He decidido que corresponde
empezar un diario, una especie de gaceta del confinado. Una forma más de
combatir la soledad que la circunstancia se comporta. Trataré de ahorrarme los
consejos, los tutoriales con lupa para detectar a la nociva criatura y sólo
constataré algunas de las ocurrencias que el momento propicia. Un ejercicio, el
que nos toca vivir, que nos debe hacer más solidarios y, sobre todo, más
humanamente reflexivos con un punto de generosidad egoísta. Tengámonos cuidado
entre todos. Inicio, pues, La gaceta del confinado.
Ayer viernes, con alevosía, las
autoridades nos enviaron a casa para combatir la expansión del microbio por
contacto directo. Una medida para apaciguar el contagio que condena la vida en
sociedad, la laboral y la de la comunidad de vecinos a la mínima expresión. La
primera sensación es de liberación, como un respiro en la vorágine de reuniones
y de visitas que de pronto se licuan en la pantalla de un ordenador, por ahora
inmune a los ataques virales que no sean los propiciados por la navegación
temeraria en océanos virtuales vedados o inconfesables. ¡Cuidado con los
flagelos de transmisión sexual virtuales! ¡Siempre a más de un metro de
distancia!
Había que cerrar y hacer caja
antes de largarse bien apresuradamente en medio del desconcierto y de la
avalancha de dudas que las autoridades irán concretando. ¿Y ahora qué? ¡Quedémonos
en casa! Ahorremos los movimientos innecesarios y dejemos de irradiar el
contagio, el miedo y el caos. Tenemos a los de los pueblos pintorescos y a los
de la costa un poco cabreados y asustados por la diáspora gratuita de aquellos
inconscientes que confunden el confinamiento con un fin de semana buscando
setas de primavera -que todavía no es temporada generosa de trompetas de la
muerte-. Que la red radial de autovías y de trenes con el ombligo en la Puerta
del Sol o los cercanías con final de trayecto en Plaza Cataluña no se conviertan
en la alta velocidad de la
propagación -¡Quieto, aquí! -Gritan los pastores a sus chuchos. ¡Hagámosles
caso!
Aunque poco asustados, porque nos
hacemos inmunes a la pandemia, el tráfico del personal a las tiendas ha sido lo
más significativo de la revuelta con barricadas de papel higiénico. ¿Qué
utilidad tiene acaparar tanto? Imagino que la gente tapia las rendijas de la
puerta, fabrica mascarillas caseras o somatiza el acojone que promueve la
prensa sensacionalista. Como postulaba un filósofo del pueblo vecino -él lo
soltaba en castellano que impresiona más y tiene un carácter como de diario
oficial- "la humanidad por lo inútil es incansable".
Por la parte que me toca sorteé
las colas civilizadas, en la calle y manteniendo escrupulosamente la distancia
aconsejada, delante del estanco habitual que me permite cultivar el vicio de
fumar. Cambié de expendeduría por una sin colas y que te regalan un encendedor
por cada cartón que mercadeas, ya tengo dos, de baratillo que reciclo para
encender las velitas que limpian la atmósfera y a la vez iluminan mis plegarias.
La democrática peste de alcance
totalitario no perdona ni cuando se lucha con la imperial espada, la boina
calada hasta las cejas y con poderosos "anticuerpos españoles" contra
"los malditos virus chinos hasta derrotarlos". Os hago el caso de los
estragos entre personajes públicos y políticos que tampoco pueden esquivar los
efectos. La embajada china ya habría respondido y reprendido el estallido de furor
exhibido deseando -al héroe hispánico de los anticuerpos con superpoderes- que
se recupere pronto liberándose de la plaga -y, también, de la boina-.
La vida hogareña mantiene una
paz, por ahora no precaria, asegurada por la entrada en vigor de los acuerdos
-sobreentendidos más que pactados- que pretenden garantizar la prevalencia de
las manías y de los hábitos que antes del confinamiento cada uno imponía a la
vida doméstica ahora trastornada por la táctica de guerrilla casera respecto
del espacio vital. Hay dos centros de interés declarados estratégicos: ¡la
nevera y el televisor! Para mantener la supervisión y el registro de la
intendencia -con el papel higiénico ya garantizado- empieza a ser prioritario
establecer la racionalidad de la despensa. La tentación ya no vive arriba sino
en la cocina. En la asamblea familiar hemos convenido que no abriremos la
nevera de par en par ni para picar.
Para no poner en peligro esta
armonía hemos colgado una tablilla con una especie de horario, torpe pero
eficaz, que regula la programación de la televisión y la ocupación unipersonal
del sofá. Con el desbarajuste informativo que a menudo no respeta las franjas
programadas ha estallado alguna leve fricción -¡Todavía no se acaba, este
rollo! -la sangre no llega a la nevera y la tolerancia suele prevaler. Quien
siempre pierde -me sabe mal- es la suegra cuando practicamos el juego de las
sillas. Como nos hemos de mover y mantener en forma, después de comprobar que
las maratones de la nevera al sofá resultan insuficientes para conservar el
tono muscular, a la planificación hemos añadido esta iniciativa deportiva y de
ocio que cohesiona al núcleo familiar.
¡Tengámonos cuidado entre todos! ¡Abrazos
virtuales!
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