Los científicos han relacionado
un animal, el pangolín, con la peste que azota a la China y amenaza con extenderse
por el mundo. El virus habría pasado de los murciélagos al pangolín y de éste a
los humanos. El mamífero, muy apreciado en la gastronomía oriental, es un
animal con cierta semejanza, por la disposición de las escamas, con la
sedentaria alcachofa del Prat de Llobregat, pero con patas. La versión vegana
aquí crece exenta de sospechas, inocente por ahora, en los campos de cultivo
castigados sólo por los últimos temporales y por el precio del producto en
origen.
El simpático pangolín alcachofado
personifica la pesadilla por el contagio del coronavirus. Informan que ayer en
China se registraron 97 muertos, la cifra más elevada desde que la lacra se ha
divulgado. La sospechosa transparencia de las autoridades chinas en la gestión
de la epidemia no tranquiliza, al contrario. Como tampoco lo hacen las imágenes
de ciudades, como Pekín, desiertas en un país de 1.395 millones de personas a
finales de 2018.
Periódicamente nos llega la
amenaza medieval de una peste de amplio alcance en pucheros víricos cocinados
desde la globalidad con la que viaja la inmediatez de la vida contemporánea
-también los microbios- en cualquiera de las vertientes que nos ponen en
contacto. Como la gripe se contagia por transmisión aérea, con objetos y
sustancias contaminadas y por el trato entre personas. Fiebre, cansancio y tos
seca son los síntomas que presenta.
Esta mañana he coincidido con un
matrimonio chino con un único hijo -como regulaban en materia de alegría
conyugal las leyes del país- en un autobús urbano. Lleno hasta la bandera, el
matrimonio oriental en la plataforma del medio desafiaba el equilibrio con el
hijo único para no caer y para esquivar la prevención con que algún pasajero se
los contemplaba -por si tosían, supongo-. El estigma de esta peste también sacude,
dicen, a los rollitos de primavera y a los establecimientos que regentan.
El miedo es libre y el tópico vuelve a cobrar
vigencia con el coronavirus a pesar de los mensajes de calma profiláctica -¡lavémonos
las manos!- que recomiendan las autoridades sanitarias. Entre el temor y la
prevención se halla el inminente congreso del móvil en Barcelona que sufre un
goteo de deserciones y que pende de un hilo. Una edición complicada que ya
sufre los efectos colaterales. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel
Díaz Ayuso, se ha apresurado a declarar la comunidad libre de virus y de tos
amarilla. Ya hay quien exculpa el pangolín porque, según anunció la presidenta
madrileña, el gobierno regional estaba dispuesto a hacer lo necesario para
llevar el Mobile a la capital.
Parece que la presidenta se desdijo -y se ha lavado las manos-.
El temor a contagiarse y la
desconfianza a todo y a todos son malos compañeros de viaje. La angustia cuando
la peste ronda cercana y no es una probabilidad estadística sino que tiene
caras conocidas, vecinas, debe ser aterradora. La reacción irracional que
desata debe radicar en la memoria atávica por los estragos ocasionados.
Se podría hacer un repaso desde
las epidemias medievales y negras a las que, sin naturaleza vírica, nos
acometen habitualmente, modernas y tan drásticamente eficientes. Las hemos
incorporado sin aspavientos y con cierta naturalidad porque el solo hecho de
vivir ya es una aventura tanto o más temeraria.
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