jueves, 9 de enero de 2020

El disputado voto del señor Cayo.

El descrédito político alcanza cotas muy altas. La imagen proyectada en las últimas sesiones de investidura en el Congreso de los Diputados en Madrid ha provocado que los leones, de natural imperturbables, también se hayan escandalizado. En una reciente imagen de agencia se les puede ver cómo han girado la cabeza y miran hacia el interior del hemiciclo con las cabelleras despeinadas, estresados, como dispuestos a darse el piro por si también les zurran la badana. El asombro felino -¡felliniano!- es el indicio de las turbulencias que cargan la atmósfera política española condensada en la Cámara Baja -un adjetivo bien oportuno-. El comportamiento exhibido es muy lamentable. Vergonzoso. ¡Nos representa quien hemos elegido, compañeros! Ellos son, en consecuencia, el espejo en el que se refleja el pueblo soberano. 

En la tradición literaria hispana hay un arquetipo que hizo mucha fortuna, el pícaro, un liante oportunista que no por cambiar de lugar -y de época- mudaba de condición. Navegando por la historia de los géneros también sobresalió la visión, por ácida y valiente, del esperpento. El genio quiso convertir los dioses en personajes de sainete desde una visión artística o estética personalísima contemplando el mundo que le tocó vivir. La picaresca esperpéntica hoy se localizó en Teruel donde otro novelista podría resituar El disputado voto del señor Cayo

Se han visto escenas bien castizas que podríamos calificar de impagables, que formarán parte del imaginario histórico con un punto torero cuando un diputado de la mesa -un desertor del mundo de los toros- ha ejecutado con diestra precisión un valeroso desplante, el arte temerario de dar la espalda al morlaco desatendiéndole con donaire. Hago constar que hay que ser muy valiente para practicar esta modalidad propia de la tauromaquia más ortodoxa desde la barrera de la Cámara Baja.

También hemos asistido a la muy nuestra reedición de las sesiones de una congresista -tránsfuga del Parlamento catalán en este caso- que nos ha hecho sentir como en casa. Con qué gracia y tronío blandía un cartel anunciando los rounds. Ya hay una plataforma de catalanes agraviados por la deserción que exigen su regreso. ¡Cuánta nostalgia a tanta orfandad! 

Hay un diputado que se ha desdicho de la tila para reclamar directamente "educación", porque la imagen que nos ha dejado la investidura del nuevo presidente es desalentadora. La grosería gestual o el griterío no pueden convertirse en el manual de estilo de la cámara, donde no debería ser suficiente de parecer un señor/a o un diputado/a, deberían serlo. 

Aparte de la puesta en escena descrita, de la tramoya gestual, del pobre decorado de representación popular de la adoración de les reyes magos desplegado, tampoco los discursos han sido para tirar cohetes. Podríamos abrir el capítulo de los insultos y de las descalificaciones que hemos presenciado en el templo de la presunta oratoria, que han provocado un pequeño seísmo en la sepultura olvidada de Emilio Castelar desterrando las dudas del lugar en el cual reposa, la sacudida ha servido para confirmar que su osamenta descansa en un cementerio de Madrid. 

Esto sólo puede funcionar si hacemos caso al obispo Cañizares, el santo varón que ha llamado a rezar por España mientras no se aclara esta incierta tormenta de desamortización de la derecha española en el gobierno del estado.


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