miércoles, 25 de mayo de 2022

Bochorno insòlito.

 

Calor, sofoco récord en el mes de mayo con temperaturas disparadas que funden las ganas de salir a la calle, se impone un confinamiento obligatorio de siesta. Aplomado el sol chamusca las gorras y las ideas en una canícula anticipada que debe resolverse con bajadas significativas de hoy para mañana. La meteorología prevé ahora tormentas fuertes y nieve en la montaña. El tiempo se habría vuelto loco si no fuera porque nos la devuelve, la forma en que hemos tratado la tierra, el aire y el agua espolea el fuego abrasador. ¿Será verdad que el cambio climático es algo que no se puede rebatir y difícilmente enderezar?

La revolución energética necesaria se concreta en grandes discursos y propuestas que no van más allá de las buenas intenciones. Lo tenemos perjudicado en una realidad que impone conceptos de escaparate -por ahora- bajo pancartas bien vistosas que anuncian un nuevo mercado ecológico en un ámbito sostenible de kilómetro cero. Así recalifican la realidad perversa que nos ha llevado a este punto de no retorno para tranquilizar conciencias. Hemos montado una dinámica consumista cuyos mecanismos parecen irreversibles. Dar marcha atrás acostumbrados al derroche diverso es un sacrificio personal con graves consecuencias laborales y sociales tal y como lo tenemos fabricado. Producir más, gastar más, explotar los recursos hasta el agotamiento. ¿Dejaremos aparcado el vehículo híbrido que compramos para apaciguar la aparente culpabilidad? ¿Y cuando lo cambiemos por uno eléctrico seremos conscientes del coste medioambiental que comporta producirlo y de los residuos descomunales de las baterías que generaremos cuando éstas nos dejen en la estacada?

La afable contaminación se sienta en la mesa y nos corteja con una voracidad caníbal. Me atrevería a decir que ya se nos está zampando. ¿Cuál será el mañana después de este despilfarro? ¿Otra civilización en la ultra atmósfera, como marciana, con naves privadas al alcance sólo de aventureros multimillonarios supersónicos? Si puedo verlo, no figuraré entre los marineros interestelares, en todo caso me siento un poco culpable -por la parte que me toca- por dejar una herencia tan envenenada. Los de nuestra generación hemos asistido al privilegio de estas décadas desbocadas sin reparar en el coste. ¿Qué mundo dejaremos en usufructo?

En este callejón sin salida dónde estamos instalados flotan propuestas urbanas restrictivas -globo sonda- a favor de imponer tasas a la circulación de vehículos en la ciudad de Barcelona independientemente de ser residente o no. Todo el que queme neumático en el asfalto condal pagará como mortal. Los de pueblo ya están rumiando cómo reciclar los peajes suprimidos con intenciones más modestas pero igual de nobles. Con la eficiente red de cercanías que disponemos no parecería una medida que pueda implantarse mañana mismo. Los sesudos urbanistas en materia de movilidad deberían resolver antes pequeños efectos colaterales. Me pregunto también cuál es el beneficio -y cómo revierte directamente en los sufridos barcelonautas- que nos aportan los cruceros que pastan en las marismas portuarias. Algunos estudios confirman que las emisiones diversas de estos monstruos de los mares superan a las producidas por el total de vehículos que circulan.

Recuerdo aquellos meses cuando nos encerraron en casa, recluidos, sin aviones jugando al tres en raya en el cielo, sin las sirenas de los barcos turísticos de madrugada. Cuando la naturaleza volvió a reclamar -en la revuelta de los elementos y de algunas criaturas- los dominios expropiados o dañados por la tremenda actividad humana que ha usurpado torpemente sus feudos. Subsistíamos en un punto inédito para la civilización en el que vimos crecer margaritas en el asfalto.

 

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