Ahora mismo me hallo al abrigo
del viento que sopla y que me inquieta extraordinariamente. Llevo unos
auriculares a la manera de una boina tecnológica que diluyen y amortiguan las
ráfagas crueles que no me dejan en paz. El viento ha mutilado la placidez de
una tarde de domingo. Ruge y peina la atmósfera con furia. Se verifican los
pronósticos tirando a catastróficos de los señores del tiempo. Viento, nieve y
coléricas lluvias. ¡Qué panorama! Y dicen -los meteorólogos- que este temporal puede
durar, como mínimo, hasta el miércoles o el jueves. Una borrasca con nombre, la
Gloria, el indicio de que la cosa es
seria. Ya bautizamos a los temporales de levante como a los huracanes atlánticos.
¡Que los estragos sean los mínimos!
Con los años vamos cambiando de
manía porque las rarezas suelen mutar cuando no se acumulan. Miedos fundamentados
que nos sacan de quicio. Imaginemos aquellos que no tienen causa aparente, que
son sin razón de ser. Por ahora y en esta época vital me atacan los que tienen
que ver con los elementos desatados. El viento y el agua, los más habituales,
me mortifican y me hacen sentir vulnerable.
El temor a lo que no controlamos
puede llevarnos al aturdimiento. El fuego, las tormentas, todas, en su amplio
abanico de posibilidades nos sitúan y nos hacen perder la prepotencia de
pequeños dioses humanos que todo lo dominan. ¿Quién somete al rayo, a los
eclipses o a las mareas? En la voluntad de amansar-los, sin acabarlos de
entender, los primitivos, y los más avispados, inventaron a los dioses. Las
ofrendas y los sacrificios de la pitanza dominical con una tarta de nata me
temo que no hayan servido para apaciguarlos. Ahora me salpican los silencios del
coro del ejército ruso por no oír estos rugidos que van a más y son casi
sostenidos.
La noche es más viento impetuoso,
lamentos de ventanas o conciertos sin solfa del órgano oxidado de la barandilla
en la terraza que aúlla desafinada y arruina el descanso. Estoy para ir a dormir
al rincón de los gatos, al agujero de las cenizas, cálido y recóndito cerca de
la chimenea donde hacían vida en el campo los felinos, un buen cubil para
protegernos de los elementos. Sufriendo por si los ventanales no cederán, por
si la viga principal no se tronchará a causa del peso de la nieve húmeda.
Antes se llamaba invierno. Habrá
que recordarlo y situar el episodio en la semana de los barbudos. Nadie
alertaba, los meteorólogos eran los ancianos del lugar acostumbrados a interpretar
las señales, que si no fallaban, eran ciertas. Ahora tenemos a estos profetas
de los meteoros que aciertan casi siempre. El espacio del tiempo debe ser uno
de los momentos televisivos con más audiencia entre aquellos que se embelesan en
la fiabilidad de las predicciones y se anticipan amaneciendo ya con los
calcetines gruesos de lana enfundados y la bufanda colgada al pescuezo para burlar
la traición del temporal. A menudo me pregunto si es necesario divulgar con
tanta vehemencia las alertas irremediables con este punto de certeza que tanto
nos asusta a los maniáticos.
Los más apocalípticos -o los más realistas-
hablan del cambio climático. En la prepotencia por remover las intimidades a la
naturaleza, a menudo esta nos la devuelve. Los pequeños dioses humanos somos
capaces de avivar estallidos de furia como el que se ha vivido en la
petroquímica tarraconense. La revancha rabiosa de los elementos contra la
vanidad por adiestrarlos sin contemplaciones. Ya nos alertan. ¿Seremos capaces
de poner cordura?
Y el viento continúa jadeando. Es
en estos episodios cuando más admiro a los tocados por la tramontana con los flequillos
y las barbacanas descarriadas con un punto de indiferencia existencial que los
convierte, a la fuerza, en especiales. Ser capaces de relativizar la furia de
este enemigo invisible o aún más, de sentir melancolía por la tramontana cuando
no sopla, es de héroes.
¡Que no cause estragos!
22 01 2020
Hoy Barcelona es un cementerio de paraguas.
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