Las
ocho pasadas de la tarde. Camino por una avenida de la ciudad buscando la
parada de autobús, una elección que responde al privilegio relativo de
disfrutar del paisaje urbano sin la sensación claustrofóbica que provoca el
metro, de topo subterráneo acostumbrado a horadar el subsuelo a ciegas. A
viajar, aunque recluido y de pie, por la epidermis urbana asfaltada en un bus le
encuentro algo de suntuosidad que dignifica los desplazamientos en transporte
público mientras socializa y magnifica las diversas percepciones a las que te
expones. Toda una aventura sensual que también se puede buscar en el metro
pero sin la perspectiva y los decorados que se proyectan en las ventanas
mientras te trasladas.
La
explosión de los sentidos -por la mencionada socialización comprimida- es magnífica
y se renueva parada a parada. Perfumes, intensas esencias humanas,
conversaciones indiscretas, trajes excitantes y, en estas fechas, una magnífica
muestra bronceada de sugerentes epidermis con pancartas tatuadas fantásticas de
publicidad estática variada. Sentarse en un asiento individual debería
comportar un plus que no pasara por peajes circunstanciales -embarazados con muletas-
o los damnificados con achaques más permanentes -los acometidos por la arruga
invalidante con el centro de gravedad desplazado-. Dejo al margen las
consideraciones y las cortesías solidarias de quien no cede el asiento
practicando la indiferencia mientras se zambulle en las redes sociales acosado
por los auriculares, la gorra y las gafas de sol.
Buscando
la parada del bus observo cómo el sol va sesgándose y juega pintoresco con las
sombras del urbanismo disciplinado entre los plátanos centenarios irradiando un
juego de sombras en las aceras. Una tarde sosegada. Localizo la
parada, espero que llegue el bus. Nos vamos reuniendo unas cuantas
personas que mayoritariamente consultan el teléfono por hacer
tiempo. Algunos despliegan los mapas abreviados mientras arrastran una
maleta utilitaria. Qué leyes deben regular los encuentros en una parada de
autobús o en una estación de metro. Quiero presuponer que la confluencia
astral o el destino fijan anticipadamente el curso de los acontecimientos convirtiéndonos
en casuales encontradizos para coincidir un momento que excepcionalmente puede
resultar significativo.
El
autobús se acerca perezoso mientras llega a la parada y se detiene. Entre
los que nos disponemos a subir hay un grupo de cuatro personas, una chica y
tres chicos jóvenes, con aspecto de estudiantes o de turistas con maleta y un
plano arrugado de la ciudad. Demuestran modos exquisitos a la hora de
cederme el paso, se hacen un lío que yo atribuyo a la condición de pasavolantes
educados. Preguntan al conductor si pueden pagar el billete en
metálico. Algo que no es posible. Descienden y dejan de entorpecer en
la plataforma de acceso. Ya puedo validar el billete. ¡Clic! Afortunadamente
consigo sentarme.
Para
redondear la placidez de la tarde busco instintivamente en el bolso de mano el
móvil. ¿Dónde lo habré dejado? Con las prisas por colocarme la
mascarilla y buscar el billete lo debo haber puesto en algún otro sitio no
habitual de la bolsa. Transcurren dos paradas para tener la certeza
absoluta de que no está. Lo compruebo una vez más. La primera impresión
es que se me habrá caído en la acera, bajo y vuelvo a pie al punto donde he
subido al bus. Evidentemente no lo recupero, lo habría visto y oído
caer. Transcurre un rato para desvanecer la duda y confirmar con toda la
seguridad que el móvil se ha fundido, ha volado.
¡Me
han sustraído, hurtado, robado o jodido el móvil! Yo debo de haber sido
cómplice también por torpe y desprevenido. También me han sustraído un
poco de la confianza plácida con la que me movía por la ciudad. Ahora, por
todas partes tropiezo con presuntos rateros. Estos con los que he topado
-me lo barrunto yo- deben cursar un programa Erasmus o ser unos excelentes
estudiantes en prácticas de un máster para carteristas.
Me
reservo para la intimidad las burocracias posteriores y la cara de pardillo con
la que me ha acogido el espejo del recibidor cuando he abierto la puerta de
casa. Me entero de que en la bolsa de los móviles robados la presa abatida
cotiza a 10€ descontados los impuestos y las retenciones que se aplican en una
transacción comercial de este tipo. No me da vergüenza confesar que, de
haber vuelto a coincidir con ellos, les habría propuesto recomprar mi móvil por
20€ -y en negro, ¡libre de tasas!-.
¡Buena
verbena!
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