viernes, 31 de enero de 2020

Brexit.


El año 2016 será miembro honorario en el club de los calendarios selectos cuando, un día, tengamos que entender algunos hechos capitales -históricos- y las consecuencias que han comportado. Las casas de apuestas londinenses en verano de este año no estaban a favor de lo que se empezaba a conocer como Brexit. ¿Cómo podía ganar en un referéndum la posibilidad de marchar de la UE? 

De Londres a Las Vegas pasando por Nueva York -pernoctando en Washington- tampoco las ruletas giraban con el viento a favor de un personaje modelado en el circo mediático de la tropa de Buffalo Bill. ¿Quién votaría, en otoño de 2016, a aquel caricaturesco político que se presentaba para convertirse en el emperador del mundo occidental? 

Los que apostaron por el caballo perdedor acertaron. El Reino Unido ya no pertenece a la Unión Europea y Donald Trump celebra que el impeachment será sólo una anécdota a la vera de la chimenea que lo quema todo, consolidándole. Los británicos favorables a marchar de la Europa política representan el 51,89%. A pesar del 47,8% de votos para Hillary Clinton, venció Donald Trump con el 47,3% de los votos emitidos. Aritméticas electorales ajustadas como un traje de luces que legitiman la decisión mayoritaria aunque sólo sea por los pelos. Grandezas de la democracia. 

¿Aceptaría la alta justicia española -quien actualmente manda mucho- unos resultados similares en un presunto referéndum que estableciera porcentajes exactos al eterno problema catalán -como decía aquél- en el supuesto de que algún día los catalanes pudiéramos decir la nuestra? Las casas de juego aún no aceptan apuestas. Curiosamente ronda por las redes un mapa bien gráfico de la península que representa la presunta preferencia grosso modo de los que se decantarían por un político ultra de extrema derecha a un presidente catalán en el exilio. Os ahorro los porcentajes y las preferencias. 

Aterricemos en Londres ahora que todavía no exigen el pasaporte. Así que el Big Ben -en obras- vuelva a tocar campanas veremos cómo se solucionan las relaciones insulares con el continente macizo que repudian. Se abren una serie de incertidumbres punzantes que habrá que acordar. Según Boris Johnson "éste será el amanecer de una nueva era" que tiene uno de los puntos de inflexión en la paradoja histórica de haber ganado la II Guerra Mundial perdiendo, a su vez, las colonias. 

La vieja Europa acaba de perder peso y cohesión. Un fracaso que debe comportar, esperemos, una nueva oportunidad. Una Unión que topa con la Gran Bretaña, pero, cargada también de interrogantes que deberán situarse en este nuevo papel que quiere jugar en el mundo resolviendo también las aspiraciones escocesas y las de los decepcionados que no están por Brexit. Se inaugura, pues, una época cargada de emociones intensas y discursos encendidos –de acuerdos- por la deserción de uno de los miembros más potente económicamente y demográficamente. Toca ponerse de acuerdo con este vecino, establecer las bases de una nueva relación porque estamos obligados a entendernos sin perder de vista que nuestra prioridad es el futuro del cataclismo europeo y no de la relación con el vecino decidido a ir a la suya, que también pero menos. 

Tendremos que estar atentos con Gibraltar, la excepción a los territorios del ámbito Commonwealth donde se circula por la derecha como en el resto de la Europa continental. La Unión Europea ya ha anunciado que apoyará al gobierno español en su eterna reclamación sobre Gibraltar en la fase de los acuerdos que se establecerán. Madrid podría vetar la inclusión del Peñón en un hipotético acuerdo comercial entre la UE y el Reino Unido si las demandas del gobierno socialista -compartir la soberanía, por ejemplo- no se ven satisfechas. 

¿Veremos próximamente a los gibraltareños circulando por la izquierda?

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