mandón de los ingleses, que ha cerrado comercios, que ha empobrecido más al mundo. Quizás la tendencia deberá ser ésta, degradarlo a sereno o como mucho a agente local para que patrulle sin tanta parafernalia ni alarde por las calles porque el gran espectáculo de la vida debe continuar.

En las intensas emociones vitales cotidianas hemos intercalado entre el café y el croissant -los puristas lo practican en ayunas- la de hurgarnos la nariz. Un momento íntimo que nos divide en negativos o positivos. En este sentido, os deseo la máxima negatividad o la recuperación sin complicaciones y lo más llevadera posible a pesar del confinamiento.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario