El descrédito político alcanza
cotas muy altas. La imagen proyectada en las últimas sesiones de investidura en
el Congreso de los Diputados en Madrid ha provocado que los leones, de natural
imperturbables, también se hayan escandalizado. En una reciente imagen de agencia
se les puede ver cómo han girado la cabeza y miran hacia el interior del
hemiciclo con las cabelleras despeinadas, estresados, como dispuestos a darse
el piro por si también les zurran la badana. El asombro felino -¡felliniano!-
es el indicio de las turbulencias que cargan la atmósfera política española
condensada en la Cámara Baja -un adjetivo bien oportuno-. El comportamiento
exhibido es muy lamentable. Vergonzoso. ¡Nos representa quien hemos elegido,
compañeros! Ellos son, en consecuencia, el espejo en el que se refleja el
pueblo soberano.
En la tradición literaria hispana
hay un arquetipo que hizo mucha fortuna, el pícaro, un liante oportunista que
no por cambiar de lugar -y de época- mudaba de condición. Navegando por la
historia de los géneros también sobresalió la visión, por ácida y valiente, del
esperpento. El genio quiso convertir los dioses en personajes de sainete desde
una visión artística o estética personalísima contemplando el mundo que le tocó
vivir. La picaresca esperpéntica hoy se localizó en Teruel donde otro novelista
podría resituar El disputado voto del
señor Cayo.
Se han visto escenas bien
castizas que podríamos calificar de impagables, que formarán parte del
imaginario histórico con un punto torero cuando un diputado de la mesa -un
desertor del mundo de los toros- ha ejecutado con diestra precisión un valeroso
desplante, el arte temerario de dar
la espalda al morlaco desatendiéndole con donaire. Hago constar que hay que ser
muy valiente para practicar esta modalidad propia de la tauromaquia más
ortodoxa desde la barrera de la Cámara Baja.
También hemos asistido a la muy
nuestra reedición de las sesiones de una congresista -tránsfuga del Parlamento
catalán en este caso- que nos ha hecho sentir como en casa. Con qué gracia y tronío
blandía un cartel anunciando los rounds.
Ya hay una plataforma de catalanes agraviados por la deserción que exigen su regreso.
¡Cuánta nostalgia a tanta orfandad!
Hay un diputado que se ha
desdicho de la tila para reclamar directamente "educación", porque la
imagen que nos ha dejado la investidura del nuevo presidente es desalentadora.
La grosería gestual o el griterío no pueden convertirse en el manual de estilo
de la cámara, donde no debería ser suficiente de parecer un señor/a o un
diputado/a, deberían serlo.
Aparte de la puesta en escena
descrita, de la tramoya gestual, del pobre decorado de representación popular
de la adoración de les reyes magos desplegado, tampoco los discursos han sido
para tirar cohetes. Podríamos abrir el capítulo de los insultos y de las descalificaciones
que hemos presenciado en el templo de la presunta oratoria, que han provocado
un pequeño seísmo en la sepultura olvidada de Emilio Castelar desterrando las
dudas del lugar en el cual reposa, la sacudida ha servido para confirmar que su
osamenta descansa en un cementerio de Madrid.
Esto sólo puede funcionar si
hacemos caso al obispo Cañizares, el santo varón que ha llamado a rezar por
España mientras no se aclara esta incierta tormenta de desamortización de la
derecha española en el gobierno del estado.
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