Hoy he vivido algo
extraordinario. Un episodio que recuerdas durante mucho tiempo, de los que sitúas
en una fecha y que propicia esa pregunta retórica de dónde estábamos el día que
sucedió aquello que incorporamos en
la biografía como una anécdota fundamental, un hito existencial de los que
podremos explicar porque no hemos sido, afortunadamente, una de las víctimas.
Un evento que colgamos en el catálogo de las ocurrencias con que castigar a los
niños del día de mañana cuando todo amarillea en la memoria de los calendarios
caducados. ¡Pues sí, una aventura!
He puesto los pies en la calle y
me han acogido la acera, el semáforo perezoso de la esquina guiñándome el ojo y
la extraordinaria calma que respira la ciudad. Una Barcelona inédita con una
alfombra de polen -como de confeti vegetal- de los plátanos coronados por
verdura lozana ejerciendo de contrapunto a la ausencia de multitudes en un
paisaje extraordinariamente silencioso. Avenidas y plazas parecía que querían
reponerse del sopor causado por una noche imposible de verbena sin cohetes.
Raro.
Aceras anchas liberadas de
turistas. Establecimientos mayoritariamente cerrados con alguno medio abierto
en una sospechosa legalidad absuelta por el deseo de esta normalidad que no
acaba de llegar. Con la ciudad sin el rodar trepidante de las maletas viajeras,
sin los inefables transeúntes ocasionales y sin las llamativas barricadas
humanas que provocan, las selfies han perdido a los protagonistas mientras los
monumentos, con el amor propio perjudicado, persisten atacados de
añoranza.
Tan raro como que te sirvan un
cortado sin derecho a barra. De pie y agradecido desplegamos el mapa incierto
-como unos turistas más de viaje por la nueva
normalidad- de lo que mudará en una renovada complicidad con el camarero de
siempre que contempla las mesas sobrantes con la misma melancolía que los
monumentos contemplan el vacío de las calles. ¡Con incertidumbre!
Un perro, que pasea desde la
distancia prudente, me rastrea arrastrando al dueño. Un ciclista -o una, con la
mascarilla y el casco no me atrevo a ser exacto- me abuchea porque he cruzado
el carril sin mirar. Me disculpo. Los municipales, desconsolados por lo que
solían, ya no otean vehículos. Se han reconvertido en adivinar peatones
descolocados, perdidos en una franja que no les corresponde. El hecho de
caminar te hace, como mínimo, sospechoso cuando no transgresor. Pongo cara de persona
formal, sin detenerme y sin querer levantar sospechas sigo mi camino. En
circunstancias normales me hubiera entretenido en cualquier escaparate
haciéndome el sueco, pero este recurso ya no me asiste. Con cierto sentimiento
de culpabilidad juego al gato y al ratón con los agentes del orden, cambio de
acera y procuro que no recelen. Respiro y aflojo el ritmo así que consigo
deshacerme de ellos en una hábil maniobra de esquina.
Como os decía, ¡una aventura! Se
me acelera el pulso con desazón adolescente. Como si te desplazaras con mucha
precaución hacia un encuentro secreto y pasional donde desahogar los abrazos
virtuales que nos hemos prometido con un punto de infidelidad inconfesable y,
al mismo tiempo, temeraria que empapa el momento con mucha adrenalina ya que la
pareja -de municipales- te puede pillar más que fuera de la franja horaria,
ubicado en un lugar donde no estás empadronado. ¡Qué trance! Me arrepiento de
no haberme camuflado más con el contexto, de no disponer de un chucho de los
que no tiran demasiado de la correa, de no ir vestido para la ocasión con
mallas y zapatillas sudadas. Prometo enmendarme.
Todas estas emociones y más se
han juntado en este inicio de desconfinamiento -que no de liberación- de la
clausura doméstica. Después de dos meses cumplidos esta mañana he reemprendido
el camino hacia el trabajo. Ha sido como si fuera la primera vez y tan decepcionante
como suelen ser las primeras ocasiones. He ido a recoger el ordenador
profesional en el despacho que me ha de permitir ciertas filigranas
administrativas que tenía vetadas desde el aparato personal.
En la oficina, el alboroto es
ahora quietud inusitada. Pasillos solitarios, mesas despobladas, teléfonos
mudos en un mundo silencioso que se rompe cuando la alarma comienza a aullar
escandalosamente e implacablemente. A pesar de haber pedido permiso, mi entrada
en la planta ha sido descubierta. Y me han sorprendido con un ordenador debajo
del brazo, no los municipales sino un guarda de seguridad que estaba al tanto -¡Te
he pillado! -ha dicho con simpatía socarrona. Ya presentía yo que la aventura
no acabaría bien -No es lo que parece, señor... -he murmurado avergonzado. Lo
hemos dejado estar aquí sin más explicaciones que no sea un compromiso, -¡No lo
volveré a hacer!
En el mundo exterior, más allá de los límites
municipales, provincianos o de región sanitaria, la vida sigue su curso. En
Badalona, por ejemplo, el puente del petróleo continúa con serias averías
estructurales y consistoriales.
En el mundo local -el de la vida
doméstica de pasillo- hoy ha llamado la médico del CAP para darnos el pésame
por la pérdida de la abuela. Un detalle humano que habla de los tragos que
sufren los profesionales de la salud. Ha sido un pésame sentido que, gracias a
los dioses, no era necesario porque la Montserrat, la suegra, a pesar de
cumplir noventa años sólo ha dimitido del juego de las sillas por razones
obvias. Sigue viva y en muy buen estado, más aún después de la sesión de
peluquería. La doctora también se ha alegrado -mucho- por la confusión y por la
metedura de pata en el recuento. Problemas en la preinscripción celestial,
digamos. También se les debe haber colapsado la aplicación. Ella está bien, en
forma y sin preocupaciones existenciales, sólo ha canjeado las misas diarias
por los agradecimientos fervorosos de cada tarde a los del gremio de la
sanidad, auténticas divinidades. Hoy con más fundamento, si fuera necesario,
porque ha vuelto a resucitar a pesar de los quebraderos de cabeza que le
asaltan a estas alturas por si la habrán borrado de la lista de pensionistas en
activo. ¡Larga vida!
La gaceta del confinamiento
continúa con un episodio solidario de proximidad más. Dos muchachos estudiantes
de música en la ESMUC cumplían el arresto enfrente de la calle hasta hace poco,
ya que han regresado a casa por las circunstancias. Uno era andaluz y pianista,
el otro percusionista y de Terrassa. Cada noche nos dedicaban una pieza de los
Beatles desde la profesionalidad y el coraje joven que los caracteriza. Yo les
tengo envidia de la buena a ambos, por la disciplina y por el dominio del
lenguaje musical -y por los bíceps del de las cazuelas con que practicaba a
falta de tambores-. La abuela Montserrat, la suegra, les tenía el corazón
robado, tanto que por Santa Montserrat le dedicaron el concierto puntual de las
ocho de la tarde. Y el pianista le redactó también un poema entrañable que dejó
en el buzón el día que se despedían. Ya nos habían cedido dos plantas para que
cuidemos de ellas hasta que el mundo de la solfa recupere la nueva normalidad,
los arpegios y la armonía de siempre. Plantas de piso de estudiantes sufridas
que antes de trasplantar liberé de la mascarilla, de los guantes y de los
ensayos. Ahora respiran.
¡Salud!
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