domingo, 29 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad. A Belén con la Renfe.



Dedicado a María Labró, de la peripecia para llegar a Belén con la Remfla


La aventura concluye cuando los protagonistas de este cuento de Navidad se intercambian los teléfonos móviles y acuerdan crear un grupo de apoyo en WhatsApp. Los vínculos que han establecido son de los que perduran a lo largo de los años y que recordarán cada Navidad. Se abrazan, se desean, a pesar de todo, buenas fiestas y un año nuevo mejor. 

Todo comienza cuando decidió coger el tren que la trasladaría a Ripoll a media mañana para no llegar tarde a la comida familiar de Navidad. La premonición que ya anticipaba cierto desorden en la regularidad de la línea se inicia al tener que desplazarse a la estación de Sant Andreu Arenal porque las obras del túnel de las Glòries han alterado el recorrido urbano, el convoy no se detiene en Plaza Catalunya ni tampoco lo hace en Arc de Triomf. Sacrificios por la mejora de la movilidad barcelonesa que inciden en los cercanías y en la línea de Ripoll. 

Viajar justo en un día tan señalado tiene ciertos riesgos con que ella no contaba. A un tris de no llegar. De hecho, anduvo toda la mañana empantanada entre la incertidumbre y la desinformación cautiva de los retrasos y por las anulaciones del servicio. Le tocó vivir una situación más propia del aeropuerto del Prat en una huelga de los controladores que de la Remfla. Así era como llamaba a la Renfe un mozo de una casa de payés que a mediados del siglo pasado presumía que gracias al tren, que entonces llegaba a San Juan de las Abadesas, en una mañana se plantaba en Barcelona justo para disfrutar de un buen arroz plagado de exóticas chirlas en el restaurante 7 Portes. ¡Los años -y los trenes- no pasan por esta línea! 

Ya costó que el tren previsto llegara al andén. Los "problemas técnicos" empezaban a acumular retraso. Tuvo suerte y pudo sentarse. No viaja demasiado personal el veinticinco de diciembre. Pasajeros que ayer todavía trabajaban y algunos que van y vienen en el mismo día, suben para la comida familiar cargados con el tió y vuelven a bajar mecidos por el ritmo ferroviario mientras digieren la escudella, el cocido de la comida navideña y los besos de los nietos agradecidos. Entre ellos, una tía abuela bastante activa buscando el compañerismo muy cargada con fiambreras y regalos varios.

La complicidad se estableció así que alguien detectó que al retraso se sumaba la deserción del maquinista. Alertado el pasaje por un jubilado erudito en trenes se alborotó el gallinero quebrando el silencio con reproches y quejas diversas. Nadie informaba y ese tren ya llevaba cerca de una hora de retraso sin que la Remfla les advirtiera. Había en juego la comida de navidad con la familia o que el tió llegara con la puntualidad que la compañía no se comportaba. Una buena excusa, los retrasos acostumbrados de esta línea no justificaban la comida a las tantas o que las criaturas se impacienten porque el leño con barretina después de tantos días de atracarse con fe e ilusión inocentes no cague nada. 

A medida que crecía la desesperación también lo hacía la camaradería. Cada uno se lamentaba y explicaba la circunstancia personal que le lleva a viajar el mismo día de Navidad. Quizás porque era Navidad floreció cierta connivencia entre estas personas amontonadas en el andén de la desesperación sin un maquinista. El entendido primo lejano de un ferroviario retirado anunció en defensa del gremio -por solidaridad con la parentela- que "en su época esto no sucedía" porque era algo sagrado, como los barcos cuando surcan los océanos, y el capitán es el último en abandonar la nave. No era el caso. En la Plana de Vic no hay icebergs y aquel navío no había salido aún del puerto, replicó un hombre prepensionista muy enfadado con el mundo en general que desgranó un discurso contundente respecto de las infraestructuras -de la línea de Ripoll en concreto -, del trato por parte del gobierno estatal en materia de cercanías y de las medidas que habría que tomar así que Cataluña se convierta en una República de pleno derecho. La mayoría de los agravados asintieron, llevaba la razón.

La tía abuela tras despotricar que no suban las pensiones hasta que no haya gobierno en Madrid se dirigió a la joven -Niña, yo tengo comida y turrones, si quieres... -como que aquello iba para largo la abuela de los tuppers y del tió envuelto para regalo quiso pacificar la subida de tensión que causó el discurso del encolerizado que tenía previsto bajar en Centelles. La tía abuela se dirigía fundamentalmente a la pareja joven con la mujer ostensiblemente embarazada. A las mujeres en este estado no hay que contrariarlas con retrasos. Era un detalle con un punto generoso de pollo de corral al horno y una pizca de turrón dulce. "-¡No pasaremos hambre!" -ofreció generosa también a todos los presentes. A esa abuela la situación le comportaba compañía y la posibilidad de montar un picnic que también espanta la soledad  en un día tan señalado si se demoraba o no llegaba a la comida de Navidad. De hecho, podía soportar el asedio ferroviario porque iba bien provista. 

La irritación se iba amortiguando hasta detenerse -como el convoy que no había dado un paso- con cierto conformismo. No se podía hacer nada. Sólo no perder la paciencia, sobreponerse al trance y tener esperanza. En las vías próximas cruzaban apresurados los trenes con una luz muy brillante como una estrella de Oriente que guía a los maquinistas hacia el portal de Belén. 

La incertidumbre se resolvió un poco cuando les hicieron cambiar de convoy y les anunciaron la buena nueva, aquel tren saldría con más o menos inmediatez vadeando, pero, algunas estaciones. Algo que volvió a encender las iras del que se apeaba en Centelles. Se colocaron respetando los asientos, tal y como se habían distribuido en el vagón anterior, sólo consintieron que la pareja con la mujer embarazada se situara en el sentido de la marcha para que no se mareara. Se tejían lazos confidenciales entre cordialidades. Que ya se interpelan por el nombre, eran como vecinos de butaca de toda la vida. 

La magia navideña obró finalmente el milagro rezagado y el tren con un maquinista incluido cortaba la niebla deshilachada de la región con aquella estrella potente de la locomotora que irradiaba chulería ferroviaria. "¡Próxima estación Vic!". La tía abuela, Gabriela, andaba muy pendiente de aquella joven en estado ofreciéndole agua, mandarinas o lo que llevaba en ese surtido de fiambreras de plástico. Fue la primera en anunciar que el parto era inminente porque la madre primeriza en un bache inoportuno, ya en tierras ripollesas, rompió aguas. La previsión casual hizo que uno de los regalos del tió -el de la cuñada- consistiera en un lote de toallas portuguesas con las iniciales que ella, Gabriela, había bordado. 

¡Qué susto! ¡Qué alboroto! El tren se detuvo, alertado el maquinista, justo con la cabeza encajada en el comienzo de un túnel, podría asemejarse a una especie de pesebre moderno con catenaria y el semáforo que parpadea. Resultó fácil y muy rápido. En un santiamén el llanto de una criatura asaltó la mañana, ahora soleada, de la Navidad. 

El telediario vespertino abrió la edición con la noticia de que en el tren con destino Puigcerdà / La Tour de Carol había nacido, aunque con retraso, una criatura a la que habían puesto el nombre de Jesús. Las réplicas informativas internacionales situaban el prodigio en el "tren bala del Ripollès", como es conocido por los usuarios habituales que lo sufren.



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