Al
menos, diferente. De recuperación por un lado, cuando la calle quiere
volver a ser conquistada por las rosas y los libros. Qué gran pareja, una
flor y un universo de ensueño juntos. Poesía de rambla y de plaza mayor
destilada en un día muy propio y excepcional que define una forma de compartir
sentimientos, deseos e ideas. De la mano de un mediador -noble profesión
de rabiosa actualidad- pero en positivo a quien sólo le interesa negociar la ternura
o, directamente, el afecto y el amor sublime depositado en la primera rosa.
Se
ha reeditado la normalidad, pese a las granizadas y a los escasos atisbos soleados
que aportan un decorado cercano al suspense o de thriller meteorológico; hoy
miramos el cielo con emoción y con cierto misterio para conocer quién habrá
vendido más. El sol y el agua alternándose para aplacar la verdura
espinosa de las rosas o empapando la celulosa de los libros y de las
dedicatorias personalizadas, no así las quimeras de autor primerizo o
inédito. Buen Sant Jordi a pesar de todo. Una edición más.
Como
decía, un Sant Jordi muy especial porque por razones de la particular
burocracia vital yo lo he iniciado saliendo de una clínica, que es ya una buena
noticia. Digamos que mi best seller de este último medio
año ha sido la obscena enciclopedia de una radiografía progresiva de la
rótula. La trama poética de este género la dedico agradecido a mi
traumatólogo por su experiencia y bonhomía, como un ramo de rosas bien ufanas.
Los
centros sanitarios, nada glamurosos, son un universo paralelo donde emociona
aún más que te deseen un buen día. Así fue. Un buen Sant Jordi
impreso con una rosa color sangre con suturas como espinas incluida en la
bandeja del breve desayuno ha compensado el menú hospitalario de comida rápida
e insípida para diabéticos. Un gran detalle de agradecer al servicio de
cocina de la clínica. Averiguaré si existe alguna publicación al respecto,
en qué centro hospitalario las comidas no son una peripecia de la gastronomía
entendida con contundencia. Pero me temo que el menú para la diversidad de
los convalecientes que acogen no soporta sumilleres quisquillosos ni jefes de
sala que no sean los médicos especialistas inspirando cartas inquietantes y sin
sal. He estado tentado de hacer cola y pedir, la chatarra extraída al
margen, una firma -a modo de receta- con dedicatoria.
Este
año, pues, no he podido ramblear buscando libros. En cuanto a las rosas,
he establecido una alianza estratégica y lo he delegado, ya me disculparán si
algunas han sido virtuales. Me gusta deambular por las paradas indagando entre
ejemplares que te hacen un guiño, libros que te buscan a ti, como quien caza
setas por primavera. Rehúyo las colas multitudinarias por precaución y
porque las dedicatorias algo automáticas desde el anonimato como un mendigo de
celebridades tampoco acostumbran en esencia a mejorar la calidad del
texto. Ha sido, ciertamente, un Sant Jordi diferente, peculiar.
Sin
embargo, si los médicos especialistas dictan las cartas o, al menos, enjuician,
yo propondría que en las próximas ediciones de esta fiesta de la literatura, la
erudición, el conocimiento y la divulgación en todos los sentidos de las más
inverosímiles disciplinas que podamos imaginar impresas, los protagonistas
aludidos les apoyaran en una especie de solidaridad avalando o contradiciendo
lo que las plumas de los autores escriben en sus obras.
Me
temo que en esa tormenta global que vivimos los meteorólogos expertos gozarían
de mucho predicamento. Hago a Putin puntualizando, poniendo en su sitio a los
ignorantes tozudos contra la exquisita operación militar especial que devasta
Ucrania, una vez que el autor con casco cobijándole la testa del granizo ya les
ha dedicado el ejemplar. Imagino a una pareja de informáticos sesudos
protegiendo a un abogado implicado mientras ponen a punto nuestros móviles,
como quien cambia el aceite del coche, para garantizarnos que las radiografías
de nuestra rodilla no sobrepasan el ámbito de la intimidad; unos ángeles
custodios -con una careta veneciana especial para la edición garantizando el
anonimato- certificando que ellos no han sido a la vez que se comprometen a
sugerir a quien corresponda a traducir al catalán la
aplicación para hacerla más entendedora. Encontraremos también a los
políticos mediáticos con una cohorte de profetas y de videntes garantizando sus
promesas. La sección rosa, la ración de chismorreo aliada con las revistas
del corazón, debería contar con un meteorólogo satinado y, excepcionalmente,
con el monarca emérito dispuesto a rectificar o a pedir perdón otra vez
aprovechando la ocasión para regresar por la diada de Sant Jordi.
Más
difícil lo tienen quienes se dedican y viven exclusivamente de la
metáfora. ¿Quién puede avalar sus fabulaciones? Todo caso algún
iluminado zopenco o un alocado iluso sin predicamento vestidos estridentemente
para la ocasión mientras levitan junto al escritor.
Así
fue esta edición. Especial y tormentosa, con algo de papel mojado para los
editores.
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