lunes, 9 de marzo de 2020

Las caderas de la nostalgia.


Podría dedicar la sección que corresponde a ellas. Que así sea y porque siempre va dirigida a quien se refleja sin descubrir a un espantajo. También la podría consagrar a las tormentas reales que los mapas de las borrascas políticas nacionales no pregonan, al contrario, encubren. No pasa nada. Una necedad de regalo -según airea la prensa internacional- de sólo 65 millones de euros a una rubia a quien los abuelos del siglo pasado llamarían "cara". No pasa nada, la incondicional "adhesión" monárquica -otro término propio de los antepasados del siglo pasado- lo perdona todo. Naderías que sólo ponen de manifiesto la generosidad de un rey -emérito-. No pasa nada, ya estamos avezados a la corrupción endémica -¿estructural?- de los que tienen predicamento y un altavoz moral. ¡Qué discursos, pero, más cínicos! 

Podría insistir en el miedo a la pandemia percibida por la mayoría de los que todavía nos movemos en transporte público como ajena, sin escudo y lavándonos las manos. ¿Cómo evolucionará todo? La dualidad de género va haciendo y debe seguir haciendo mucho camino hacia la igualdad de derechos a pesar de los vientos que soplan. La corrupción y la monarquía también perviven aunque estén más por las maratones que por el paseo dominical. Y la peste, ya no tan amarilla, sigue ganando el partido antes de la prórroga por la debilidad de las defensas. El panorama es decepcionante y se podría intensificar aún más añadiendo las espeluznantes imágenes de los hechos producidos en la frontera turca, en la raya de esta Europa que levanta efectivos muros más contundentes que el ansiado por Trump en el horizonte roto de México. 

Aportaré al panorama un punto de nostalgia de la positiva con ritmo de los sesenta vivido esta semana en el Palau de la Música. Arrastrado por el contexto, asistí acompañado por tres señoras -un privilegio que se corresponde con la paridad de género del público presente- a la 21ª edición del Festival Milenio protagonizado por Salvatore Adamo. Una temeridad cautiva en un recinto enclaustrado y lleno a rebosar de candidatas sensibles a la pandemia por el quórum de atacados por presuntas patologías previas que propicia la franja generacional mayoritaria del auditorio. Adamo fue el cantante que vendió más discos después de los Beatles. ¡Cien millones de copias sin tener que dividir por cuatro!

Un concierto de dos horas y media de duración sin descanso que puso a prueba al mismo Adamo y al minoritario sector masculino. Una sesión donde la próstata -virus al margen- se convirtió en la invitada que más transigió. El goteo de las constantes peregrinaciones es constante y al final del concierto la heroicidad se destiló pausadamente entre las colas a los aseos de caballeros que, inusitadamente, superaban con creces a las de las señoras. 

En la noche -la noche- el contrapunto musical fue cosa de ocho músicos polivalentes que cambiaban de instrumento con eficacia y notable maestría. Uno de los músicos ilustra esta versatilidad porque va alternando los teclados, el clarinete, el acordeón o la guitarra. Es evidente que se trata de músicos con mucha solfa. ¡Todo un lujo! El Palau enloqueció cuando salió el gran protagonista, Salvatore Adamo. -¡Guapo! -algunas voces femeninas perdían el pudor cultivado en las escuelas de monjas-. Apareció con determinación y pulcramente vestido con la movilidad en cierto buen estado y envidiable, ya la habríamos querido muchos. Con la carga de los éxitos en la espalda -los cien millones de discos deben pesar mucho- inició el repertorio con la voz un poco quebrada, como la que exhibimos los fumadores empedernidos cuando ensayamos en la ducha matinal. 

Traduce al castellano, a menudo incomprensible, las letras de algunas canciones. Interpreta las nuevas y desconocidas, demasiado largas comparadas con los grandes éxitos que las admiradoras rendidas van exigiendo -¡La Noche! -insisten. Todo ha de llegar en un concierto que va creciendo en intensidad y en la calidad vocal del cantante. Cuenta que él es un migrante de origen siciliano. 

¿Cuántas veces hemos escuchado a Adamo? Tengo que reconocer el temple que todavía evocan y poseen algunos de estos éxitos de los sesenta. La angustia inicial se diluye a medida que avanza la noche y el concierto. Se acumulan los ramos de flores que entre canción y canción le ofrecen las admiradoras -¡Guapo! -grita la platea y el gallinero. ¡Un éxito! Un bálsamo que suaviza el miedo, los años y la movilidad. Después de los temerarios brincos del protagonista y de las evoluciones escénicas que comprometen severamente la consistencia del fémur, el desalojo del Palau resultó mucho más fluido que no la empinada ascensión hacia la butaca. Pude constatar el milagro de cómo alguien abandonaba la muleta y descendía los peldaños de dos en dos. 

Una pareja baila ajena al qué dirán en el pasillo lateral del segundo piso. A mi desconocida vecina de fila se le desdibuja literalmente el mundo columpiando las cervicales cuando el Palau se pone de pie para mover las protésicas caderas y corear lo más popular de Adamo. ¡Una gran noche! Finaliza rematando con "Aquella noche yo fui el cazador y el dueño del Palomar. Y sucedió que más de una cayó...". Afortunadamente en las crónicas del concierto del día después no hay constancia de ningún tropiezo. No hubo que lamentar ninguna incidencia. La truculencia, pero, abarca otros ámbitos. 

En la cama, mientras no logro conciliar el sueño, pongo las manos en las caderas nostálgicas de la esperanza.
                             

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