Dicen que el pangolín, aquella
simpática alcachofa oriental con patas, se ha regraciado con la especie humana.
La han expulsado de la liga de las criaturas sospechosas como mediadora en la
epidemia que nos azota. La zoofobia suele tener un punto morboso en asuntos de
pandemias y casi siempre ejerce el protagonismo -el malo- en las películas del
género y a menudo magnificado, o como un murciélago asciende a la categoría de
vampiro. Contrariamente, si no se trata de una falsedad -propagada velozmente como
el virus-, en el episodio actual ya le habría tocado a un chucho encantador a
quien la propietaria a base de carantoñas le ha acabado contagiando, pobre perro.
Consumiéndose el mes de febrero
de un año bisiesto -presuntamente olímpico-, el coronavirus lo vampiriza chupándonos
la serenidad. La magnitud en el tratamiento informativo y las ocurrencias de
todo tipo en las redes consiguen inquietarnos -acojonarnos- porque el miedo es
libre y toda prevención parece hacer corto.
Viajar en metro ya es un acto
absolutamente épico. Soterrados en la oscuridad de un túnel nos deslizamos
atemorizados convertidos en equilibristas del transporte urbano para no
agarrarnos a las demasiado manoseadas barras de sujeción de los convoyes. Sin
embargo esperamos estratégicamente a entrar o a salir del insano vagón mientras
alguien no manipula la palanca o pulsa el botón de la puerta de acceso. Si no
hay más remedio, hay que sujetarse bien arriba, allí donde no se suelen asir la
mayoría de los mortales y pulsamos el dispositivo de acceso con cuidado y mucha
prevención a no infectarnos. Desconfiamos de quien se acerca con aire flemático
aunque sólo mendigue fuego, no permitas que te toquen la mano -o el encendedor-.
Si no podemos ahorrar el contacto, inmediatamente debemos lavarnos las manos
con jabón o con gel desinfectante bien a conciencia, el mejor remedio contra el
desasosiego a sentirnos acabados de contaminar.
La infección según los datos que
nos llegan provoca en la mayoría de casos síntomas moderados similares a los de
la gripe y benignos. Informan que sólo el 4% de los pacientes requerirían
hospitalización y cuidados intensivos. ¿Por qué, pues, los medios de
comunicación se esfuerzan en difundir este estado de pánico? ¿Por qué provocan
un estado de excepción limitando el movimiento de la población y la suspensión
del funcionamiento normal de las condiciones de vida en regiones enteras?
Los gobiernos por razones de
salud y de seguridad pública han llegado a militarizar zonas urbanas con un
celo extraordinario -¿desmesurado? -. Se confina a las personas y se prohíbe el
acceso. Se suspenden todo tipo de eventos -el Mobile en el recuerdo y como un antecedente-. Se cierran los
centros de enseñanza. También los museos. Se prohíben los desplazamientos a
Italia y a otros destinos estigmatizados. Se llega a suspender la actividad
laboral en espacios públicos... Se aplica la cuarentena vigilada activamente en
casos confirmados entre aquellos que han estado en contacto directo con personas
previamente confinadas. Una limitación de la libertad impuesta por los
gobiernos que es percibida -y admitida- en nombre del miedo y por el anhelo de
seguridad. Esta situación ha propiciado que la economía global sufra las
consecuencias en las bolsas contaminadas por coronavirus con los síntomas
asociados de severas dificultades respiratorias.
La inmortalidad tan propia de la
tierna juventud tirita cuando una sacudida como una plaga bíblica, o no, la
cuestiona. La historia está llena de momentos duros, de guerras, de pestes y de
dudas. Desde la inseguridad personal y la manía intransferible transitamos
hacia la incertidumbre multitudinaria, más verosímil y plausible, convertida en
epidemia. Por eso aceptamos cualquier medida sin replicar y agradecidos aun.
Acaban de confirmar que la OMS,
la Organización Mundial de la Salud, habría alertado a los marcianos de turismo
por la galaxia que en el planeta Tierra sólo reposten gasolina, justo una
parada técnica sin rezagarse en las tiendas libres de impuestos por temor a una
pandemia sideral.
¡Que los dioses nos libren del
trance!
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