Perdido en la inmensidad de la
incertidumbre me esfuerzo por no caer en la desesperación. Cómo cuesta imaginar
estrategias para soportarlo con cierto optimismo razonable. Esto de vivir los
días con la sensación de que lo más inédito que acontece es la elección del
menú correspondiente, así que volvemos de repasar una y otra vez las guaridas
bien aprendidas entre los rincones del piso, es cansado. Cuento mecánicamente
los pasos al confinamiento y las veces que lo mido desde la conciencia
privilegiada de no estar afectado por el virus. Espero que no llegue el momento
de tachar los días en el calendario de pared, disimulado tras la puerta de la
cocina, calculando el plazo aún sin fecha establecida para recuperarme o para
salir de la celda.
¡En estos días cómo nos redimen
el teléfono y las redes sociales, cuántas amistades reencontradas! Una especie
de conjura bajo la complicidad recíproca o grupal cuando nos vemos las caras y
nos atropellamos para decir la nuestra. ¡Ánimo! Videoconferencias que
participan de cierto neorrealismo pandémico
con bandas sonoras salpicadas por algaradas infantiles que se resuelven en un
foro donde acabamos cuestionando a la modista, el maquillaje y, con fundamento,
la peluquería de la producción. Cuántos no hemos descubierto que con un par de
equipaciones de poca monta, también llamados chándales, tenemos suficiente. La
situación actual donde se encarniza de lleno y causa auténticos estragos, sin
embargo, es en la lozanía capilar de las mujeres -señoras- acostumbradas al
lavado de peluquería semanal y al plis
que modelaba el peinado por no hablar de las raíces que no paran de crecer cual
malas hierbas como una nueva tendencia de la peluquería de campaña en estado de
alarma -¡estética! -.
Esta gaceta del confinamiento va
adquiriendo un espesor enciclopédico considerable, aún en pañales, con el
consuelo convertido en epidemia que, cuando impacta en muchas y muchas
personas, la llamamos pandemia. Nos hallamos en las coordenadas de la
incertidumbre esquina con el desconcierto y el miedo acostumbrándonos a ello,
por pura subsistencia, con un punto de esperanza. Ruedan los días envueltos en mortajas manipuladas por las frías estadísticas que no pueden cuantificar la
soledad en la hora de los adioses, cuando los hermanos deberían poder darse las
manos.
No me atrevo a ejercer de profeta
emitiendo predicciones. No lo pretendo. Me pregunto, eso sí, qué saldrá de todo
esto así que este contagio afloje o los sabios encuentren la curandera piedra
mágica que nos sane. ¿Habremos aprendido algo? ¿Cómo reaccionaremos? Habrá que
verlo y sufrirlo. Cierto que no es necesario ser un vidente para adivinar que
el panorama social y económico al que nos aboca la pandemia es de pronóstico
muy grave, nos deja el peinado como un nido de cotorras, con los pelos de punta
y, a muchos, con el culo al aire.
¿De la lección, qué aprenderemos?
Interpretando el momento que nos azota como una plaga divina quizás deberemos
ofrendar a los dioses cabreados más respeto y una devoción fervorosa por todo lo
que nos rodea. Apaciguada la furibunda ira divina, llegado el momento de atenuar
el confinamiento hacia la "nueva"
normalidad que anuncian los políticos quizá asistiremos a la reedición de los
"felices" años veinte con una ley seca que nos vuelva abstemios de
prepotencias y de desenfrenos de todo tipo excesivos. Prudentes, previsores y
capaces de reinventarnos como especie que necesita vivir -y convivir-
prevenidos contra los listos oportunistas y los diversos predadores que sacan tajada de ello.
¡Brindo por el domingo, por estos
felices años veinte y por una normalidad que realmente sea nueva!
¡Cuidémonos!
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