martes, 11 de febrero de 2020

La tos amarilla.

Los científicos han relacionado un animal, el pangolín, con la peste que azota a la China y amenaza con extenderse por el mundo. El virus habría pasado de los murciélagos al pangolín y de éste a los humanos. El mamífero, muy apreciado en la gastronomía oriental, es un animal con cierta semejanza, por la disposición de las escamas, con la sedentaria alcachofa del Prat de Llobregat, pero con patas. La versión vegana aquí crece exenta de sospechas, inocente por ahora, en los campos de cultivo castigados sólo por los últimos temporales y por el precio del producto en origen. 

El simpático pangolín alcachofado personifica la pesadilla por el contagio del coronavirus. Informan que ayer en China se registraron 97 muertos, la cifra más elevada desde que la lacra se ha divulgado. La sospechosa transparencia de las autoridades chinas en la gestión de la epidemia no tranquiliza, al contrario. Como tampoco lo hacen las imágenes de ciudades, como Pekín, desiertas en un país de 1.395 millones de personas a finales de 2018. 

Periódicamente nos llega la amenaza medieval de una peste de amplio alcance en pucheros víricos cocinados desde la globalidad con la que viaja la inmediatez de la vida contemporánea -también los microbios- en cualquiera de las vertientes que nos ponen en contacto. Como la gripe se contagia por transmisión aérea, con objetos y sustancias contaminadas y por el trato entre personas. Fiebre, cansancio y tos seca son los síntomas que presenta. 

Esta mañana he coincidido con un matrimonio chino con un único hijo -como regulaban en materia de alegría conyugal las leyes del país- en un autobús urbano. Lleno hasta la bandera, el matrimonio oriental en la plataforma del medio desafiaba el equilibrio con el hijo único para no caer y para esquivar la prevención con que algún pasajero se los contemplaba -por si tosían, supongo-. El estigma de esta peste también sacude, dicen, a los rollitos de primavera y a los establecimientos que regentan. 

 El miedo es libre y el tópico vuelve a cobrar vigencia con el coronavirus a pesar de los mensajes de calma profiláctica -¡lavémonos las manos!- que recomiendan las autoridades sanitarias. Entre el temor y la prevención se halla el inminente congreso del móvil en Barcelona que sufre un goteo de deserciones y que pende de un hilo. Una edición complicada que ya sufre los efectos colaterales. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se ha apresurado a declarar la comunidad libre de virus y de tos amarilla. Ya hay quien exculpa el pangolín porque, según anunció la presidenta madrileña, el gobierno regional estaba dispuesto a hacer lo necesario para llevar el Mobile a la capital. Parece que la presidenta se desdijo -y se ha lavado las manos-. 

El temor a contagiarse y la desconfianza a todo y a todos son malos compañeros de viaje. La angustia cuando la peste ronda cercana y no es una probabilidad estadística sino que tiene caras conocidas, vecinas, debe ser aterradora. La reacción irracional que desata debe radicar en la memoria atávica por los estragos ocasionados. 

Se podría hacer un repaso desde las epidemias medievales y negras a las que, sin naturaleza vírica, nos acometen habitualmente, modernas y tan drásticamente eficientes. Las hemos incorporado sin aspavientos y con cierta naturalidad porque el solo hecho de vivir ya es una aventura tanto o más temeraria.


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