El
soniquete de los niños cantando los premios de la lotería nacional anuncia como
los días y los rituales tienen un vínculo cíclico. Estamos en el periodo
navideño dispuestos a comenzar otro año natural. Es el momento de desear lo
mejor, ¡felices fiestas y un buen año! Por la vía que sea dedicamos unos
instantes a comunicarlo a aquellos que nos rodean y nos importan, en el
trabajo, a la familia, a los amigos. A quién queremos y nos quieren. Un
arrebato de buenos deseos que esparcimos sentidamente con la idea de que deben
cumplirse ya que por navidad, ¡toca!
La cantilena
con estribillo aritmético de los niños -¡y niñas!- proclamando el azar se ha convertido
en algo tan imprescindible como las bolas de colores y las guirnaldas para el
árbol de navidad. Una tradición, rancia y pérfida para los descreídos y para
los entendidos en estadística, que nos tienta. -¿Y si toca aquí? -incita a la
clientela un cartel torpe en el establecimiento donde solemos tomar un café
asiduamente. La probabilidad es infinitesimal y la suerte esquiva. Pero, ¿y si
toca? Y si lo compartes por compromiso, por no ser el raro. Aflojas y te sumas
a la inversión de esperanza, todo un acto de fe, firmando un convenio con la
fortuna, puro azar, y sino salud. También os deseo mucha salud, empedernidos
jugadores de loterías navideñas, a aquellos que no os ha tocado todavía.
De la
tentación en todas las vertientes desde donde nos hace un guiño podríamos
escribir un manual bien gordo. Tentaciones veganas -y carnales-, de poder, de riqueza...
Cada uno las resuelve a su manera y podríamos concluir que la mayoría acaba en
la papelera de las frustraciones sin reciclar. ¿Y si toca, pero? Volvemos a
insistir con el riesgo de convertirnos en esperanzados ludópatas activos en
busca de la suerte pura, la manera más fácil de lograr algo. Una cosecha de
esfuerzos que no son necesarios, como caídos del cielo.
En esta
edición el tercer premio de la lotería ha caído también del cielo, pero en el
pueblo vecino de Ripoll. Una cantidad considerable de dinero ha salpicado la comarca
ni que sea por llevar la contraria a los videntes de la estadística y a los sin
fe. ¡Que ha tocado! Para los desprevenidos que no han hecho caso al cartel
torpe o no han sido afortunados, a quien la suerte y la fortuna les han pasado
a rozar, causa aún más rabia ya que la tramontana de la rifa te ha despeinado
el flequillo pero no se ha detenido. ¡Salud! Esto. ¡Salud!
Durante
el día de hoy, varios conocidos ya han dado por hecho que yo debería ser uno de
los agraciados. Como si la lotería tuviera las virtudes de los impuestos
municipales y alcanzara a todos los aldeanos sin excepciones. Es de agradecer
que te hagan en al bando de los ganadores. La verdad es que aún no sé si soy
uno de los afortunados -bien cierto- dado que la custodia y la confianza
permanecen depositadas en una persona que está de viaje. Espero que no se haya
largado con la fortuna ajena -bien pequeña y compartida, por otro lado-. Pero
me temo que el vendaval del premio no me despeinará el flequillo. Ya os lo
confirmaré, de ser así.
Como de
ilusiones también se vive, no os voy a negar que ya he efectuado todas las
composiciones y supuestos diversos para invertirlo. Ya me veo en la otra
esquina, la de la macroeconomía, adquiriendo propiedades inmobiliarias y coches
caros de los que se hacen mirar y no contaminan. También estoy rehaciendo el
discurso con gestualidad de corte de mangas refinado que dedicaré al jefe a la
vuelta de las fiestas. ¡Qué placer!
Digamos
que mi inversión en esperanza se ha prolongado más de la cuenta. Todavía no me
ha pillado de lleno el más que posible batacazo. Vivo en una dulce
incertidumbre como aquellos que se niegan a mirar el número del décimo por
temor al mal fario o a confirmar la mala suerte estadística anunciada por las
recalcitrantes cábalas matemáticas. Seguro que no saber si estás en el nido de
los premiados es un ejercicio bien navideño incluso cuando el nido se halle en
una rama vecina. Mucho me temo que, de viaje por tierras más cálidas -de ser el
caso- ya lo sabría. Mientras, sigo fantaseando. ¡Salud!
Sed
felices, os haya o no tocado cualquiera de las loterías. ¡Felices fiestas!
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