viernes, 24 de junio de 2022

Màster para carteristas.

 

Las ocho pasadas de la tarde. Camino por una avenida de la ciudad buscando la parada de autobús, una elección que responde al privilegio relativo de disfrutar del paisaje urbano sin la sensación claustrofóbica que provoca el metro, de topo subterráneo acostumbrado a horadar el subsuelo a ciegas. A viajar, aunque recluido y de pie, por la epidermis urbana asfaltada en un bus le encuentro algo de suntuosidad que dignifica los desplazamientos en transporte público mientras socializa y magnifica las diversas percepciones a las que te expones. Toda una aventura sensual que también se puede buscar en el metro pero sin la perspectiva y los decorados que se proyectan en las ventanas mientras te trasladas.

La explosión de los sentidos -por la mencionada socialización comprimida- es magnífica y se renueva parada a parada. Perfumes, intensas esencias humanas, conversaciones indiscretas, trajes excitantes y, en estas fechas, una magnífica muestra bronceada de sugerentes epidermis con pancartas tatuadas fantásticas de publicidad estática variada. Sentarse en un asiento individual debería comportar un plus que no pasara por peajes circunstanciales -embarazados con muletas- o los damnificados con achaques más permanentes -los acometidos por la arruga invalidante con el centro de gravedad desplazado-. Dejo al margen las consideraciones y las cortesías solidarias de quien no cede el asiento practicando la indiferencia mientras se zambulle en las redes sociales acosado por los auriculares, la gorra y las gafas de sol.

Buscando la parada del bus observo cómo el sol va sesgándose y juega pintoresco con las sombras del urbanismo disciplinado entre los plátanos centenarios irradiando un juego de sombras en las aceras. Una tarde sosegada. Localizo la parada, espero que llegue el bus. Nos vamos reuniendo unas cuantas personas que mayoritariamente consultan el teléfono por hacer tiempo. Algunos despliegan los mapas abreviados mientras arrastran una maleta utilitaria. Qué leyes deben regular los encuentros en una parada de autobús o en una estación de metro. Quiero presuponer que la confluencia astral o el destino fijan anticipadamente el curso de los acontecimientos convirtiéndonos en casuales encontradizos para coincidir un momento que excepcionalmente puede resultar significativo.

El autobús se acerca perezoso mientras llega a la parada y se detiene. Entre los que nos disponemos a subir hay un grupo de cuatro personas, una chica y tres chicos jóvenes, con aspecto de estudiantes o de turistas con maleta y un plano arrugado de la ciudad. Demuestran modos exquisitos a la hora de cederme el paso, se hacen un lío que yo atribuyo a la condición de pasavolantes educados. Preguntan al conductor si pueden pagar el billete en metálico. Algo que no es posible. Descienden y dejan de entorpecer en la plataforma de acceso. Ya puedo validar el billete. ¡Clic! Afortunadamente consigo sentarme.

Para redondear la placidez de la tarde busco instintivamente en el bolso de mano el móvil. ¿Dónde lo habré dejado? Con las prisas por colocarme la mascarilla y buscar el billete lo debo haber puesto en algún otro sitio no habitual de la bolsa. Transcurren dos paradas para tener la certeza absoluta de que no está. Lo compruebo una vez más. La primera impresión es que se me habrá caído en la acera, bajo y vuelvo a pie al punto donde he subido al bus. Evidentemente no lo recupero, lo habría visto y oído caer. Transcurre un rato para desvanecer la duda y confirmar con toda la seguridad que el móvil se ha fundido, ha volado.

¡Me han sustraído, hurtado, robado o jodido el móvil! Yo debo de haber sido cómplice también por torpe y desprevenido. También me han sustraído un poco de la confianza plácida con la que me movía por la ciudad. Ahora, por todas partes tropiezo con presuntos rateros. Estos con los que he topado -me lo barrunto yo- deben cursar un programa Erasmus o ser unos excelentes estudiantes en prácticas de un máster para carteristas.

Me reservo para la intimidad las burocracias posteriores y la cara de pardillo con la que me ha acogido el espejo del recibidor cuando he abierto la puerta de casa. Me entero de que en la bolsa de los móviles robados la presa abatida cotiza a 10€ descontados los impuestos y las retenciones que se aplican en una transacción comercial de este tipo. No me da vergüenza confesar que, de haber vuelto a coincidir con ellos, les habría propuesto recomprar mi móvil por 20€ -y en negro, ¡libre de tasas!-.

¡Buena verbena!

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