sábado, 29 de febrero de 2020

El coronavirus, una pandemia sideral.

Dicen que el pangolín, aquella simpática alcachofa oriental con patas, se ha regraciado con la especie humana. La han expulsado de la liga de las criaturas sospechosas como mediadora en la epidemia que nos azota. La zoofobia suele tener un punto morboso en asuntos de pandemias y casi siempre ejerce el protagonismo -el malo- en las películas del género y a menudo magnificado, o como un murciélago asciende a la categoría de vampiro. Contrariamente, si no se trata de una falsedad -propagada velozmente como el virus-, en el episodio actual ya le habría tocado a un chucho encantador a quien la propietaria a base de carantoñas le ha acabado contagiando, pobre perro. 

Consumiéndose el mes de febrero de un año bisiesto -presuntamente olímpico-, el coronavirus lo vampiriza chupándonos la serenidad. La magnitud en el tratamiento informativo y las ocurrencias de todo tipo en las redes consiguen inquietarnos -acojonarnos- porque el miedo es libre y toda prevención parece hacer corto. 

Viajar en metro ya es un acto absolutamente épico. Soterrados en la oscuridad de un túnel nos deslizamos atemorizados convertidos en equilibristas del transporte urbano para no agarrarnos a las demasiado manoseadas barras de sujeción de los convoyes. Sin embargo esperamos estratégicamente a entrar o a salir del insano vagón mientras alguien no manipula la palanca o pulsa el botón de la puerta de acceso. Si no hay más remedio, hay que sujetarse bien arriba, allí donde no se suelen asir la mayoría de los mortales y pulsamos el dispositivo de acceso con cuidado y mucha prevención a no infectarnos. Desconfiamos de quien se acerca con aire flemático aunque sólo mendigue fuego, no permitas que te toquen la mano -o el encendedor-. Si no podemos ahorrar el contacto, inmediatamente debemos lavarnos las manos con jabón o con gel desinfectante bien a conciencia, el mejor remedio contra el desasosiego a sentirnos acabados de contaminar.

La infección según los datos que nos llegan provoca en la mayoría de casos síntomas moderados similares a los de la gripe y benignos. Informan que sólo el 4% de los pacientes requerirían hospitalización y cuidados intensivos. ¿Por qué, pues, los medios de comunicación se esfuerzan en difundir este estado de pánico? ¿Por qué provocan un estado de excepción limitando el movimiento de la población y la suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida en regiones enteras?

Los gobiernos por razones de salud y de seguridad pública han llegado a militarizar zonas urbanas con un celo extraordinario -¿desmesurado? -. Se confina a las personas y se prohíbe el acceso. Se suspenden todo tipo de eventos -el Mobile en el recuerdo y como un antecedente-. Se cierran los centros de enseñanza. También los museos. Se prohíben los desplazamientos a Italia y a otros destinos estigmatizados. Se llega a suspender la actividad laboral en espacios públicos... Se aplica la cuarentena vigilada activamente en casos confirmados entre aquellos que han estado en contacto directo con personas previamente confinadas. Una limitación de la libertad impuesta por los gobiernos que es percibida -y admitida- en nombre del miedo y por el anhelo de seguridad. Esta situación ha propiciado que la economía global sufra las consecuencias en las bolsas contaminadas por coronavirus con los síntomas asociados de severas dificultades respiratorias.

La inmortalidad tan propia de la tierna juventud tirita cuando una sacudida como una plaga bíblica, o no, la cuestiona. La historia está llena de momentos duros, de guerras, de pestes y de dudas. Desde la inseguridad personal y la manía intransferible transitamos hacia la incertidumbre multitudinaria, más verosímil y plausible, convertida en epidemia. Por eso aceptamos cualquier medida sin replicar y agradecidos aun. 

Acaban de confirmar que la OMS, la Organización Mundial de la Salud, habría alertado a los marcianos de turismo por la galaxia que en el planeta Tierra sólo reposten gasolina, justo una parada técnica sin rezagarse en las tiendas libres de impuestos por temor a una pandemia sideral. 

¡Que los dioses nos libren del trance!

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