viernes, 31 de diciembre de 2021

¡Feliz 2022!

 

Entramos en el casi redondo 2022, para perfeccionarlo cabalísticamente deberemos esperar al 2222 cuando levantaremos la copa cuadrando la caja o haciendo balance de ese tiempo que ya no puede volver -o no puede llegar-. Cómo pasan los años, amigos. Veloces, huidizos con el calendario desbocado al galope sin poder meditar demasiado bebiéndolos a tragos cortos a pesar de no paladear los instantes. Vivamos, pues, intensamente conscientes de este pequeño detalle, que los buenos momentos son únicos e irrepetibles, como confirma el tópico.

Por San Silvestre por la puerta o por la finestra –ventana-, decían los abuelos cuando tenían que cambiar de aparcería o de casa. Bien hallada sentencia que pone punto y aparte a los períodos temporales el día de fin de año, que expone este período de enero a diciembre en los tanatorios de los calendarios. Despedimos todavía de cuerpo presente el año que traspasará con doce campanadas a muerte que preludian al mismo tiempo el toque a bautizo por el nacimiento del nuevo año. ¡Viva el año! ¡Feliz año! ¡Mejor año! Siempre deseando algo mejor. Ya se sabe que los cadáveres recientes tienen la virtud de hacer aflorar las mejores virtudes enterrando las verrugas más feas ya que los velatorios se convierten en un ajuste de cuentas benévolo con el finado. Por eso, sólo quiero recordar de este 2021 lo que vale la pena. El santoral también nos lo pone fácil con los Santos Inocentes, un día para lavar la cara a los años viejos y feos. Algunos son excesivamente generosos en inocentadas de mal gusto y peor soportar. 

Y como no podemos detener los relojes, este momento de despedida y de celebración por el recién nacido se condensa en doce uvas como doce campanadas mientras tragamos los obstáculos, la soledad y la tristeza –todo aquello para archivar en los documentos históricos- para que no se repitan compartiéndolo con quien nos apoya. ¡Feliz año! con la banda sonora del tintineo alborozado de copas de cava. ¡Mejor año! Debería de haber un manual de procedimiento para un momento tan importante concentrados en no descontarnos. A uva por campanada sin contar los cuartos. Hay que estar sincronizados con el reloj del campanario o con los sartenazos festivos –no reivindicativos- del anfitrión disfrazado de cocinero que está por las tradiciones más analógicas en evolución desde los relojes de sol cuando medir los tramos del día se hacía a cuartas y los segundos todavía no se habían inventado.

Como formular un deseo por campanada es casi imposible estoy por agrupar los granos de uva en tres series o bloques. Salud, dinero y amor a tercios dividiendo la docena y así no me olvidaré de ninguno. El orden con el que se haga la demanda es, evidentemente, aleatorio. Cada uno que alinee los bloques y la cadencia de los cuatro granos correspondientes por cómo le parezca o le apetezca. Yo aconsejo dejar lo que más nos importe para el final en un crescendo que intensifique nuestros afanes. Los de mi generación acostumbramos a poner la salud en el punto álgido de esta liturgia, algo cuestionable ya que el amor también es un combustible esencial para la vida sin olvidarnos de quien se concentra en la oportunidad laboral o en la hipoteca. Feliz año sea cual sea la preferencia que decidáis, lo mismo da si vais mezclando los granos de un bloque con los de otro. Así procederemos mientras no nos atragantemos con las pepitas -que también nos las hemos de tragar- con la fe de los inocentes en el tió y en otros seres de esplendidez mágica sin plazos o con una garantía mínima de un año.

¡Que así sea, mejor año!

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