jueves, 30 de diciembre de 2021

Gatos marrulleros.

 

Seamos considerados con los huesos de Emilio Castelar, uno de los oradores más insignes del panorama político español, por cómo deben sufrir ataques de artrosis severos si les llega el eco de las conmociones y de los chirridos que han de inmortalizar los taquígrafos y estenotipistas de Las Cortes Generales actuales. ¿Cuántos políticos de ahora convocan a un auditorio en virtud de su discurso al margen de los legítimos intereses puramente políticos que representan? La metáfora política, por lo general, es vulgar y de una sutilidad plana. Excluyo, por razones evidentes, la arenga y los manuales de estilo de los mítines, un género de paso y con un vuelo gramatical migratorio como de golondrina recurrente, de convocatoria electoral a convocatoria electoral, aunque hay quien vive bien instalado en ello de forma permanente y confortable.

No me referiré al instante coloquial de cuando el vecino de escaño le susurra, al oído de un colega -¡Un pitillito, Don Cosme! -y ambos desertan del hemiciclo para ir al rincón de fumar -no al de pensar- y poder lamentarse sin tapujos de lo duro que es mantener los ojos abiertos, que no las orejas, al discurso previsible del orador de turno. Cargante. Vendría a cuento de expresiones emitidas en sede institucional como la reciente “qué coño debe pasar” quizá emulando aquél “a la mierda”, el manifiesto legendario de Labordeta -en el cielo esté-. Este coño parece más propio de una sintaxis de la gramática parda parlamentaria. Como bilingüe privilegiado me atrevo a decir que la demanda en sede parlamentaria catalana habría sido "qué collons debe pasar". El matiz de género también debe ser significativo. Añadiría que este coño contundente retumbó impregnado de cierta testosterona al estilo Putin cerrando el grifo del gas ruso. Cosas del parlamentarismo con boina. Me olvido de aquel otro “coño” con mostacho y tricornio que no constaba en la orden del día.

Formalmente, hablando de morfosintaxis política, ya se habrá deducido que me inclino por aquellos que habitan más los espacios de fumar que los de escuchar embobado por la oratoria exquisita de los discursos. Puedo disculparlo y ser del todo comprensivo, que me solidarizo con ellos, si es necesario. Pero me vuelvo más tiquismiquis, cuando hablamos de contenidos con medias verdades o directamente de mentiras interesadas. Hay anuncios hirientes de políticos con voluntad de hacer daño que, espero, la audiencia sepa sortear en este lecho sucio de gato marrullero que algunos fomentan sin cuestionarlos, todo lo contrario. Llamadme ingenuo si todavía creo en el criterio de las personas para distinguir el grano de la paja dado que el volumen de la crispación no lo encontramos mayoritariamente en la sociedad con o sin mascarilla. Yo directamente me decanto por aplicar, ante ciertas actitudes, el manifiesto del cantautor aragonés.

Aprovecho con la mascarilla sacada, ahora que el volcán se apaga y el virus resucita -una vez más muy cabreado y virulento-, para desearos unas felices fiestas, un buen solsticio de invierno o una feliz Navidad -a elegir-. Seamos acogedores y halagüeños. Tanto que os ruego que les permitáis ir, a los invitados, al cuarto de baño sea la lengua que sea con la que os lo supliquen cuando el cava ha hervido, el discurso se ha envenenado de crucero por el riñón y la vejiga levanta el dedo. Que no tengamos que mear en la jardinera del rellano. Pues si algo debe salpicarnos, que sean l’escudella, la carn d’olla y el espíritu navideño.

¡Sed felices!

 

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