jueves, 13 de enero de 2022

Rebajas de temporada.

 

Empiezan las rebajas, las tradicionales de temporada que lo tienen más peliagudo por los inventos americanos recién adoptados y ya consolidados que les roban protagonismo mucho antes de las fiestas navideñas. Los viernes negros  se anticipan y preludian una pérdida de mercado a las de toda la vida que por lógica comercial se inician al día siguiente en que el pesebre pierde vigencia. Míticos aquellos empellones a codazos para cruzar los primeros la línea de salida en los grandes almacenes con equina actitud competitiva. Mayoritariamente señoras de mirada confundida entre montañas de ropa sin plegar en el paraíso anárquico del consumo oportunista. ¡Una ganga! ¿Quién no se deja tentar comprando duros a cuatro pesetas? Un ahorro macroeconómico en las finanzas domésticas sometido a la aritmética de la resta que imputamos, justificando el gasto, en la columna de los beneficios.

Fundidas las luces navideñas, regresamos a la modestia del cartel plano, sesgadamente dispuesto en los escaparates, para anunciar espartanamente las “rebajas” -hasta el 50%-. "Rebajamos el precio, no la calidad". Estrategias fomentando el consumo de lo que probablemente no necesitamos o ya tenemos, pero como la ocasión la pintan calva, yo ya me he comprado otra gorra más. Acabado el desenfreno de las fiestas, el consumo vuelve a reanimarse y nos hace un guiño elevando las expectativas. Una trampa, una última oportunidad para tener aquello, a veces, inútil pero a buen precio. Cuántas prendas o zapatos duermen en el rincón del olvido, abandonados, sólo redimidos por el arrebato del momento de adquirirlas. Cosas, objetos, trastos que a la larga reivindican su capacidad para convertirse en un estorbo.

Al contrario, el año nuevo se inicia con una serie de precios actualizados al alza. La luz, el gas y el combustible no participan de la estrategia de los grandes y pequeños establecimientos comerciales en estas fechas, al revés, si algo recortan no es el coste sino el nivel de vida tocado por las estratosféricas tarifas de estos servicios esenciales provocando la pobreza energética de algunas familias como una ola de frío siberiano que ataca las estufas de gas y las vulnerabilidades sociales de mal combatir durante los crudos inviernos. Cómo hace el dicho: el fastidiado, siempre el desharrapado. Poco dura la alegría –i la caloría- en la casa del pobre.

Capítulo especial merecen las rebajas de las rebajas. Entraríamos en la sección de oportunidades con los estantes llenos de bártulos diversos con artículos que no podemos cargarlos en el carrito de la compra pero que nos trajinan la vida en muchos sentidos. Mercancías y géneros imprescindibles que, como la bombona de gas butano, no todo el mundo puede adquirir. Servicios públicos esenciales que no deberían presidir las rebajas de invierno -ni de verano-. Aquellos que la pandemia nos ha hecho valorar egoístamente, oleada tras ola. La sanidad, la educación o un mínimo vital que garanticen y amansen las furias que nos asedian des de las madrigueras oscuras y en las esquinas de la existencia rebajando la ansiedad y las angustias. Ya sé que es pedir mucho. Como en el terreno amplio y a menudo baldío de la convivencia en mayúscula en todos los ámbitos, que no sufra los efectos de las rebajas, que no sea como un artículo obsoleto cada vez más llena de contenido interesado, como un adjetivo pérfido reiterado en exceso asociándolo de manera torpe a democrático. Supongo que por eso las oportunidades no podemos dejárnoslas arrebatar y debemos estar muy atentos a los ofrecimientos con engaño. ¡Que las rebajas, por golosas que sean, no nos tomen el pelo!

Recojo el suceso anecdótico que una vecina del pueblo ha sufrido estas fiestas navideñas. Con voluntad de visitar a la cuñada viuda en el pueblo de al lado se subió por error -atacada de cataratas como vive y pendiente aún de operar- a la oficina móvil de un banco que tiene parada periódica de vez en cuando creída que era el auto de línea. También le han recortado las sucursales bancarias donde mendigar, sino un crédito, una cálida pausa hospitalaria y de recogimiento en las opulentas oficinas ahora cerradas.

Mientras, nos ha tocado vivir las rebajas de las rebajas -y todavía rebajadas- de este período de reclusión y de confinamiento.

 

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