A mediados de febrero nos
informaban de algunas medidas imaginativas para evitar el contagio por
coronavirus. Una de ellas consistía en raparse el cabello, una solución que
adoptaron varios médicos y enfermeras de la región de Wuhan, punto donde se originó
la epidemia. Según el personal sanitario, la medida permitía colocarse las
mascarillas de forma más rápida y ajustarlas mejor, evitando posibles
contagios. Aparte, aseguraban que se reducía el riesgo de infección.
Esta semana nos alertan respecto
de la pérdida de cabello ya que podría ser un indicador para prever la gravedad
del Covid-19. Esta es la hipótesis que plantea un estudio realizado por
investigadores -¿turcos?- detectando la alta frecuencia de alopecia androgenètica
-relacionada con las hormonas sexuales masculinas y motivo de la pérdida de
pelo más común- entre los pacientes masculinos hospitalizados.
Los calvos tendremos que tener
mucho cuidado porque entre los maneras contradictorias de leer la relación entre
el pelo, la cosa vírica -y la alegría, como hace la dicha-, deberíamos
abstenernos, pues, a exponernos placenteramente por el riesgo a contraer la
plaga con más ligereza. Es un agravio hormonal acosando al colectivo de los pelones
que sólo se puede compensar por el impedimento evidente a tomarnos aún más el
pelo.
Superada la tragedia capilar que
nos ha afectado estas semanas antes que las peluquerías abrieran, reconocidas
como un servicio esencial en alguna fase del confinamiento -debería repasar los
manuales con la rolliza normativa al respecto- la cosa peluda tiene un
protagonismo al alza en la bolsa vital de la existencia.
Los centros de interés oscilaron
también por fases bien marcadas. La primera, la culpable de todos los males y
la causante de este estado de prevención tan poco soportable, ha sido la
vírica. Así que el miedo a contagiarse o a no curarse se ha hecho un lugar en
la mesa, como un invitado habitual más, los dardos apuntan a la diana de los
formidables efectos socioeconómicos, catastróficos, que la peste nos ha dejado.
Se ha instalado a codazos en la mesa de algunas familias para devorarlo todo ávidamente.
La tercera andanada mediática,
por cansancio y reiteración de las anteriores, se dirige a aquellos aspectos
colaterales que nos ha llevado la pandemia. Triunfan, estos días, los estudios
sociológicos diversos respecto de los comportamientos y de las dinámicas que
las circunstancias han impuesto, básicamente la reclusión. Ya he detectado en
varios medios que dedican jugosos estudios a cómo el personal resuelve la
"cosa peluda" y el gozo vital que conlleva a quien la cultiva.
La casuística se analiza desde las
diferentes vertientes posibles. Si soportamos el trance solos. Si lo hacemos en
pareja o si somos un congreso generacional conviviendo en un mismo espacio
comprimido. La soledad resolvería la necesidad desde la práctica amanuense
reescribiendo coloridas páginas sensuales que, generalmente, terminan
felizmente. Nada nuevo bajo la capa del sol si no fuera por el efecto mancha de
aceite con que las videoconferencias y las posibilidades tecnológicas -y profilácticas-
nos han salpicado. Las últimas novedades, vinculadas a la conectividad sin
cables -ni pareja-, tienen mucha demanda. Se habrían disparado los juguetes
sexuales unipersonales que se activan e interaccionan desde la lejanía, en las
antípodas. ¡Un estallido innovador respecto de la superada artesanía
tradicional!
El capítulo que analiza el mundo
de la pareja se concreta en un repertorio de recursos variados y de
posicionamientos innovadores o ya ensayados que tendremos que analizar desde
los indicadores de resultados que se deriven. Uno será el porcentaje de
rupturas en la pareja. Si este se impone tendremos que confirmar que el
antídoto más poderoso contra el arrebato pasional es la convivencia a jornada
completa, que no la habría salvado ni un concurso de apareamiento de calcetines
en guerrilla. Al contrario, el indicador opuesto medirá el porcentaje de la
alegría conyugal destilado en un nuevo baby
boom -el de la pandemia-. Paso por alto los índices térmicos de la calidez
corporal en los núcleos de convivencia estrujada.
Podríamos concluir que esto del artefacto
piloso es como un masterchef donde
cada uno guisa según los ingredientes y las aptitudes culinarias de que
dispone. Las manos y el amor por la cocina son fundamentales. Con el justo aderezo
para que los rituales imprescindibles como el punto de cocción y la disposición
de la mesa no nos rompan el plato ni nos chamusquen las viandas.
¡Alerta, porque la cosa peluda
tiene fecha de caducidad; dentro de cien años, todos calvos!
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