Entramos
en el casi redondo 2022, para perfeccionarlo cabalísticamente deberemos esperar
al 2222 cuando levantaremos la copa cuadrando la caja o haciendo balance de ese
tiempo que ya no puede volver -o no puede llegar-. Cómo pasan los años,
amigos. Veloces, huidizos con el calendario desbocado al galope sin poder
meditar demasiado bebiéndolos a tragos cortos a pesar de no paladear los
instantes. Vivamos, pues, intensamente conscientes de este pequeño
detalle, que los buenos momentos son únicos e irrepetibles, como confirma el
tópico.
Por
San Silvestre por la puerta o por la finestra
–ventana-, decían los abuelos cuando tenían que cambiar de aparcería o de
casa. Bien hallada sentencia que pone punto y aparte a los períodos
temporales el día de fin de año, que expone este período de enero a diciembre
en los tanatorios de los calendarios. Despedimos todavía de cuerpo
presente el año que traspasará con doce campanadas a muerte que preludian al
mismo tiempo el toque a bautizo por el nacimiento del nuevo año. ¡Viva el
año! ¡Feliz año! ¡Mejor año! Siempre deseando algo
mejor. Ya se sabe que los cadáveres recientes tienen la virtud de hacer aflorar
las mejores virtudes enterrando las verrugas más feas ya que los velatorios se
convierten en un ajuste de cuentas benévolo con el finado. Por eso, sólo
quiero recordar de este 2021 lo que vale la pena. El santoral también nos
lo pone fácil con los Santos Inocentes, un día para lavar la cara a los
años viejos y feos. Algunos son excesivamente generosos en inocentadas de
mal gusto y peor soportar.
Y
como no podemos detener los relojes, este momento de despedida y de celebración
por el recién nacido se condensa en doce uvas como doce campanadas mientras
tragamos los obstáculos, la soledad y la tristeza –todo aquello para archivar
en los documentos históricos- para que no se repitan compartiéndolo con quien
nos apoya. ¡Feliz año! con la banda sonora del tintineo alborozado de
copas de cava. ¡Mejor año! Debería de haber un manual de
procedimiento para un momento tan importante concentrados en no
descontarnos. A uva por campanada sin contar los cuartos. Hay que estar
sincronizados con el reloj del campanario o con los sartenazos festivos –no
reivindicativos- del anfitrión disfrazado de cocinero que está por las
tradiciones más analógicas en evolución desde los relojes de sol cuando medir
los tramos del día se hacía a cuartas y los segundos todavía no se habían
inventado.
Como
formular un deseo por campanada es casi imposible estoy por agrupar los granos
de uva en tres series o bloques. Salud, dinero y amor a tercios dividiendo
la docena y así no me olvidaré de ninguno. El orden con el que se haga la
demanda es, evidentemente, aleatorio. Cada uno que alinee los bloques y la
cadencia de los cuatro granos correspondientes por cómo le parezca o le
apetezca. Yo aconsejo dejar lo que más nos importe para el final en un
crescendo que intensifique nuestros afanes. Los de mi generación
acostumbramos a poner la salud en el punto álgido de esta liturgia, algo
cuestionable ya que el amor también es un combustible esencial para la vida sin
olvidarnos de quien se concentra en la oportunidad laboral o en la
hipoteca. Feliz año sea cual sea la preferencia que decidáis, lo mismo da
si vais mezclando los granos de un bloque con los de otro. Así procederemos
mientras no nos atragantemos con las pepitas -que también nos las hemos de
tragar- con la fe de los inocentes en el tió
y en otros seres de esplendidez mágica sin plazos o con una garantía mínima de
un año.
¡Que
así sea, mejor año!
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