lunes, 25 de mayo de 2020

La cosa peluda.


A mediados de febrero nos informaban de algunas medidas imaginativas para evitar el contagio por coronavirus. Una de ellas consistía en raparse el cabello, una solución que adoptaron varios médicos y enfermeras de la región de Wuhan, punto donde se originó la epidemia. Según el personal sanitario, la medida permitía colocarse las mascarillas de forma más rápida y ajustarlas mejor, evitando posibles contagios. Aparte, aseguraban que se reducía el riesgo de infección.

Esta semana nos alertan respecto de la pérdida de cabello ya que podría ser un indicador para prever la gravedad del Covid-19. Esta es la hipótesis que plantea un estudio realizado por investigadores -¿turcos?- detectando la alta frecuencia de alopecia androgenètica -relacionada con las hormonas sexuales masculinas y motivo de la pérdida de pelo más común- entre los pacientes masculinos hospitalizados.

Los calvos tendremos que tener mucho cuidado porque entre los maneras contradictorias de leer la relación entre el pelo, la cosa vírica -y la alegría, como hace la dicha-, deberíamos abstenernos, pues, a exponernos placenteramente por el riesgo a contraer la plaga con más ligereza. Es un agravio hormonal acosando al colectivo de los pelones que sólo se puede compensar por el impedimento evidente a tomarnos aún más el pelo. 

Superada la tragedia capilar que nos ha afectado estas semanas antes que las peluquerías abrieran, reconocidas como un servicio esencial en alguna fase del confinamiento -debería repasar los manuales con la rolliza normativa al respecto- la cosa peluda tiene un protagonismo al alza en la bolsa vital de la existencia. 

Los centros de interés oscilaron también por fases bien marcadas. La primera, la culpable de todos los males y la causante de este estado de prevención tan poco soportable, ha sido la vírica. Así que el miedo a contagiarse o a no curarse se ha hecho un lugar en la mesa, como un invitado habitual más, los dardos apuntan a la diana de los formidables efectos socioeconómicos, catastróficos, que la peste nos ha dejado. Se ha instalado a codazos en la mesa de algunas familias para devorarlo todo ávidamente. 

La tercera andanada mediática, por cansancio y reiteración de las anteriores, se dirige a aquellos aspectos colaterales que nos ha llevado la pandemia. Triunfan, estos días, los estudios sociológicos diversos respecto de los comportamientos y de las dinámicas que las circunstancias han impuesto, básicamente la reclusión. Ya he detectado en varios medios que dedican jugosos estudios a cómo el personal resuelve la "cosa peluda" y el gozo vital que conlleva a quien la cultiva.

La casuística se analiza desde las diferentes vertientes posibles. Si soportamos el trance solos. Si lo hacemos en pareja o si somos un congreso generacional conviviendo en un mismo espacio comprimido. La soledad resolvería la necesidad desde la práctica amanuense reescribiendo coloridas páginas sensuales que, generalmente, terminan felizmente. Nada nuevo bajo la capa del sol si no fuera por el efecto mancha de aceite con que las videoconferencias y las posibilidades tecnológicas -y profilácticas- nos han salpicado. Las últimas novedades, vinculadas a la conectividad sin cables -ni pareja-, tienen mucha demanda. Se habrían disparado los juguetes sexuales unipersonales que se activan e interaccionan desde la lejanía, en las antípodas. ¡Un estallido innovador respecto de la superada artesanía tradicional!

El capítulo que analiza el mundo de la pareja se concreta en un repertorio de recursos variados y de posicionamientos innovadores o ya ensayados que tendremos que analizar desde los indicadores de resultados que se deriven. Uno será el porcentaje de rupturas en la pareja. Si este se impone tendremos que confirmar que el antídoto más poderoso contra el arrebato pasional es la convivencia a jornada completa, que no la habría salvado ni un concurso de apareamiento de calcetines en guerrilla. Al contrario, el indicador opuesto medirá el porcentaje de la alegría conyugal destilado en un nuevo baby boom -el de la pandemia-. Paso por alto los índices térmicos de la calidez corporal en los núcleos de convivencia estrujada.

Podríamos concluir que esto del artefacto piloso es como un masterchef donde cada uno guisa según los ingredientes y las aptitudes culinarias de que dispone. Las manos y el amor por la cocina son fundamentales. Con el justo aderezo para que los rituales imprescindibles como el punto de cocción y la disposición de la mesa no nos rompan el plato ni nos chamusquen las viandas.

¡Alerta, porque la cosa peluda tiene fecha de caducidad; dentro de cien años, todos calvos!

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