lunes, 25 de abril de 2022

Un Sant Jordi especial.

 

Al menos, diferente. De recuperación por un lado, cuando la calle quiere volver a ser conquistada por las rosas y los libros. Qué gran pareja, una flor y un universo de ensueño juntos. Poesía de rambla y de plaza mayor destilada en un día muy propio y excepcional que define una forma de compartir sentimientos, deseos e ideas. De la mano de un mediador -noble profesión de rabiosa actualidad- pero en positivo a quien sólo le interesa negociar la ternura o, directamente, el afecto y el amor sublime depositado en la primera rosa. 

Se ha reeditado la normalidad, pese a las granizadas y a los escasos atisbos soleados que aportan un decorado cercano al suspense o de thriller meteorológico; hoy miramos el cielo con emoción y con cierto misterio para conocer quién habrá vendido más. El sol y el agua alternándose para aplacar la verdura espinosa de las rosas o empapando la celulosa de los libros y de las dedicatorias personalizadas, no así las quimeras de autor primerizo o inédito. Buen Sant Jordi a pesar de todo. Una edición más.

Como decía, un Sant Jordi muy especial porque por razones de la particular burocracia vital yo lo he iniciado saliendo de una clínica, que es ya una buena noticia. Digamos que mi best seller de este último medio año ha sido la obscena enciclopedia de una radiografía progresiva de la rótula. La trama poética de este género la dedico agradecido a mi traumatólogo por su experiencia y bonhomía, como un ramo de rosas bien ufanas.

Los centros sanitarios, nada glamurosos, son un universo paralelo donde emociona aún más que te deseen un buen día. Así fue. Un buen Sant Jordi impreso con una rosa color sangre con suturas como espinas incluida en la bandeja del breve desayuno ha compensado el menú hospitalario de comida rápida e insípida para diabéticos. Un gran detalle de agradecer al servicio de cocina de la clínica. Averiguaré si existe alguna publicación al respecto, en qué centro hospitalario las comidas no son una peripecia de la gastronomía entendida con contundencia. Pero me temo que el menú para la diversidad de los convalecientes que acogen no soporta sumilleres quisquillosos ni jefes de sala que no sean los médicos especialistas inspirando cartas inquietantes y sin sal. He estado tentado de hacer cola y pedir, la chatarra extraída al margen, una firma -a modo de receta- con dedicatoria.

Este año, pues, no he podido ramblear buscando libros. En cuanto a las rosas, he establecido una alianza estratégica y lo he delegado, ya me disculparán si algunas han sido virtuales. Me gusta deambular por las paradas indagando entre ejemplares que te hacen un guiño, libros que te buscan a ti, como quien caza setas por primavera. Rehúyo las colas multitudinarias por precaución y porque las dedicatorias algo automáticas desde el anonimato como un mendigo de celebridades tampoco acostumbran en esencia a mejorar la calidad del texto. Ha sido, ciertamente, un Sant Jordi diferente, peculiar.

Sin embargo, si los médicos especialistas dictan las cartas o, al menos, enjuician, yo propondría que en las próximas ediciones de esta fiesta de la literatura, la erudición, el conocimiento y la divulgación en todos los sentidos de las más inverosímiles disciplinas que podamos imaginar impresas, los protagonistas aludidos les apoyaran en una especie de solidaridad avalando o contradiciendo lo que las plumas de los autores escriben en sus obras.

Me temo que en esa tormenta global que vivimos los meteorólogos expertos gozarían de mucho predicamento. Hago a Putin puntualizando, poniendo en su sitio a los ignorantes tozudos contra la exquisita operación militar especial que devasta Ucrania, una vez que el autor con casco cobijándole la testa del granizo ya les ha dedicado el ejemplar. Imagino a una pareja de informáticos sesudos protegiendo a un abogado implicado mientras ponen a punto nuestros móviles, como quien cambia el aceite del coche, para garantizarnos que las radiografías de nuestra rodilla no sobrepasan el ámbito de la intimidad; unos ángeles custodios -con una careta veneciana especial para la edición garantizando el anonimato- certificando que ellos no han sido a la vez que se comprometen a sugerir a quien corresponda a traducir al catalán la aplicación para hacerla más entendedora. Encontraremos también a los políticos mediáticos con una cohorte de profetas y de videntes garantizando sus promesas. La sección rosa, la ración de chismorreo aliada con las revistas del corazón, debería contar con un meteorólogo satinado y, excepcionalmente, con el monarca emérito dispuesto a rectificar o a pedir perdón otra vez aprovechando la ocasión para regresar por la diada de Sant Jordi.

Más difícil lo tienen quienes se dedican y viven exclusivamente de la metáfora. ¿Quién puede avalar sus fabulaciones? Todo caso algún iluminado zopenco o un alocado iluso sin predicamento vestidos estridentemente para la ocasión mientras levitan junto al escritor.

Así fue esta edición. Especial y tormentosa, con algo de papel mojado para los editores.

 

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