Podría dedicar la sección que
corresponde a ellas. Que así sea y porque siempre va dirigida a quien se
refleja sin descubrir a un espantajo. También la podría consagrar a las
tormentas reales que los mapas de las borrascas políticas nacionales no
pregonan, al contrario, encubren. No pasa nada. Una necedad de regalo -según
airea la prensa internacional- de sólo 65 millones de euros a una rubia a quien
los abuelos del siglo pasado llamarían "cara". No pasa nada, la incondicional
"adhesión" monárquica -otro término propio de los antepasados del
siglo pasado- lo perdona todo. Naderías que sólo ponen de manifiesto la
generosidad de un rey -emérito-. No pasa nada, ya estamos avezados a la
corrupción endémica -¿estructural?- de los que tienen predicamento y un altavoz
moral. ¡Qué discursos, pero, más cínicos!
Podría insistir en el miedo a la
pandemia percibida por la mayoría de los que todavía nos movemos en transporte
público como ajena, sin escudo y lavándonos las manos. ¿Cómo evolucionará todo?
La dualidad de género va haciendo y debe seguir haciendo mucho camino hacia la
igualdad de derechos a pesar de los vientos que soplan. La corrupción y la
monarquía también perviven aunque estén más por las maratones que por el paseo
dominical. Y la peste, ya no tan amarilla, sigue ganando el partido antes de la
prórroga por la debilidad de las defensas. El panorama es decepcionante y se
podría intensificar aún más añadiendo las espeluznantes imágenes de los hechos
producidos en la frontera turca, en la raya de esta Europa que levanta efectivos muros más contundentes que el
ansiado por Trump en el horizonte roto de México.
Aportaré al panorama un punto de
nostalgia de la positiva con ritmo de los sesenta vivido esta semana en el
Palau de la Música. Arrastrado por el contexto, asistí acompañado por tres
señoras -un privilegio que se corresponde con la paridad de género del público
presente- a la 21ª edición del Festival Milenio protagonizado por Salvatore
Adamo. Una temeridad cautiva en un recinto enclaustrado y lleno a rebosar de
candidatas sensibles a la pandemia por el quórum de atacados por presuntas
patologías previas que propicia la franja generacional mayoritaria del
auditorio. Adamo fue el cantante que vendió más discos después de los Beatles. ¡Cien
millones de copias sin tener que dividir por cuatro!
Un concierto de dos horas y media
de duración sin descanso que puso a prueba al mismo Adamo y al minoritario
sector masculino. Una sesión donde la próstata -virus al margen- se convirtió en
la invitada que más transigió. El goteo de las constantes peregrinaciones es
constante y al final del concierto la heroicidad se destiló pausadamente entre
las colas a los aseos de caballeros que, inusitadamente, superaban con creces a
las de las señoras.
En la noche -la noche- el contrapunto musical fue cosa de ocho músicos
polivalentes que cambiaban de instrumento con eficacia y notable maestría. Uno
de los músicos ilustra esta versatilidad porque va alternando los teclados, el
clarinete, el acordeón o la guitarra. Es evidente que se trata de músicos con
mucha solfa. ¡Todo un lujo! El Palau enloqueció cuando salió el gran
protagonista, Salvatore Adamo. -¡Guapo! -algunas voces femeninas perdían el
pudor cultivado en las escuelas de monjas-. Apareció con determinación y
pulcramente vestido con la movilidad en cierto buen estado y envidiable, ya la
habríamos querido muchos. Con la carga de los éxitos en la espalda -los cien
millones de discos deben pesar mucho- inició el repertorio con la voz un poco
quebrada, como la que exhibimos los fumadores empedernidos cuando ensayamos en
la ducha matinal.
Traduce al castellano, a menudo
incomprensible, las letras de algunas canciones. Interpreta las nuevas y
desconocidas, demasiado largas comparadas con los grandes éxitos que las
admiradoras rendidas van exigiendo -¡La Noche! -insisten. Todo ha de llegar en
un concierto que va creciendo en intensidad y en la calidad vocal del cantante.
Cuenta que él es un migrante de origen siciliano.
¿Cuántas veces hemos escuchado a
Adamo? Tengo que reconocer el temple que todavía evocan y poseen algunos de
estos éxitos de los sesenta. La angustia inicial se diluye a medida que avanza
la noche y el concierto. Se acumulan los ramos de flores que entre canción y
canción le ofrecen las admiradoras -¡Guapo! -grita la platea y el gallinero. ¡Un
éxito! Un bálsamo que suaviza el miedo, los años y la movilidad. Después de los
temerarios brincos del protagonista y de las evoluciones escénicas que
comprometen severamente la consistencia del fémur, el desalojo del Palau
resultó mucho más fluido que no la empinada ascensión hacia la butaca. Pude constatar
el milagro de cómo alguien abandonaba la muleta y descendía los peldaños de dos
en dos.
Una pareja baila ajena al qué
dirán en el pasillo lateral del segundo piso. A mi desconocida vecina de fila se
le desdibuja literalmente el mundo columpiando las cervicales cuando el Palau
se pone de pie para mover las protésicas caderas y corear lo más popular de
Adamo. ¡Una gran noche! Finaliza rematando con "Aquella noche yo fui el cazador y el dueño del Palomar. Y sucedió
que más de una cayó...". Afortunadamente en las crónicas del concierto
del día después no hay constancia de ningún tropiezo. No hubo que lamentar ninguna
incidencia. La truculencia, pero, abarca otros ámbitos.
En la cama, mientras no logro
conciliar el sueño, pongo las manos en las caderas nostálgicas de la esperanza.
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