Seamos considerados
con los huesos de Emilio Castelar, uno de los oradores más insignes del
panorama político español, por cómo deben sufrir ataques de artrosis severos si
les llega el eco de las conmociones y de los chirridos que han de inmortalizar los taquígrafos y
estenotipistas de Las Cortes Generales actuales. ¿Cuántos políticos de
ahora convocan a un auditorio en virtud de su discurso al margen de los
legítimos intereses puramente políticos que representan? La metáfora
política, por lo general, es vulgar y de una sutilidad plana. Excluyo, por
razones evidentes, la arenga y los manuales de estilo de los mítines, un género
de paso y con un vuelo gramatical migratorio como de golondrina recurrente, de
convocatoria electoral a convocatoria electoral, aunque hay quien vive bien
instalado en ello de forma permanente y confortable.
No me referiré al
instante coloquial de cuando el vecino de escaño le susurra, al oído de un
colega -¡Un pitillito, Don Cosme! -y
ambos desertan del hemiciclo para ir al rincón de fumar -no al de pensar- y
poder lamentarse sin tapujos de lo duro que es mantener los ojos abiertos, que
no las orejas, al discurso previsible del orador de turno. Cargante. Vendría
a cuento de expresiones emitidas en sede institucional como la reciente “qué
coño debe pasar” quizá emulando aquél “a la mierda”, el manifiesto legendario
de Labordeta -en el cielo esté-. Este coño parece más
propio de una sintaxis de la gramática parda parlamentaria. Como
bilingüe privilegiado me atrevo a decir que la demanda en sede parlamentaria
catalana habría sido "qué collons
debe pasar". El matiz de género también debe ser
significativo. Añadiría que este coño contundente retumbó
impregnado de cierta testosterona al estilo Putin cerrando el grifo del gas
ruso. Cosas del parlamentarismo con boina. Me olvido de aquel otro “coño”
con mostacho y tricornio que no constaba en la orden del día.
Formalmente, hablando
de morfosintaxis política, ya se habrá deducido que me inclino por aquellos que
habitan más los espacios de fumar que los de escuchar embobado por la oratoria
exquisita de los discursos. Puedo disculparlo y ser del todo comprensivo,
que me solidarizo con ellos, si es necesario. Pero me vuelvo más tiquismiquis,
cuando hablamos de contenidos con medias verdades o directamente de mentiras
interesadas. Hay anuncios hirientes de políticos con voluntad de hacer
daño que, espero, la audiencia sepa sortear en este lecho sucio de gato marrullero
que algunos fomentan sin cuestionarlos, todo lo contrario. Llamadme
ingenuo si todavía creo en el criterio de las personas para distinguir el grano
de la paja dado que el volumen de la crispación no lo encontramos
mayoritariamente en la sociedad con o sin mascarilla. Yo directamente me
decanto por aplicar, ante ciertas actitudes, el manifiesto del cantautor
aragonés.
Aprovecho con la
mascarilla sacada, ahora que el volcán se apaga y el virus resucita -una vez
más muy cabreado y virulento-, para desearos unas felices fiestas, un buen
solsticio de invierno o una feliz Navidad -a elegir-. Seamos acogedores y
halagüeños. Tanto que os ruego que les permitáis ir, a los invitados, al
cuarto de baño sea la lengua que sea con la que os lo supliquen cuando el cava
ha hervido, el discurso se ha envenenado de crucero por el riñón y la vejiga
levanta el dedo. Que no tengamos que mear en la jardinera del
rellano. Pues si algo debe salpicarnos, que sean l’escudella, la carn d’olla y el espíritu navideño.
¡Sed felices!
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