Calor,
sofoco récord en el mes de mayo con temperaturas disparadas que funden las
ganas de salir a la calle, se impone un confinamiento obligatorio de siesta. Aplomado
el sol chamusca las gorras y las ideas en una canícula anticipada que debe
resolverse con bajadas significativas de hoy para mañana. La meteorología
prevé ahora tormentas fuertes y nieve en la montaña. El tiempo se habría
vuelto loco si no fuera porque nos la devuelve, la forma en que hemos tratado
la tierra, el aire y el agua espolea el fuego abrasador. ¿Será verdad que
el cambio climático es algo que no se puede rebatir y difícilmente enderezar?
La
revolución energética necesaria se concreta en grandes discursos y propuestas
que no van más allá de las buenas intenciones. Lo tenemos perjudicado en
una realidad que impone conceptos de escaparate -por ahora- bajo pancartas bien
vistosas que anuncian un nuevo mercado ecológico en un
ámbito sostenible de kilómetro cero. Así
recalifican la realidad perversa que nos ha llevado a este punto de no retorno
para tranquilizar conciencias. Hemos montado una dinámica consumista cuyos
mecanismos parecen irreversibles. Dar marcha atrás acostumbrados al
derroche diverso es un sacrificio personal con graves consecuencias laborales y
sociales tal y como lo tenemos fabricado. Producir más, gastar más,
explotar los recursos hasta el agotamiento. ¿Dejaremos aparcado el
vehículo híbrido que compramos para apaciguar la aparente culpabilidad? ¿Y
cuando lo cambiemos por uno eléctrico seremos conscientes del coste
medioambiental que comporta producirlo y de los residuos descomunales de las
baterías que generaremos cuando éstas nos dejen en la estacada?
La
afable contaminación se sienta en la mesa y nos corteja con una voracidad
caníbal. Me atrevería a decir que ya se nos está zampando. ¿Cuál será
el mañana después de este despilfarro? ¿Otra civilización en la ultra atmósfera,
como marciana, con naves privadas al alcance sólo de aventureros multimillonarios
supersónicos? Si puedo verlo, no figuraré entre los marineros interestelares,
en todo caso me siento un poco culpable -por la parte que me toca- por dejar
una herencia tan envenenada. Los de nuestra generación hemos asistido al
privilegio de estas décadas desbocadas sin reparar en el coste. ¿Qué mundo
dejaremos en usufructo?
En
este callejón sin salida dónde estamos instalados flotan propuestas urbanas
restrictivas -globo sonda- a favor de imponer tasas a la circulación de
vehículos en la ciudad de Barcelona independientemente de ser residente o
no. Todo el que queme neumático en el asfalto condal pagará como
mortal. Los de pueblo ya están rumiando cómo reciclar los peajes
suprimidos con intenciones más modestas pero igual de nobles. Con la
eficiente red de cercanías que disponemos no parecería una medida que pueda
implantarse mañana mismo. Los sesudos urbanistas en materia de movilidad
deberían resolver antes pequeños efectos colaterales. Me pregunto también
cuál es el beneficio -y cómo revierte directamente en los sufridos barcelonautas-
que nos aportan los cruceros que pastan en las marismas portuarias. Algunos
estudios confirman que las emisiones diversas de estos monstruos de los mares
superan a las producidas por el total de vehículos que circulan.
Recuerdo
aquellos meses cuando nos encerraron en casa, recluidos, sin aviones jugando al
tres en raya en el cielo, sin las sirenas de los barcos turísticos de
madrugada. Cuando la naturaleza volvió a reclamar -en la revuelta de
los elementos y de algunas criaturas- los dominios expropiados o dañados por la
tremenda actividad humana que ha usurpado torpemente sus feudos. Subsistíamos
en un punto inédito para la civilización en el que vimos crecer margaritas en
el asfalto.
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