jueves, 2 de abril de 2020

¡Niño, la maestra!

Los días lluviosos no invitan a salir de casa, son fatales para el comercio haciendo bueno el dicho de calles mojadas, caja seca –ahora más que nunca-. Expresiones que en las circunstancias vigentes adquieren un tono sarcástico y de mucha nostalgia aturdida por la incertidumbre que nos rodea. Mientras, rueda el tiempo a empujones intentando espantar a los fantasmas y la lluvia que nos salpican a manotazos. Continúo la gaceta del confinado bajo un paraguas virtual y con los mejores deseos empapados de agradecimiento. 

En esta edición permitidme que rompa uno de mis propósitos desde que empecé con Reflejos y Titiriteros -el 2013-, una eternidad. Creo que nunca he hablado de mi gremio. Como buen tertuliano –virtual- me he dedicado a opinar de lo que, precisamente, me es más ajeno -también de algunas miserias humanas-. Volviendo a los aforismos he practicado lo que torpemente prescribe el saber popular castellano con rima consonante: "¡Donde tengas la olla, no pongas la... pluma! -¡malpensados!-. Y así ha acontecido y lo he practicado. Creo que no encontrareis en ningún crónica de las 346 entradas del blog que preceden a esta de hoy, referencia explícita o exclusiva a algo relacionado con el mundo de los maestros en general. 

Digamos que por prevención, por inseguridad o por apocamiento –vete tú a saber- me he ahorrado de reflexionar sobre la educación y la enseñanza en las páginas de este blog. Lo mataba haciendo caso a otro dicho, aquel de "cada maestrillo tiene su librillo", que tampoco justifica mis silencios ni la precaución al respecto.

Volviendo al mundo de los maestros, unos personajes que según el clamor popular vivimos instalados en un estado de felicidad permanente, fundamentalmente por las vacaciones perpetuas que nos atribuye la sociedad en general y los abuelos en particular, volvemos a ser noticia colateral por el cierre de las escuelas y de todos los centros de enseñanza. No es que llegue la esperada semana santa o las vacaciones de primavera -como prefiráis- sino que un frenazo brusco en la vida cotidiana nos ha estampado contra el parabrisas de esta realidad tan poco idílica. 

El cierre repentino de escuelas no ha dado tiempo a los abuelos de pretextar una benigna gripe ficticia para escabullirse. Nos ha pillado a todos sin excepción, a los padres, a las madres, a las abuelas, a las tías, a los suegros... confinados en medio de una convivencia a menudo espesa, comprimida y difícil de soportar en algunos hogares. Quién explica y hace entender a los niños llenos de energía vital que no pueden salir de casa. Cómo les hacemos la existencia más llevadera y les tenemos ocupados y entretenidos mientras la reclusión cada vez cuesta más de tolerar. 

Los talleres de máscaras caseras, las exposiciones de dibujos en el recibidor, los títeres -¡Niño, suelta ya el gato!- han agotado la capacidad de sorpresa y la curiosidad con que nos los ingeniamos. Se han vuelto tan territorialmente osados ​​que han convertido el sofá en el tobogán particular y, sin pedir permiso, van al lavabo no levantando la mano ni bajando la tapa -¡Niño! ¿Y las trifulcas respecto de las virtudes de un plato de verdura ecológica y bien verde? Se nos agotan casi todos los chantajes emocionales y más aún, la promesa de comprarles una bicicleta que, por ahora, se convierte en un artefacto bastante inútil -y estático-. 

En las redes, he encontrado algo inverosímil, la demanda de mejoras en el sueldo para el colectivo de la tiza y la pizarra fundamentado -me temo- en sólo la tarea de vigilancia y de custodia que ahora recae, sin excusas, en unos padres a menudo cargados de exigencias que, en la situación actual, por supuesto, pasarían por alto. Sólo pondrían una, de condición, que las criaturas vuelvan a la escuela. Todo llegará, como debería llegar el reconocimiento de una tarea y de unos profesionales que tratan con material sensible y muy delicado. 

Dedico mi reconocimiento y admiración a mis compañeros que estos días también son efectivos de la tropa civil de heroínas. Muchas conjugan la condición de madre presencial y, al mismo tiempo, dedican horas, imaginación, recursos y mucho cariño a las criaturas de los demás confinadas en estado de campana impuesta. ¡Quedémonos en casa! Unos héroes que no son anónimos, estos tienen nombres, apellidos y, a veces, un mote -¡Cómo se pasa, el Bacterio, a la hora de poner los deberes de naturales! -suspiran los alumnos amorrados a la cosa digital. Profesionales obsesionados a no darse por vencidos que llaman a casa como los cobradores del frac, pero en materia de deberes y, lo más importante, porque todos nos queremos sentir acompañados en la excepcionalidad que viven nuestros alumnos -¡Niño, la maestra! 

Todo el mundo nos tendremos que reinventar en este parón. Algunos sólo desde la reclusión estricta. Otros han visto cambiado su trabajo que de un día para otro se ha llenado de una generosa responsabilidad insólita. De la sanidad a todos los que dejan la piel -y la salud- para que el mundo no se detenga aún más. Tendremos que tener memoria y agradecimiento. ¡Y los tendremos! En este colectivo de profesionales de todo tipo que continúa a pesar de las dificultades yo también incluyo al de los maestros, el de la enseñanza en general desde todas las vertientes posibles. La iniciativa, la creatividad y el compromiso servirán para amortiguar esta sacudida -¡Niño, el tutor!

Termino. Nos hemos reinventado de golpe y porrazo poniéndonos aún más al día en tecnología y en todo tipo de cachivaches que nos permitan la comunicación y el vernos la cara. Yo, por la parte que me toca, reclamaré un máster -no presencial- en videoconferencias. Acabaré, pues, con alguna recomendación para sobrevivir a esta modalidad que nos entra en nuestras casas vulnerando la intimidad personal. Al poner la cara también exponemos nuestras debilidades. Ojo con el decorado, con el trasfondo que exhibimos. Lo más neutro es la publicidad estática, aprovechamos la oportunidad para promover, por ejemplo,  las polémicas acelgas del tendero de la esquina. 

Yo colgaré, desde la virtualidad, como siempre un ¡Gracias! y un ¡Saldremos de esta!


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