sábado, 31 de diciembre de 2022

¡Feliz 2023!

 

Cerrar el año y la edición de Reflejos y Titiriteros del 2022 es una tarea delicada. Ya hace días que le doy vueltas y que pregunto a los próximos -¿Qué digo, de qué hablo? -la respuesta es una salida por la tangente de la mayoría de los encuestados. Alguien se atreve a sugerir algo como sacudiéndose las pulgas -Y lo envuelves como tú haces, que lo alargas y le pones algún comentario -añade sin compromiso ni metáfora alguna por su parte. Tú mismo, se siente, vienen a concluir ante mi insistencia.

Podría bajar la persiana del tenderete del 2022 con una recopilación de hechos, personajes o manifestaciones culturales, sociales o deportivas diversas con que nos tienen acostumbrados los medios con gran eco y de mucha tirada. Resumir el año haciendo un repaso de lo sucedido es lo que correspondería. Los mejores momentos que hemos vivido, lo que más nos ha impactado en el teatro, el cine o los libros que volveríamos a leer. Creo que habría que recordar o significar aquello que nos ha aportado algo, que nos ha sacudido o nos ha hecho pensar. Lo que nos ha puesto unas gafas nuevas cambiando la forma o el ángulo de ver o juzgar como tenemos por costumbre. No es mi voluntad realizar un catálogo de recomendaciones. Os libraré. Que cada uno haga una lista, como las de la compra, con los momentos especiales de este año que ha terminado.

Esta Navidad residiendo en el centro de la villa en Sant Joan de les Abadesses con el campanario de Sant Pol muy cercano, la magnífica iglesia descapotada -dispuesta como un monumento a quien han practicado una autopsia arquitectónica-, las campanas se han convertido en puntuales vecinas aturdidoras. Son el contrapunto místico que esparce la niebla temprana que devora literalmente el horizonte mientras maniobramos entre montañas para atracar en la dársena de los sueños procurando no colisionar con la realidad. Altivo y señor, cuando el día y el sol vencen, el Taga me contempla elevado invadiendo la ventana, protagonista. Una cima como una teta con pezón gentil que podríamos denominar en femenino para ser exactos y fieles cuando se lo indicamos a los trepadores o a los curiosos. Para los quisquillosos de la toponimia la cosa, en este caso, no ha acertado con el género. 

De qué hablo... ¿De la muerte de Pelé, del final del romance entre la exmodelo y el premio Nobel? Las revistas ya redactarán su crónica como una esquela de satén bien ilustrada. Me referiré a la sequía cuando la luna, estos días, es como una uña de gato que se refleja arañando al río Ter que también surca cercano y nocturno. Inusualmente silencioso. Se desliza con una parsimonia enfermiza, da la impresión de que no late mientras el lodo custodia la superficie delgada del agua que desagua. Nunca visto, pronostican los ancianos resguardados en un banco al sol. Como la nieve dibujada a cañonazos sin salirse de los márgenes de las pistas de esquí. Que llueva y que nieve bien y sin estropicios, éste será uno de mis deseos para el año nuevo mientras me como las uvas.

Por la mañana del último día del año mientras la niebla levanta el telón esparciendo la bruma y confundiendo las huellas del Conde Arnau cabalgando condenas y veleidades con abadesas en la Sierra de Cavallera, poco a poco vuelve a aparecer en escena la Taga, majestuosa, altiva como un pecho de virginal novicia. Porque el mundo sigue girando.

Paz, esperanza, ilusión. Ganas de vivir y salir adelante. Salud. Me he agobiado, doce uvas a trompicones no dan para repasar los propósitos ni contar lo que pedimos también para las personas que nos importan, quienes nos quieren y a quienes amamos. Ya lo repasaré y, si es necesario, lo enmendaré. Es posible que adelgace la grandilocuencia que imponen el momento y los relojes y me decante por los pequeños gestos, algo más sencillo y al alcance, lo que nos hace sentir mejores. ¡Por vosotros, buen año, sed felices, vivamos!

Puestos a cerrar el año sin saber demasiado qué decir, me apunto al recurso efectivo de hacer un recuento de las personas que hay detrás de estos Reflejos y Titiriteros. Actores principales -que sois todos- secundarios, técnicos de luz, figurinistas, cámaras, guionistas... No quisiera olvidarme de nadie. Los que lo leéis habitualmente, los que sugerís con eficacia y más, los que comentáis, los que con una sonrisa me corrigen. A los que me soportáis. A los cómplices. ¡A todos vosotros, con agradecimiento, os deseo un buen año!

¡Sed felices!

jueves, 22 de diciembre de 2022

Una Navidad en pelotas judiciales.

 

Parpadean las Navidades con intensidad cíclica. Luces que hacen un guiño a la ilusión inocente de los niños. Antídotos en la oscuridad de los días previos al solsticio de invierno con una sonrisa de cuando no habíamos perdido la fe y la magia nos acometía con la complicidad generosa del tió, ese leño prodigioso. Necesitamos una nevadita como las de antes, de las que no provocan estragos, para redondear el decorado pintoresco mientras templamos las esperanzas y los mejores deseos a la vera del fuego seductor donde se calienta el misterio y se quema la oscuridad fría de los días. ¡Feliz Navidad, felices fiestas!

Navidades perdidas que no volverán. Como pasa el tiempo, chirrían el recuerdo, la melancolía y las ausencias. Porque la rueda previsible del calendario nos va fundiendo las lucecitas y en la lumbre de la inocencia permanecen las brasas cada vez más escasas pero que todavía humean. Quiero respetar a aquellos que odian cordialmente estos días de desenfreno, de alegría empalagosa por decreto y de atracones sociales donde la política, la economía o el fútbol -causa de frecuentes hiperglucemias navideñas- pueden empacharnos.

Tenemos constancia de que los camellos ya vienen de camino. Lo hemos visto desde Qatar como cabalgan relucientes y bien abrevados. Hemos asistido anticipadamente al regalo navideño que, mientras se acercan, han dejado a Messi. El rey que lleva el incienso le ha bendecido y el que ofrenda el oro le ha entregado un trofeo de los que impresionan, de aquellos que se ven buenos y orondos. Es el cromo que faltaba a la colección, el que tarda en salir, ese más deseado y preciado. Digamos que la justicia poética por una trayectoria muy relevante se ha transformado en la copa del mundo. ¡Viva Messi y Argentina! Desde casa se oía el alboroto de los fieles celebrando la consagración. Un cuento de hadas con pelotas disfrazado de navideño y adornado de rey mago con aquella túnica que le investía como el emperador de los futbolistas que ha regateado un grupo de arcángeles -la defensa divina- ¡Qué criticáis, bobos!

Me ha sorprendido la pose de niño malcriado del rival, Mbappé, quien ha escenificado la monumental pataleta mediática presenciada por medio mundo. ¿En esto del deporte no habíamos determinado que lo importante era participar? El berrinche de este joven no ha sido nada edificante ni ejemplar cuando su protagonismo ha logrado el subcampeonato y ha desconcertado la recua entera de gauchos celestiales. Ni el presidente de la República en persona prometiéndole una secretaría general en el ministerio de los deportes que se juegan con los pies logró hacerle cambiar de actitud. Al día siguiente del trascendental partido, el niño consentido ha amenazado a los ganadores -el fútbol es asín- con la revancha que al parecer deberá verificarse en una llanura mesetaria de la Pampa argentina -¡Volveremos! -ha gritado Mbappé con la pechera cargada de cartuchos -como de penaltis inapelables- al estilo Emiliano Zapata.

El seleccionador español ha sido fulminado y borrado de los atlas de geografía futbolística a medio campeonato cuando España se estrelló. Qué no habrían dado los niños más complacidos de la roja para llegar a la final con el palco lleno a rebosar de autoridades, con el rey -el actual, porque el emérito a un tiro de piedra de Qatar, lo tiene complicado-, el presidente Sánchez superando el protagonismo y la estampa del presidente galo, el ministro de deportes y la flor y nata de aquellos que una vez conquistaran el trofeo. Un sueño, aunque no me imagino a Busquets, el capitán, amenazando a los rivales -¡Repetiremos!

Puestos a suponer, en España el estallido social de este parche emocional, el fraudulento milagro sanador de todos los males de la Argentina victoriosa, es probable que no encubriera todos los socavones y las carencias que nos impactan. O puestos a especular -como dicen los comentaristas de la liga nacional- el país no puede permitirse exhibiciones internacionales ni chutar fuera de tiesto cuando los poderes del Estado han consumido la prórroga y viven con intensidad feroz la ronda de penaltis. El Tribunal Constitucional contra el Gobierno socialista con un PP casero pitando en el partido de la gran final de la judicatura. Viviremos, pues, una Navidad con cambio climático, no judicial.

 ¡Felices fiestas!

jueves, 8 de diciembre de 2022

El color de México.

 

El impuesto sobre las emisiones personales de CO2 en el aeropuerto de México Ciudad es de 250$, pesos mexicanos, para hacer uso de la sala exclusiva de fumadores. -¡Venga ya! -expresión que dediqué a la recaudatoria con un gesto de contrariedad y de coraje mal contenidos de aquellos que sólo pueden entender quienes cultivamos este vicio. Me abstuve de fumar mientras esperaba para subirme al avión de vuelta en una larga renuncia que duró la extensa travesía de un océano. El avión ya repartía emisiones suficientes.

México no es país para fumadores empedernidos. En el barrio histórico de la capital unos carteles reiteran la prohibición farola tras farola. Sólo me atreví a encender uno de papel muy discretamente y tragándome el humo delator porque los policías, los agentes de la autoridad de aquel céntrico tramo urbano, hacían ostentación de su condición con muchos humos, cigarrillo en mano sin disimular nada. Yo diría que no se lo tragaban, el humo.

Las ciudades mexicanas que he paseado están libres de colillas, en ningún sitio o muy excepcionalmente hay indicios del hábito. Una de dos, o no fuman o lo hacen poco y en la intimidad. En este mercado continuo callejero que es México, todavía hay vendedoras, expendedoras, de cigarrillos al por menor vestidas de indias que pasean un catálogo variado, nacional o de importación, en una cesta que venden a 7 pesos la unidad. En las terrazas de los bares y en los bancos de las plazas ofrecen también habanos. Dice la leyenda colonial que cuando Colón llegó a las costas cubanas observaron que los indígenas expelían humo por la boca. Una neblina apestosa que procedía de unos cilindros hechos con hojas secas, el tabaco. El consumo de esta hojarasca, sin filtro ni aditivos, se asociaba a fines mágicos, religiosos y medicinales -¡cómo cambia el márquetin i las propiedades vinculadas a un producto a lo largo de los siglos!-.

Visto con esta perspectiva lejana de los años pasados ​​yo creo que el hábito importado del tabaco, un ultramarino más, nos llegó a Europa y echó raíces como una especie de venganza de los dioses precolombinos. Los indios mesoamericanos nos la devolvían, desconozco si ya eran conscientes de la dependencia y de los estragos causados ​​en la salud por prender fuego a estos canutos hechos con hojas secas enmarañadas. Una revancha, seguramente, al surtido paquete de virus y enfermedades infecciosas que los conquistadores llevaron junto con la lengua, las creencias y los toros. En Tlaxcala alardean -existen más ciudades que se atribuyen el mérito- de disponer de la primera plaza de toros que los españoles edificaron. La hazaña de esta materia peluda con cuernos, yo creo, consistía en el hecho de llevar los toros en barco cruzando el océano -¡y sin fumar!- México acaba de prohibir la temporada taurina en la Monumental, la plaza más grande del mundo. 

Nada más aterrizar en el aeropuerto Benito Juárez de Ciudad de México el estallido sensual de la comida mexicana te asalta con alevosía, es algo identitario que se impone sin contemplaciones. Un aroma intenso de calle, de parada precaria en las aceras de todo el país donde elaboran todo tipo de comidas rápidas consumidas de pie exquisitamente sazonadas con poderosas salsas vivamente coloreadas que encienden el alma. Picosas, te advierten. México es un país picante en muchos sentidos.

En el Museo Antropológico de Xalapa, una exposición excepcional de cabezudos megalíticos, los guías detienen a las guerrillas de turistas ante una estela que representa una figura que nos hace dudar de si camina o de si danza. ¿Un precedente de las magníficas contorsiones de las imágenes en los templos barrocos cristianos posteriores? El guía se recrea en la pregunta -¿Qué detectan? -la expectación envuelve la respuesta aventurada mientras el enigma se resuelve en la aureola circular que circuncida la testa del personaje representado en la lápida. Con imaginación atrevida podría afirmarse que la figura luce una escafandra interplanetaria para navegar entre universos y mundos muy lejanos. Qué no imaginó un pastor de cabras reconvertido a conquistador en ese nuevo mundo por someter lleno de oro, de prodigios y de loros tropicales.

Condicionado por las interferencias galácticas no dudé en mercadear una piedra extraña. Según el abuelo de la parada callejera que me la ofrecía se trataba de un meteorito, de los numerosos que caen en el desierto en medio de los cactus de destilar tequila y mezcal exportado con un gusano afrodisíaco en el culo de la botella. Una piedrecita de aspecto metálico muy pesada y relamida por el roce al rojo vivo de cuando cruzó la atmósfera. Si no lo es, lo parece, un meteorito de bolsillo llovido del cielo cargado todavía de energías siderales y de nostalgias mientras la neblina del atardecer diluye las siluetas de los templos convirtiendo el paisaje y las luces en pintorescos murales azucarados de tonos pastel custodiados por los elásticos cocoteros que los vientos atlánticos no pueden vencer.

El México pintoresco, de cementerios vivientes, de calaveras azucaradas -de Catrinas-, de serenatas con mariachis, el de Siqueiros o de Diego Rivera, de Frida nacida en el corazón de la infraestructura cultural y de las sedes educativas del país, Coyoacán, el centro geográfico de Ciudad de México. También el México de las desaparecidas, de las madres que preguntan con desesperación dónde está el hijo o la hija que no ha dejado rastro alguno, el de los inmigrantes clandestinos, el del muro y el de la pobreza. México es también el caos imprevisible. Sin olvidar al México que acogió a la diáspora republicana catalana y española, Pere Calders o Buñuel, por ejemplo, entre tantos y tantos que tuvieron que marcharse al exilio.

La Antigua fue la aldea fluvial donde, dice la leyenda, Hernán Cortés quemó las naves para chamuscar las tentaciones de deserción. Aquí estuvo asentada la ciudad de Veracruz durante el siglo XVI antes de establecerse en la actual ubicación en el Golfo de México. Veracruz es el puerto desde el que salió el oro, la plata y el comercio colonial de ida y vuelta haciendo escala en Cuba para llegar a tierras españolas, a Sevilla. La Antigua actualmente sobrevive del recuerdo y de los vestigios, cuatro paredes roídas por las raíces feroces sin el éxito turístico que debería preverse. También las actuales edificaciones viven tiempos poco gloriosos. Dicen que aquí se fundó la primera iglesia -con goteras- que rige un cura decidido a rehacer el tejado y a magnificar el monumento espartano alejado de la fanfarria ornamental barroca. Existe el brocal de un pozo ahora seco al que, por sorpresa de los mexicanos, lancé una moneda. Como en Roma, les conté. Un gesto para comprar buenaventura con el que también te comprometes a volver en alguna otra ocasión. Pensé que devolvía una migaja simbólica de lo que les arrebataron.

La gigantesca bandera del Zócalo es el faro y un imán del descontento social endémico que confluye en la capital federal del país. Maestros y profesores -que el estado no paga- acampados en una inmensidad de tiendas. Manifestaciones de vecinos reclamando viviendas dignas. Y una muy gorda y espesa protagonizada por las feministas que colapsó la apretadísima ciudad de México. Algunas mujeres dicen basta con contundencia y una energía que ha provocado que algunos monumentos y edificios tengan que estar protegidos con vallas de madera. La gente de orden del país considera a las feministas un ejército descontrolado y violento. Me acerqué a la cabecera de la convocatoria donde una madre con la cara destapada rodeada de un enjambre de periodistas reclamaba explicaciones. ¿Dónde está su hijo David?  

Por la mañana ya me había llamado la atención una multitud de personas con chalecos reunida en los jardines cercanos al Palacio de Bellas Artes. Desde la Avenida Juárez no se podía discernir quién era ese gentío. Más tarde, como las piezas de un puzle, se organizaron y se disciplinaron. Eran batallones de policías con cascos listos para atizar a quien corresponda. La sorpresa fue cuando descubrí que esa formidable fuerza policial estaba integrada exclusivamente por mujeres. Una uniformidad de género que durante toda la mañana holgazaneó mientras no era la hora de actuar. Todo un catálogo de chicas y mujeres que aprovechaba el punto de concentración para el almuerzo, hacían cola en las paradas ambulantes de comidas, se retrataban no sin comprobar que el maquillaje no se había despeinado. Desconozco cómo acabó el episodio ya que tuve que espabilarme para huir del asedio y encontrar un taxi para llegar al aeropuerto a tiempo. El último recuerdo es una hilera de policías con el casco puesto dirigiéndose al trote hacia las manifestantes. Algunas agentes se esforzaban considerablemente por no perder la formación. ¿Exfumadoras clandestinas?

Abrumado por el trato amable y locuaz de los mexicanos recuerdo como alguien, platicando de historia y de asuntos internos, hizo un análisis curioso del México político, de los presidentes y de los partidos que se han ido sucediendo. Fechorías que podrían interpretarse al compás de una ranchera en la plaza Garibaldi. Contaba que el país sólo había tenido un único presidente honrado, el más decente de todos. Éste era manco y que excepcionalmente por esta circunstancia debida a una herida de guerra, no había robado a dos manos. Un país donde la contraseña de la red inalámbrica del hotel es "revolución”.

Como dicen allí, que la Virgen de Guadalupe nos bendiga a todos.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Desamores divulgados.

 

El tópico, lo que acontece porque la fuerza de los hechos es tozuda y previsible, suele verificarse vehementemente en asuntos amorosos. Del amor al odio hay un pelo de higo que tira más que una maroma de barco que se ha roto porque no soporta el peso de las circunstancias. Nos volvemos vengativos implacables, rencorosos, contundentes, categóricos y lo que se quiera añadir. El brebaje que nos envenena y desata estos sentimientos, de los más poderosos, es la animadversión que se intensifica cuando la convivencia ha sido fuerte y basada en sentimientos e intimidades que se vuelven irreconciliables. Rehacer lo que fue es tan imposible como restaurar un plato roto, ya no digo una vajilla entera. Desengaños de todo tipo. De los compañeros de trabajo, de los socios políticos, del tendero de la esquina, del monaguillo, del concejal, del vecino o de los amigos de toda la vida.

Pero el desencanto por excelencia que asociamos a la convivencia o al roce más cercano lo llamamos desamor, la falta de amor que florece y va trepando por las paredes de la convivencia es lo más desgarrador. De la complicidad a la indiferencia dolorosa cuando no estalla una guerra abierta con enemigos bien definidos y una belicosidad infinita dolorosamente soportable y sostenida, a menudo inolvidable porque ambas partes se sienten inocentes. El responsable acostumbra a ser ajeno a nosotros mismos -otro tópico- porque la culpa es negra como un gato gafe cargado de parásitos.

Hace poco ya ilustraba un caso, de ruptura, con mucho eco entre la cantante y el futbolista. Este otoño prosperan o se reavivan los casos entre personajes muy célebres. Diría que abundan más que las setas, ya que las lluvias tampoco han inundado los sedientos pantanos. Un estudio o una encuesta de amplio alcance -cada uno y sus circunstancias- podría ilustrarnos respecto de la salud emocional en materia de alegría conyugal. Conseguir que seamos absolutamente francos y sinceros sería el reto. La vergüenza, el pudor y la falta de franqueza nos vuelven a mover el ángulo y propician aquellos casos más populares por el protagonismo y por la ristra de noticias que generan.

Me referiré a lo que transita desde hace tiempo por los medios y que está subiendo de intensidad. Se trata de uno de manual, de cuento de hadas ejemplar que alcanzará el grado de novelesco con príncipes y princesas de sangre rosa que han vuelto a la condición de sapos destronados y, lo más dramático, desenamorados. Un vía crucis difundido desde la malicia con voluntad de perjudicar. Como decía la abuela, las mujeres son el pedernal de pecados como unas hogazas de cinco kilos de las que podemos ir rebanando tostadas que las brasas del infierno chamuscan sin redención posible. Para la eternidad.

Un calvario por capítulos, como la gran historia de amor que debe convertirse en fantasía popular y lección para todo tipo de criaturas inocentes y de sangre azul en particular. Permitidme que me aproxime a quien sufre la amargura de la indiferencia y la polvareda que levanta el escándalo debido a la sordidez de lo que se divulga. Los trapos sucios y pringados -como las sábanas- deben lavarse en casa y no en el pilón de la plaza. Cómo serán el desasosiego y el sufrimiento de quien en su momento abrió los cofres del tesoro a la pasión amorosa y los ofreció sólo por noble galantería. El heroico caballero que batalla tras batalla depositaba a los pies de la amada el botín de guerra manchado de oprobio que iba conquistando por los mares del oriente como un monarca de los piratas.

¡Qué vida! ¡Qué epílogo para una biografía rota! Lo imagino solo, repudiado, viejo y abandonado descubriendo que todos los tesoros del mundo no conseguirán curarle del mal de amor que le ha atormentado. Es más, aquella rubia de pelo como un hilo de oro por quien perdió la cordura le humilla esparciendo por todas partes a quien le quiera escuchar las miserias humanas y las debilidades escalofriantes de hombre mortal que no le suponíamos. Es la gracia o la virtud del desafecto, que hace flotar los cadáveres del pasado y lo peor de cada uno.

Dicen que durante las noches frías en el desierto se arrastra cansado con un frágil zapato de cristal en las manos aguardando la carroza confiando en la literatura del género. Por el contrario, desfilan con parsimonia una monumental caravana de camellos cargados de calabazas sin ningún tipo de hechizo. Decepcionado, contempla el mar inmenso de dunas. La noche es espléndida. ¿Cómo puede ser? Aún cobija la esperanza del reencuentro, aunque sin embargo desconfía del hechizo. “Espejito, espejito, dime, ¿quién es la mujer más bonita de todas las mujeres -y de todas las reinas?-. Contempla el espejismo del cielo cristalino, busca las estrellas que deberán guiarle a deshacer el maleficio causado por una manzana envenenada y tan amarga como ese desamor que le martiriza.

martes, 1 de noviembre de 2022

Todos los Santos.

 A la oscuridad estrenada de los relojes con el polémico horario de invierno, hay que añadir la celebración de Todos los Santos, Halloween, el día de muertes en México y otras celebraciones que se concentran en estas fechas con las que octubre se despide y noviembre nos acoge. Es el momento más propicio del año para recordar la colección de antepasados ​​y de personas cercanas que ya no están. Excluyo el antojo de algunos jubilados, al margen de las obras, por dar un paseo frecuente por los cementerios. Sobre todo en los de pueblo o de ciudades pequeñas donde éstos están al alcance de una visita nostálgica, como cerrando el ritual del garbeo habitual para saludarlos con la esperanza de que nos pueden sentir si los muertos escuchan a los vivos. Un abuelo lo justificaba con el argumento de que tiene más amigos aquí que en el café.

Coincidiendo, pues, con la estación que desnuda los árboles y que el día se acorta, parece lo más razonable, homenajear a nuestros difuntos con la ida preceptiva para quitarles el polvo, limpiar los alféizares de los nichos y pasar un trapo por la lápida o por el cristal que la protege renovando las flores, naturales o de plástico -que duran todo el año-. Los panteones, que ya se comportan una categoría y una adscripción social de mayor rango, llevan más trabajo. Recuerdo a una abuela resignada que anunciaba un premonitorio desenlace cercano, no diré inminente, con cierto gozo. Se sentía orgullosa porque la parentela había comenzado las obras para edificar un “campeón” -proclamaba ella- con todo tipo de adornos y con gran derroche de recursos y de mármoles de calidad. Los nuevos ricos también van al cielo.

La tentación humana para perpetuar la existencia más allá debe explicar las faraónicas manifestaciones funerarias de aquellos que pueden permitírselo. Una alerta ostentosa de quien habita esa tumba, alguien importante y con poder que también quiere llevarse al más allá sino la riqueza mundana, el prestigio. Un por si acaso nos reencarnamos queriendo retener lo que disfrutamos. Las pirámides se construyeron con la voluntad de perpetuar los privilegios cruzando el río de la vida en barca. De la pirámide a la urna existe un largo proceso evolutivo en materia de ceremonias. De la pompa a lo sostenible con un sencillo vaso biodegradable es la prueba, de la capacidad para aclimatarse de las almas.

El abuelo se detiene frente al compañero de partida de cartas, que reposa allí alineado con una fotografía donde aún sonríe lleno de vida, se pregunta dónde irá él a parar cuando sea el momento. ¿Un nicho soleado, resguardado de la tramontana, con vistas al horizonte o al campo de fútbol, ​​elevado, de entresuelo? Esta decisión no le saca de quicio. Tampoco ha manifestado nunca si quiere que lo quemen o que lo sepulten. Éste es un asunto del que no será el responsable, como tampoco del hecho de no ser inmortal a menos que haya llevado una mala vida cargada de vicios y de hábitos poco saludables que ya vaticinaban que no duraría. Nunca ha contratado ningún seguro de decesos que le garantice un entierro lucido -“dinero tirado”- porque las herencias también implican pagar las deudas y enterrar a los benefactores, se justifica.

Cuando limpio las lápidas, las golpeo suavemente para que no se inquieten -¿Cómo estáis? -por si acaso me escuchan. Nunca he recibido respuesta alguna. Yo me figuro que sí, mientras los recuerde siguen estando allí. Desde mi universo vital los hago en el cielo con agradecimiento y cariño. Hay tumbas con huérfanos de atención, sin flores –ni de plástico–, dejadas de la mano humana que deben vivir perdidos en un más allá solitario y sórdido, la concreción del infierno fundamentada en el olvido.

Un Todos Santos más para hacer un rato de compañía a quien reposa eternamente, un acto de recogimiento y de reconocimiento, de respeto con un manojo de flores que se irán marchitando con un punto de tristeza. Constato que en el cementerio hay poca concurrencia de jóvenes, ellos todavía se sienten -son- inmortales. Excepcionalmente nos acompaña una muchacha en la frontera de la preadolescencia que está más por subirse a los nichos elevados a dejar las flores que por la meditación trascendental de los misterios del más allá, la reencarnación o el infierno de los descreídos.

La juventud a perpetuidad no está por quebraderos de cabeza que no les corresponde. Inmarcesibles, preservados de estas tribulaciones, no se deleitan por ofrendas ni funerarios festines adustos de otoño. Cómo pueden competir la reclusión espiritual a la vera de la lumbre por Todos los Santos y la castaña con la intriga, los disfraces y golosinas del Halloween.

Truco o trato. 

martes, 25 de octubre de 2022

La cantante y el futbolista.

 

Avezado a la monotonía por la cotidiana realidad que nos revuelca por los rastrojos de las tragedias bélicas, las miserias sociales y las puñaladas políticas que nos mecen, me centraré en alguna vertiente menos trascendental que por convertirse en asuntos menos importantes podríamos adscribir a la frivolidad engañosa del día a día, que nos seducen y pueden llegar a alterar el equilibrio emocional haciendo tambalear los valores firmes con los que hemos querido convivir a lo largo de nuestra existencia. En el contrapunto severo de los hechos que nos condicionan se hallan aquellas peripecias de las que a pesar de no ser protagonistas nos conciernen en mayor o menor medida. Elementos de un decorado que nos acompañan y nos permiten tragarnos la terrible aridez de las realidades. Aunque las centremos en infortunios ajenos, puede tratarse de una manera de dulcificar nuestro desencanto.

Me explico. La imagen impresionante de un agujero limpio y diáfano en el pecho de la rubia protagonista me ha conmovido. Más aún, ver cómo el corazón sigue latiendo en el pasillo de un supermercado en medio del desbarajuste causado por un disparo de arma gruesa que le ha desgarrado la cavidad torácica, impacta. De inmediato he asociado la potente imagen a los efectos de la inflación que nos ataca de lleno. En los supermercados de estos tiempos ya no basta con dejar un riñón, la cajera te extirpa literalmente el corazón de un cañonazo infalible porque el chaleco salvavidas de la tarjeta de crédito es demasiado débil, de plástico, para comprar unos tomates de colgar a nueve euros el kilo, por ejemplo.

Por fortuna ha sido una ilusión, los personajes que mueren en las películas o a quienes les arrancan el corazón -nos lo contaron de pequeños- no mueren, siguen viviendo en la vida real para interpretar más ficciones. ¡Uf, qué alivio! Ella podrá grabar más canciones y ejercer de actriz en esos vídeos cortos que dramatizan sus letras. Con esta versión la cantante ya ha alcanzado, por ahora, once millones de visitas en las redes. Todo un éxito para una tragedia narrada en un solo acto y tan breve. Tiene mucho mérito que una historia de desamor, como muchas, levante tanta polvareda y tenga tanto eco.

La clave reside en los héroes, una cantante y un semidiós futbolista. La revancha de la presunta menospreciada o canjeada -esto parece un hecho- por una jovencita sigue su curso. Debe tratarse de la justicia poética que requieren las ficciones. El futbolista no tiene un auditorio ni un altavoz tan poderoso aunque desconozco las virtudes vocales y la capacidad de réplica, no demasiado probable, que no sea agujerear el corazón de la portería del equipo rival con un gol de esos que la afición enmarca en la historia del club.

El éxito, titulado Monotonía, ha suscitado una curiosidad morbosa que la protagonista se ha encargado de magnificar anunciando que el proceso creativo ha sido "gratificante y terapéutico". Un manifiesto contra el desamor y la infidelidad fundamentados en el aburrimiento. Me guardaré bien de no emitir cualquier juicio al respecto. ¡Allá ellos! Más sabios y profesionales emplean toda su capacidad analítica en descifrar las imágenes, fotograma a fotograma, buscando evidencias y haciendo sutiles lecturas poniendo a prueba los conocimientos intuitivos. Me aventuro a decir que lo del boquete en el pecho y el corazón dando trompicones entre los carritos de la compra es bastante grueso, como el agujero, y se entiende a la primera. El color de la ropa, las marcas de los productos en las estanterías... Todo bajo la lupa de la suspicacia. Ya hay algún insigne semiótico que no se ha privado de asociar una pequeña golosina comestible de aperitivo -que la protagonista se zampa- con el tamaño de los atributos del protagonista. ¡Un buen golpe bajo de penalti! Lo que es una verdad como un templo, según la partitura, es que los ricos también se incomodan, se cansan y, en definitiva, se aburren. ¡Eh, pero con mucho dinero, mucho, que si no proporciona la felicidad ayuda a disipar la monotonía!

Cierro la sección con una noticia de última hora, que no primicia. A Kiko Rivera conocido en el mundo de las élites faranduleras como Paquirrín le han ingresado en un hospital a causa de un ictus que habría sufrido. En las redes y en las cadenas que viven de estos personajes y de la basura mediática se ha levantado la veda para hacer un seguimiento intensivo mientras le trinchan, unos, y lo santifican, otros. No me equivocaré de mucho si afirmo que la evolución del paciente dará para más informes médicos que aquellos que acompañaron la agonía al dictador. Ya tienen materia para programas y más programas inmersos en la biografía ilustrada con una serie de conocidos, desdeñadas, detractores y la tempestuosa familia. De ahí a que se recupere -eso espero- el personaje reavivará el protagonismo y la demanda de testimonios personales mientras mejora con la agenda llena de contratos y exclusivas.

lunes, 10 de octubre de 2022

Colegio mayor.

 

Corría el curso 1976-1977. Madrid. Empezaba mi periplo en la Universidad Complutense. Disponía de una beca que me permitió, novato como era en esa etapa, disfrutar de la estancia durante ese primer curso en uno de los colegios mayores ubicado en el campus universitario, ir a la facultad era un paseo. Algunos colegios mayores participaban del privilegio de la proximidad y del entorno. Fuera de la burbuja universitaria, para ponerlo en contexto, el miércoles 15 de junio de 1977 -a finales del curso- se celebraron las elecciones generales en España convocadas por Adolfo Suárez. Eran las primeras elecciones libres después de la dictadura para escoger a los representantes en Las Cortes. Mi estancia en Madrid terminó el curso 1980-1981 coincidiendo con otro hito significado en lo que se ha dado en denominar la “transición”, el golpe de estado del 23 de febrero. Madrid era una movida.

Sólo hice vida de colegio mayor un curso. Debo deciros que yo era el único de letras y catalán, algo que me significaba en aquel colectivo de los cien y pocos alumnos que gestionaba una orden religiosa. Únicamente chicos. Cabe decir que la incidencia religiosa en la vida colegial era nula. No existían horarios de entrada o de salida, no recuerdo si celebraban misas -yo no asistí a ninguna-. Tampoco se fiscalizaba con quien y cuando accedías a la habitación individual, espaciosa con un vestidor y un ventanal que proyectaba el horizonte de la ciudad cuando las calefacciones quemaban carbón y el cielo de Madrid era una angustiosa cúpula metalizada. El edificio es premio nacional de arquitectura. La única interacción formal con quien lo dirigía, un prestigioso especialista en problemas sexuales de su gremio, fue cuando anuncié que no continuaría alegando básicamente razones económicas, me propuso alistarme a la orden. Un ofrecimiento que me honraba. Me sugirió que el trabajo podía eximirme en cierta medida de la oración liberándome de la reclusión monacal. A final de curso, yo y la maleta paquidérmica, nos las piramos.

La mayoría de alumnos estudiaban ingeniería superior de telecomunicaciones o se formaban para convertirse en ingenieros agrónomos, carrera que sólo podía cursarse, entonces, en Madrid. La inmensa escuela de agrónomos y sus pastos confrontaban con el colegio. Éramos también vecinos del centro meteorológico nacional, ahora es la Agencia Estatal de Meteorología, donde tenía mucho predicamento Eugenio Martín Rubio, quien perdió el mostacho debido a una predicción errónea en una apuesta arriesgada y muy mediática. 

Un domingo por la mañana a mediados de septiembre llegamos al colegio la maleta y yo, los veteranos -los aprendices de agronomía, supongo- vigilaban una guerrilla de asustados novatos que pastaban literalmente la hierba del jardín. Aquellos cuadrúpedos ocasionales lucían una especie de dorsal con un 80 -el distintivo de la época para los conductores en prácticas-. Dejé la maleta discretamente y me fui, recuerdo haber almorzado en una casa de comidas típica, llena de comensales solitarios como yo mismo, para después acogerme en un piso de estudiantes conocidos de la etapa anterior. Volver al colegio a dormir supuso un punto de temeridad.

Se trataba de las reconocidas novatadas reguladas en los estatutos de aquellas instituciones que tenían una vigencia de un mes bajo el dudoso argumento de la cohesión colegial. Hubo quien se achantó y se marchó a territorios con menos acoso y presión emocionales. Los gritos, las intimidaciones y la humillación tenían carta de naturalidad. Pruebas que había que ir superando y que si tenías pinta de pardillo te convertían en el cabeza de turco predilecto.

Recuerdo que te asignaban un disfraz inspirado por unos verdugos creativos en una especie de tribunal tras un flexo que te deslumbraba como en las películas donde se tortura al cautivo para hacerte confesar. Preguntas íntimas de mal responder. O cuando te conducían a la piscina y te hacían introducir la pierna según la cual te identificabas ideológicamente -¡La derecha o la izquierda, elige!- Aprovechando el escenario acuático improvisaban concursos para dictaminar quien más artísticamente y arriba firmaba con una meada en el muro. O cuando te cubrían con una manta, te introducían en un vehículo y te dejaban a medianoche en una estación de tren relativamente cercana a la ciudad. Era habitual que los cambios y los traslados de habitación a habitación, colchón incluido, fuera responsabilidad de los nuevos bajo el griterío y las advertencias de los que tenían ese derecho y autoridad consolidados.

A mí me disfrazaron de torero, no faltaba ningún detalle. A un joven japonés que iba para arquitecto le vistieron de andaluz con la guitarra y el sombrero típicos, todo el mundo le conocía como Manolo, mucho más fácil y familiar de increpar. Quien evolucionaba vestido de espermatozoide, de plátano, de negro bien embadurnado... Era algo, esa diversidad de personajes que, cuando nos reuníamos en el comedor, se convertía casi en carnavalesca de no haber sido por la reiteración, el 80 y el pronóstico meteorológico del día firmado por Martín Rubio sin el cual no desayunabas. Debo reconocerle, al acreditado meteorólogo, la infinita paciencia de dejarlos a punto en la recepción del centro meteorológico vecino cada mañana.

 Interrogatorios, cejas afeitadas, autopistas sinuosas de dentífrico en sentido único que había que reseguir con timidez y pudor te conducían, arrodillado, a una presunta intervención de fimosis si no te habías precipitado emocionalmente antes en alguna curva pavorosa. Éstas eran acciones que podríamos calificar de quintadas, más cuartelarias, que me volvieron a afectar, poco, en la mili donde la quintada más dolorosa que sufrí fue un disparo en el brazo.

Las cantinas de los colegios de chicas tenían la concurrencia garantizada, en uno me pillaron los colegas. Figura en mi currículum la conferencia improvisada que tuve que impartir respecto a la patata en el Mercado Común, al que no pertenecíamos. Allí, encaramado a una mesa capté la atención y las burlas femeninas un buen rato. En otra ocasión nos exhibían, a los novatos, bajo los focos de unos vehículos frente al castillo de las mil vírgenes, así era conocido aquel colegio femenino administrado por la Sesión Femenina. Bien iluminados tuvimos que bajarnos los pantalones bajo la mirada atenta y multitudinaria de las vírgenes recluidas. Las comparativas y la exaltación de las carencias se clavaban como dardos en un amor propio tímidamente encogido. Cosas de esa época que, ahora, pensamos imposibles. También recuerdo el concurso eficiente de la Piraña, una colegiala que participaba con complacencia intimidando en privado a los más inocentes amenazándoles con devorarlos mientras ensayaba un abanico de posturas con flexibles contorsiones arriesgadas que acojonaban muy mucho a los despavoridos galanes.

¿Quién soportaría hoy estas situaciones degradantes? No disfruté de la segunda oportunidad. Tampoco eché de menos la condescendencia con la que algunos compañeros se quejaban del servicio del comedor -¡En casa, el servicio come mejor! -se jactaba algún personaje ante un surtido de tres primeros y tres segundos diferentes con una variedad de fruta de todo tipo a elegir. Niños de casa buena, o muy buena. Mientras ejercían y consolidaban entrañables e inocentes tradiciones estudiantiles, algunos aspiraban también a las comparsas de estudiantes conocidas como tuna.

Recapitulando, creo firmemente que la experiencia me convirtió en un hombre de provecho y como es debido definitivamente -servicio militar al margen-. El sentimiento de cohesión colegial y empatía se reforzaron con dos acciones colectivas -fomentando el trabajo en equipo- que me pasaban por alto, simular el secuestro de un autobús urbano y obtener el molde de yeso de los atributos del caballo de Espartero, una estatua ecuestre -como se puede haber deducido- situada en medio de la calle Alcalá.

 

“Por las calles de Madrid

bajo la luz de la luna,

de Cascorro en Chamberí,

pasa rondando la tuna...”

 

viernes, 30 de septiembre de 2022

Otoño convulso.

 

La sinfonía de la guerra incorpora el protagonismo de la percusión, batucadas con misiles que no cesan. La armonía atronadora del disparate bélico golpea con la contundencia de quién la declarará o la hará más grande. Marchas militares cargadas de nostalgias y una carretada de medallas para investir héroes. Siempre se necesitan héroes, vivos o muertos, la recompensa para la eternidad cuando se reescribe el pasado y la anexión. La histórica Rusia belicosa vuelve a revivir el furor del cañonazo y la arenga de Putin, “un zar de pacotilla” -como le llamara un personaje de la premio Nobel Svetlana Alexievitch-, que ha decidido habitar en la galería de los insignes. Un inmortal más con fuerte tufo a pólvora y excelsitud atómica decidido a vivir su decadencia personal matando y conquistando.

De los últimos cohetes de este piromusical armamentista y de destrucción, los sabotajes a las tuberías que conducían el gas ruso a Europa. Oleoductos rotos que insuflan literalmente gas en los océanos, agua de mar con burbujas para una mesa de gourmets geopolíticos excéntricos. En los excesos de la confrontación no se podía cerrar simplemente el grifo, era necesaria la testosterona expansiva de un puñetazo firme con muchas chispas. ¿Quién ha sido el artillero que ha encendido la mecha en las profundidades marinas? ¿Los rusos, los americanos o el que prende fuego al petardo que abre la fiesta mayor antes del pregón? Parece que no sabremos quién ha sido hasta que los secretos de estado queden descatalogados o triunfe un relato interesado. Mientras esto no sucede, las sospechas no han logrado sonrojar al dirigente ruso, como los niños acusados ​​de la fechoría, él no sabe nada. Tampoco los americanos que, en consecuencia, se convierten en los principales expendedores de gas para las catalíticas europeas. Un invierno demasiado frío que ya ha empezado con nevadas testimoniales en los Pirineos.

 

 Con los precios del carro de la compra disparados como cañones en una guerra doméstica, más cercanos sin embargo, en Italia la derecha feroz arrasa tanto o más que la abstención. Cuando la nostalgia regresa al presente y la memoria vive atacada por la demencia senil, el discurso breve, contundente, agresivo y cargado de falsedades cuando no de mentiras, vence. Bien arropado entre banderas y patriotismos excluyentes el mensaje fácil -también aliñado con mucha testosterona vocinglera- llega alentando más a los convencidos y recoge a los desesperados. Cambian los modos y los uniformes, pero las intenciones perduran y, desgraciadamente, renacen al alza para arreglar el mundo a su imagen e intereses. 

 

Tenemos más cerca las trifulcas fiscales como salvas autonómicas por razones de fiscalidad. A la campeona, de la Comunidad de Madrid, se ha sumado la Junta de Andalucía sacudiendo el espantajo del anticatalanismo que siempre es caballo ganador en las campañas electorales. Un ingrediente básico cargado de atavismo, secular, para reavivar ese sentimiento de resultados infalibles. Bajar impuestos y tener más recursos para lo social, sanidad o educación, es algo que no liga. ¿De dónde salen las misas para tan poca cera ardiendo? Una comunidad, la andaluza, que recibe los efectos de las balanzas fiscales con peso favorable, está por bajar determinados impuestos que no benefician a sus jornaleros, precisamente. Para compensarlo, el presidente con una sonrisa complaciente de quien ha encontrado la piedra filosofal y la cuadratura del círculo, piensa en nosotros, los catalanes, aunque sean tránsfugas del deber fiscal. ¡Qué honor y cuánta solidaridad!

 

En el corazón de la proximidad de este otoño convulso recién inaugurado, al lado mismo, entre el Parlament de Catalunya, el Parc de la Ciutadella y el Arc de Triunf, vuelan los cuchillos arrojadizos de las luchas intestinas entre partidos en el gobierno de la Generalitat de Catalunya. El desacuerdo manifiesto y la falta de unidad marcan el acto de conmemoración de aquel 1-O. El mismo día, hace cinco años, en el que las fuerzas de seguridad del Estado zurraron con inédita contundencia al personal que iba pacíficamente a ejercer un voto testimonial sin efectos administrativos ni reconocimiento alguno en unas urnas de plastiquillo, como hemos comprobado sobradamente. Entre el gesto y el batacazo, la humillación y la falta de respeto, aunque fuera por el ritual más excelso de la democracia, ya que se sobrepasó suficientemente aquel impulso tan feo y poco estético del “a por ellos” donde el atavismo -otra vez- gritaba con entusiasmo mientras los investidos caballeros del porrazo cabalgaban bien espoleados y apoyados. ¡A por ellos!”

Pasados ​​cinco años del 1-O, el independentismo sigue inmerso en un círculo corrosivo que en los próximos días puede culminar en un trencadís gaudiniano del gobierno. Éste ha sido el escenario del acto en la avenida Lluís Companys de Barcelona desde el que se ha constatado la división y que los discursos pueden ser antagónicos o contradictorios. Un encuentro sin sardanas donde cada uno ha querido exhibir perfil propio. Y entre los asistentes, lejos de aquellas concentraciones de eco internacional, el amodorramiento, los pitidos y la orfandad política. El único consuelo es suponer que, cuando el movimiento vuelva a despertar, el paciente dinosaurio todavía siga allí paciendo.

Ciertamente, un otoño de conmociones.

martes, 20 de septiembre de 2022

Las princesas también mueren.

 

Tengo un pariente muy, pero muy, cercano y apreciado que perdió en la tierna infancia la inclinación a hacerse cura, una decisión meditada y fundamentada que le habría llevado al seminario de Vic de no haber sido por un desdichado contratiempo que el hizo repensar y abandonar la firme vocación incipiente. Un día descubrió que bajo la sotana -de un tiempo en el que los sacerdotes de pueblo la vestían todos- los seres espirituales también tenían piernas y lo más definitivo a la hora de decantarse, los curas también se morían. Una evidencia que le truncara de pura cepa la carrera teológica. El mundo perdió a un clérigo pero ganó a una buena persona. Vete a saber dónde habría llegado de concretarse aquella inclinación que se derrumbó con la defunción del referente cercano de la parroquia. Un desencanto comprobar cómo no levitaba, que tenía piernas y que murió irremediablemente aunque tuviera el cielo asegurado.

No me distraeré más en anécdotas para ir al fondo de la cuestión, lo que toca en estos días históricos. La Reina, Isabel II, del Reino Unido nos ha dejado. Nos ha convertido de sopetón en huérfanos. El mundo parado o al ralentí mientras hace cola en un desfile majestuoso cargado de parsimonia grave y lentísimo para rendir honores a un ataúd cargado de símbolos y de frialdad. Enternece ver la disciplina y el saber estar de la sociedad anglosajona -particularmente la londinense- mientras el Big Ben no marca la hora para dedicar una sentida reverencia póstuma a Isabel II de cuerpo presente. Espero que las aspirantes a princesa para convertirse en reinas de las redes -las autocoronadas  influencers- no pierdan la vocación como le ocurrió a mi pariente. Habrán podido comprobar estos días cómo las reinas -de verdad- también traspasan.

Mientras el tiempo se detiene en silencios y procesiones, los ingleses viven un momento excepcional que por previsible no ha dejado de tener un punto de repentino. Al país del Brexit se suma la pérdida de la abuela severa que ha sabido mantener engrasados ​​los engranajes monárquicos de una sociedad que ha ido perdiendo paulatinamente ese peso victoriano de los siglos anteriores. ¿Y ahora qué? Se preguntan algo desconcertados los monárquicos de toda la vida pendientes de una sucesión que debe encontrar las formas y estar a la altura de la imperturbable antecesora. Como madre no ha hecho satisfactoriamente los deberes, u olvidó traspasar -corona al margen- ciertos consejos elementales a una criatura que presenta carencias que no asisten a su imagen real. Leer la gestualidad o el lenguaje no verbal del actual rey -¡La reina ha muerto, viva el rey! -pone de manifiesto un talante, como mínimo, disonante porque los silencios también hablan cuando no gritan. Travesuras de niño malcriado sin responsabilidades directas al amparo del paraguas de la reina y madre que deberían provocar que Carlos III abra mucho las orejas si no quiere convertirse para la historia en un apósito de entrepierna poco eficaz para una sangría monárquica.

El paro del corazón monárquico ha comportado días y días de luto y de muestras de respeto con kilómetros de súbditos pacientes dispuestos a pasar frío y a soportar las aunque no neblinosas pero sí frías y húmedas noches londinenses. Transcurridos los diez días de luto con procesiones y velatorios, este lunes le enterrarán en un funeral saturado con medio millar de dignatarios invitados, lo más selecto de los líderes mundiales se reunirán en la abadía de Westminster al mediodía con demostrada puntualidad inglesa.

Los súbditos españoles observamos boquiabiertos con curiosidad profética reflejados en un paralelismo subliminal el momento eterno y excelso que vive el Reino Unido focalizado en Londres. La presencia del Emérito y del vigente monarca -en curso como una moneda de euro con efigie numismática- desgañita a partidarios y detractores de la prensa nacional. Estar o no estar en el sepelio de Isabel II, el dilema que sin calaveras escénicas ha tenido que resolver a quien corresponda. Ya han trascendido las primeras imágenes atestadas de lenguaje no verbal por la presencia de ambos por separado y con mucha distancia mediática. Habrá que verificar todos los detalles en la prensa satinada que va cargada de erudición y de mucha letra pequeña.

Desconozco cómo se llamará aquí la operación ultrasecreta hasta que deba ponerse en funcionamiento sin maniobras tácticas previas. La caída del Puente de Londres fue el pistoletazo de salida al protocolo funerario de Isabel II. ¿Cómo habrán bautizado lo que se habrá previsto para nuestro monarca emérito, El desplome de la Puerta de Alcalá? Que conste que le deseo largos años de vida. Pero puestos a buscar posibles paralelismos, que los habrá, quiero imaginarme el féretro evolucionando por la Escocia hispánica, de Montserrat por la Arrabassada hasta la catedral de Barcelona. Ya se verá.

Volviendo al principio yo diría que a algunos monárquicos les ha ocurrido como al pariente que mencionaba, han descubierto que su majestad -y la monarquía- tiene piernas, al menos para llegar a Abu Dabi.