miércoles, 22 de enero de 2020

La semana de los barbudos.


Ahora mismo me hallo al abrigo del viento que sopla y que me inquieta extraordinariamente. Llevo unos auriculares a la manera de una boina tecnológica que diluyen y amortiguan las ráfagas crueles que no me dejan en paz. El viento ha mutilado la placidez de una tarde de domingo. Ruge y peina la atmósfera con furia. Se verifican los pronósticos tirando a catastróficos de los señores del tiempo. Viento, nieve y coléricas lluvias. ¡Qué panorama! Y dicen -los meteorólogos- que este temporal puede durar, como mínimo, hasta el miércoles o el jueves. Una borrasca con nombre, la Gloria, el indicio de que la cosa es seria. Ya bautizamos a los temporales de levante como a los huracanes atlánticos. ¡Que los estragos sean los mínimos! 

Con los años vamos cambiando de manía porque las rarezas suelen mutar cuando no se acumulan. Miedos fundamentados que nos sacan de quicio. Imaginemos aquellos que no tienen causa aparente, que son sin razón de ser. Por ahora y en esta época vital me atacan los que tienen que ver con los elementos desatados. El viento y el agua, los más habituales, me mortifican y me hacen sentir vulnerable. 

El temor a lo que no controlamos puede llevarnos al aturdimiento. El fuego, las tormentas, todas, en su amplio abanico de posibilidades nos sitúan y nos hacen perder la prepotencia de pequeños dioses humanos que todo lo dominan. ¿Quién somete al rayo, a los eclipses o a las mareas? En la voluntad de amansar-los, sin acabarlos de entender, los primitivos, y los más avispados, inventaron a los dioses. Las ofrendas y los sacrificios de la pitanza dominical con una tarta de nata me temo que no hayan servido para apaciguarlos. Ahora me salpican los silencios del coro del ejército ruso por no oír estos rugidos que van a más y son casi sostenidos.

La noche es más viento impetuoso, lamentos de ventanas o conciertos sin solfa del órgano oxidado de la barandilla en la terraza que aúlla desafinada y arruina el descanso. Estoy para ir a dormir al rincón de los gatos, al agujero de las cenizas, cálido y recóndito cerca de la chimenea donde hacían vida en el campo los felinos, un buen cubil para protegernos de los elementos. Sufriendo por si los ventanales no cederán, por si la viga principal no se tronchará a causa del peso de la nieve húmeda. 

Antes se llamaba invierno. Habrá que recordarlo y situar el episodio en la semana de los barbudos. Nadie alertaba, los meteorólogos eran los ancianos del lugar acostumbrados a interpretar las señales, que si no fallaban, eran ciertas. Ahora tenemos a estos profetas de los meteoros que aciertan casi siempre. El espacio del tiempo debe ser uno de los momentos televisivos con más audiencia entre aquellos que se embelesan en la fiabilidad de las predicciones y se anticipan amaneciendo ya con los calcetines gruesos de lana enfundados y la bufanda colgada al pescuezo para burlar la traición del temporal. A menudo me pregunto si es necesario divulgar con tanta vehemencia las alertas irremediables con este punto de certeza que tanto nos asusta a los maniáticos.

Los más apocalípticos -o los más realistas- hablan del cambio climático. En la prepotencia por remover las intimidades a la naturaleza, a menudo esta nos la devuelve. Los pequeños dioses humanos somos capaces de avivar estallidos de furia como el que se ha vivido en la petroquímica tarraconense. La revancha rabiosa de los elementos contra la vanidad por adiestrarlos sin contemplaciones. Ya nos alertan. ¿Seremos capaces de poner cordura? 

Y el viento continúa jadeando. Es en estos episodios cuando más admiro a los tocados por la tramontana con los flequillos y las barbacanas descarriadas con un punto de indiferencia existencial que los convierte, a la fuerza, en especiales. Ser capaces de relativizar la furia de este enemigo invisible o aún más, de sentir melancolía por la tramontana cuando no sopla, es de héroes. 

¡Que no cause estragos!


22 01 2020
 
Hoy Barcelona es un cementerio de paraguas.

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