A ello. Retomo este Reflejos con una realidad que a menudo
se verifica cuando nos parece que ya tenemos el pie en el cuello del monstruo,
se va la luz. Algo prosaico enunciado así porque tenemos el pago mensual al
corriente, no somos morosos por vicio, y no sufrimos de terrible pobreza
energética. Esta tarde se ha ido la luz, un apagón eléctrico que ha afectado el
bloque de viviendas y buena parte del barrio. En la oscuridad impuesta los
fantasmas del apocalipsis tienen el escenario predilecto. Instintivamente comprobamos
si la escalera también permanece a oscuras y si el ascensor funciona o también
los dioses de las tinieblas los señorean -¡Viene de ellos! -suelto como cuando
los grises de la Tv de los años sesenta de pronto se desvanecían.
En la oscuridad traicionera, los
operarios del gran interruptor van ensayando pero las ráfagas no se sostienen.
Se trata, sin embargo, del indicio que alguien -un héroe anónimo más- está
haciendo lo posible para remediarlo. Recupero unas velas que iluminen la
angustiosa incertidumbre mientras paso revista a los servicios que acaban de flaquear.
Me doy cuenta que la red no pesca peces, desconectado no puedo buscar a quien
debo avisar de la avería en el desbarajuste de compañías eléctricas que regulan
el mercado. Los números de urgencias de toda la vida ya no son operativos,
recita una amable y sensual contestadora automática. La calefacción se ha parado,
la nevera no enfría y tampoco calienta, las persianas se han paralizado, frívolas,
a medio camino como dedicándome un guiño. Lamentable y preocupante situación si
no vuelve la luz artificial. Ha tardado casi una hora en resolverse y se ha
repetido el apagón un rato más tarde. Por si acaso, en el intervalo he enchufado
el móvil al cargador para no vivir aún más ajeno, en la cara oscura de la luna
virtual.
Al decorado tenebroso se suma el
aullido del viento, sopla prudente con alguna racha impertinente, la banda
sonora que aporta más angustia aún. No es la mejor noche para el confinamiento.
Una sensación áspera que, una vez resuelta, me congracia con el arresto
domiciliario y lo percibo mucho más soportable. Qué alivio cuando el corte de
suministro eléctrico se ha arreglado, he pasado literalmente de una oscura
celda de aislamiento a poder dar una vuelta por la terraza, porque la persiana
se ha alzado, disfrutando de los geranios y de las violetas que no terminan de
florecer.
Hablando de arresto o de
detención domiciliarios veo que efectivamente estamos cumpliendo, por
responsabilidad solidaria, una pena con todas las de la ley con un punto de
militarización sobreactuada en exceso. Las comparecencias de los ministros mandamases
custodiados por tanta medalla locuaz no sé si pacifican demasiado el estado de
ánimo civil que reclama medios sin tantos toques de corneta y más personas
uniformadas de blanco o de verde esperanza, los colores del gremio de la
sanidad y de la ciencia experta.
Instalados en este estado de
sitio -también emocional- no necesitamos diccionarios bélicos ni odas a la
patria. De necesitarlos, queremos creernos que disponemos de los mejores generales
-no a los más temerarios- dirigiendo el campo de batalla mientras la tropa
cavamos trincheras en los balcones esquivando con mucha moral las balas
invisibles de la pandemia que nos ametralla -¡Virus, va! -pongámonos el
casco.
Cuesta vivir ajeno a la
información amarillenta de aquellos que le sacan rédito y audiencia. Duele
asistir a las interesadas proclamas de algunos profetas del día de ayer desde
la más absoluta gratuidad con fundamentos espurios. En la excepcionalidad sin
plazo podemos ser vulnerables, pero no nos podemos permitir ser idiotas. Ya
habrá tiempo para ajustar cuentas -a estas alturas continúa el bombardeo con
virus y amenazas-. ¡Oiga, el casco!
El momento propicia que aflore lo
más humanamente formidable porque es la hora de los héroes anónimos,
imprescindibles; pero también son días donde la condición humana, la del semblante
más miserable, salga de los cubiles cabalgando frívolamente como un jinete más
del apocalipsis. Tiempo habrá para analizarlo.
Con los días, regresando a esta
cotidianidad vertiginosa que no atrapamos, he averiguado que el acopio de papel
higiénico en algún caso tiene fundamento y responde a una necesidad
trascendente. En las tertulias de patio de vecinos, uno muy cercano de los que lo
almacena, podría reescribir el fondo completo de la Biblioteca Nacional de
Cataluña -con la letra pequeña también-, ha dejado registrado en el testamento
ante notario que, en caso de traspasar por la peste, quiere que le envuelvan
como a una momia del antiguo Egipto, pero con papel higiénico perfumado del de
textura suave que ha adquirido. Ha tenido la deferencia, si procede la
momificación -obviamente post faraónico traspaso-, de cederme en herencia el
remanente del preciado envoltorio fúnebre. Cosas de la vecindad entrañable que
me consuelan y me hacen más inmortal -básicamente por el testamento-. Con un -¡Quién
tenga más prisa, que pase delante! -nos hemos despedido y nos hemos cedido
mutuamente la prioridad y el usufructo del papel.
Cuesta de asimilar este estado de
cosas con las que nos hemos de resituar con nosotros mismos y con los espacios
que miramos con otros ojos, un poco como los rincones de una celda sin barrotes.
Con las calles insólitas, los rascacielos hoteleros sin turistas y sin iluminar
se impone cierto aire fantasmal al que pretendemos romper la cara cada noche
abocados a la calle aplaudiendo y agradeciendo el titánico esfuerzo a todos -¡todos!-
los héroes anónimos que no nos abandonan. A la vez que nos apoyamos y no nos
sentimos tan solos.
¡Ánimo! De esta saldremos.
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