La liberación de las criaturas
del fin de semana pasado ha sido un hecho remarcable y complejo. Sin embargo ha
oscilado entre la percepción positiva, de redención en un preludio esperanzado
de primavera y, por otro lado, se ha leído como algo nocivo, caótico e
irresponsable. También el preludio a un posible nuevo episodio ya que muchos
habrían podido contagiarse por la falta de compromiso de los progenitores que
se han amontonado y no se han protegido como correspondería. Una polémica que
ha llegado a poner en duda las cámaras fotográficas según el ángulo -y el
índice- de manipulación interesada de la instantánea que testimoniaba el
presunto desenfreno vivido en las ramblas y los paseos marítimos. ¿Hay alguien
más interesado en proteger a los hijos que los padres? Yo por razones obvias
-mis hijos ya se pasean solos-, no fui testigo.
Hay que contextualizar esta
estampida de las criaturas justo después de la fiesta de Sant Jordi sufrida en
la soledad virtual sin la escuela abierta y entre los tenderetes caseros de
libros por reeditar. El esfuerzo para llenar la atmósfera de dragones,
princesas y caballeros no se puede comparar a la fiesta cuando se celebraba en
la calle ni con las rosas de verdad que la edición de este año les -nos- han
escatimado. Los niños, quejándose por la molesta mascarilla y los pringosos
guantes, no las tenían todas consigo a la hora de cruzar la puerta. Les hemos
tenido que mentalizar y volver a programar asegurándoles que los microbios no
tienen el calibre -sí la mala leche- de los dragones que como moscardones nos
acechan en la calle. El conflicto de intereses ha supuesto un choque conceptual
que, en algunos casos, ha propiciado la agorafobia infantil atemorizados por
los virus, esos feroces enanos liliputienses.
Si avanzamos hacia el presente os
diré que los días pasan volando. No los alcanzo. Me he acostumbrado tanto a la
reclusión, ahora que empiezan a hablar de una amnistía por la gracia real, que
también me asusta un poco volver a salir de casa, como a los niños. Perdido y
desconcertado por el retorcido manual de desconfinamiento escalonado vivo
ciertamente desfasado. Nada nuevo si
no fuera porque durante estas semanas he empezado a flotar, acercándome a una
subsistencia mística, que se suele concretar en un sueño pastoril inspirado en
una parábola de Pablo Casado desde Valverde de Alcalá, no de Éfeso como lo
hacía el apóstol San Pablo, mientras literalmente levita–saltándose el confinamiento-
entre un rebaño de ovejas manchegas predicando la buena nueva con mascarilla -eso
sí- de cómo podemos, nosotros y la cabaña ovina, salir del callejón sin
salida.
Esta eternidad contada por
semanas ha originado una gramática nueva porque los políticos y los asesores
conocen el poder formidable de las palabras y de la potencia de la metáfora. Se
ha originado una especie de poética en tiempos del virus. Un hallazgo que, en
mi opinión, le falta un tenor capaz de seducir mientras recita. Alguien que,
después de escucharlo, nos apacigüe la desazón y nos haga sentir en buenas
manos. De tenores andamos servidos, y con buena planta, pero la letra de la
milonga triste y los coros -la oposición al completo- no acompañan. El
conjunto, esta gran filarmónica, a menudo interpreta falta de armonía y los
finos de oreja detectan que, a veces, desafina ajena a la solfa.
En esta poética vírica
evolucionamos del imperativo marcial ampliamente condecorado a la lírica civil
-y sutil-. El hallazgo que quieren consolidar, la joya semántica es el concepto
de la "nueva normalidad". Un eslogan más oportuno en periodos
electorales que para este momento caóticamente excepcional. La normalidad no
soporta adjetivos, sólo es normal lo
que lo es o no lo es. Todavía no he escuchado que le hayan diagnosticado, a
alguien, "un poco de coronavirus". Y la normalidad que nos espera,
así que pongamos los pies en la calle, no tendrá nada, de normal. Quizás una pesadilla que sólo se convertirá en normal si la
integramos y nos acostumbramos a base de miedo y de prevención. Y esta
realidad, que no normalidad, sí será totalmente nueva por estrenar.
El innovador hallazgo ha sido
afortunado y parece efectivo. Rezuma una promesa de felicidad cercana que
apunta de lleno a la mejora de las condiciones actuales y no engaña. La verdad,
sin embargo, será otra de inaudita. En medio de las gramáticas al uso que
conviven chirría un concepto nada afrutado que no tiene nada de refrescante,
bien al contrario. Administrativamente polvoriento, moteado de caspa y de connotaciones
grises reaparece con protagonismo insólito la versión más rancia del
"provincianismo". La provincia como unidad de destino en lo universal
para una organización sobrepasada y obsoleta. Abducir, que no compartir, la
gestión sanitaria desde la Puerta del Sol, kilómetro cero de las decisiones
políticas, cuando las competencias en materia de salud reconvirtieron desde
hace décadas al ministerio en algo testimonial, un gran jarrón chino,
puede que no haya sido lo más eficiente.
No puedo cerrar sin reconocer la
actuación estelar de uno de los grandes tenores globales, el ecuánime Donald
Trump, el Pavarotti del verso libre subido al escenario dándolo todo. Sudado,
trepidante y con el flequillo al estilo Elvis ondeando en la ultravioleta
contraluz de la comparecencia. Un líder que no sólo receta metáforas, ametralla
soluciones a cuatro manos. Yo he comenzado por inyectarme pequeñas dosis
-también de optimismo- siquiera por no recibir una de letal, de desinfectante
-y de normalidad nueva o en rodaje- para que no me blanquee en exceso el
pellejo. La ciencia aplicada americana trabaja en una previa ensayando on the rocks con lejía mientras no se
pone de acuerdo en la dosis precisa.
¡Ojo, desfasémonos con criterio y generosidad
de estos virus como dragones!
No hay comentarios:
Publicar un comentario