Empiezan
las rebajas, las tradicionales de temporada que lo tienen más peliagudo por los
inventos americanos recién adoptados y ya consolidados que les roban
protagonismo mucho antes de las fiestas navideñas. Los viernes
negros se anticipan y preludian una pérdida de mercado a las de
toda la vida que por lógica comercial se inician al día siguiente en que el
pesebre pierde vigencia. Míticos aquellos empellones a codazos para cruzar
los primeros la línea de salida en los grandes almacenes con equina actitud
competitiva. Mayoritariamente señoras de mirada confundida entre montañas
de ropa sin plegar en el paraíso anárquico del consumo oportunista. ¡Una
ganga! ¿Quién no se deja tentar comprando duros a cuatro pesetas? Un
ahorro macroeconómico en las finanzas domésticas sometido a la aritmética de la
resta que imputamos, justificando el gasto, en la columna de los beneficios.
Fundidas
las luces navideñas, regresamos a la modestia del cartel plano, sesgadamente dispuesto
en los escaparates, para anunciar espartanamente las “rebajas” -hasta el
50%-. "Rebajamos el precio, no la calidad". Estrategias
fomentando el consumo de lo que probablemente no necesitamos o ya tenemos, pero
como la ocasión la pintan calva, yo ya me he comprado otra gorra
más. Acabado el desenfreno de las fiestas, el consumo vuelve a reanimarse
y nos hace un guiño elevando las expectativas. Una trampa, una última
oportunidad para tener aquello, a veces, inútil pero a buen
precio. Cuántas prendas o zapatos duermen en el rincón del olvido,
abandonados, sólo redimidos por el arrebato del momento de
adquirirlas. Cosas, objetos, trastos que a la larga reivindican su
capacidad para convertirse en un estorbo.
Al
contrario, el año nuevo se inicia con una serie de precios actualizados al
alza. La luz, el gas y el combustible no participan de la estrategia de
los grandes y pequeños establecimientos comerciales en estas fechas, al revés,
si algo recortan no es el coste sino el nivel de vida tocado por las
estratosféricas tarifas de estos servicios esenciales provocando la pobreza
energética de algunas familias como una ola de frío siberiano que ataca las
estufas de gas y las vulnerabilidades sociales de mal combatir durante los
crudos inviernos. Cómo hace el dicho: el fastidiado, siempre el desharrapado.
Poco dura la alegría –i la caloría- en la casa del pobre.
Capítulo
especial merecen las rebajas de las rebajas. Entraríamos en la sección de
oportunidades con los estantes llenos de bártulos diversos con artículos que no
podemos cargarlos en el carrito de la compra pero que nos trajinan la vida en
muchos sentidos. Mercancías y géneros imprescindibles que, como la bombona
de gas butano, no todo el mundo puede adquirir. Servicios públicos
esenciales que no deberían presidir las rebajas de invierno -ni de
verano-. Aquellos que la pandemia nos ha hecho valorar egoístamente,
oleada tras ola. La sanidad, la educación o un mínimo vital que garanticen
y amansen las furias que nos asedian des de las madrigueras oscuras y en las
esquinas de la existencia rebajando la ansiedad y las angustias. Ya sé que
es pedir mucho. Como en el terreno amplio y a menudo baldío de la
convivencia en mayúscula en todos los ámbitos, que no sufra los efectos de las
rebajas, que no sea como un artículo obsoleto cada vez más llena de
contenido interesado, como un adjetivo pérfido reiterado en exceso asociándolo
de manera torpe a democrático. Supongo que por eso las oportunidades no
podemos dejárnoslas arrebatar y debemos estar muy atentos a los ofrecimientos
con engaño. ¡Que las rebajas, por golosas que sean, no nos tomen el pelo!
Recojo
el suceso anecdótico que una vecina del pueblo ha sufrido estas fiestas
navideñas. Con voluntad de visitar a la cuñada viuda en el pueblo de al
lado se subió por error -atacada de cataratas como vive y pendiente aún de
operar- a la oficina móvil de un banco que tiene parada periódica de vez en
cuando creída que era el auto de línea. También le han recortado las
sucursales bancarias donde mendigar, sino un crédito, una cálida pausa hospitalaria
y de recogimiento en las opulentas oficinas ahora cerradas.
Mientras,
nos ha tocado vivir las rebajas de las rebajas -y todavía rebajadas- de este
período de reclusión y de confinamiento.
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