El espectáculo
de la aparición del Sr. Aznar en el Congreso ha sido, como proclaman los
comentaristas en los grandes eventos deportivos, la comparecencia del siglo. El
expresidente español ha surgido de las sombras -mediáticas- para convertirse en
el Ronaldo político de la comisión que investiga la trama de financiación
ilegal -un eufemismo aplicado a la corrupción- de su partido, el PP.
La salida al
plató o a la arena se percibió como la de un gladiador estrella, de aquellos a
quienes las circunstancias ni los adversarios consiguen degollar. Confirman
los/las profesionales de la prensa rosa que Josemari Aznar aún conserva a pleno
rendimiento la cadencia que le confieren los fotogénicos abdominales que ha
exhibido en los yates del poder fáctico -y en los palcos del Bernabéu- cargados
de bronce y de acero vizcaíno. ¡Puro músculo político rebozando el estómago del
gran capitán!
El partido del
siglo duró una eternidad. Y habría sido como el rosario de la aurora si se
hubieran practicado las preventivas revisiones de las jugadas en el VAR (el
vídeo asistente del árbitro vigente en la liga). A pesar de las continuas
interrupciones y los cambios repentinos en el equipo contrario, el personaje sacudió,
uno a uno, a los rivales que osaban poner en duda su tarea, su honorabilidad y
la verdad cierta. ¿Era necesaria una defensa tan sutil contra los corruptos
socialistas, los golpistas catalanes y del peligro podemita a la democracia?
Este hércules con mostacho de la derecha española ha sobrevolado por encima de
los enemigos sin despeinarse con pases toreros y con mucho -pero mucho- amor
propio.
Incombustible y
nada arrepentido, al contrario, orgulloso y convencido del papel que le
reservará la historia, disfruta de la pátina que cubre a los intocables, de la
dignidad, de la razón, de la maestría y de las virtudes de un líder a seguir.
Por eso el discípulo Casado y la cohorte de fieles le han apoyado en un acto de
fe y de adhesión público. Levantó pasiones y admiración con las finas maneras
que esperábamos. ¡Qué caballero! No defraudó. Los campeones, como este Ronaldo
de la política, tienen los resortes de la pierna -y los abdominales- tensos
como una ballesta y tan afinados que, cuando disparan, marcan los goles por la
escuadra habiendo regateado al enemigo de la libertad y fulminado al contrario de
la unidad de España.
Al descanso,
para distraer a los asistentes, salió Rufián con aires de cheerleader -por eso Arcadi Espada dice que es un "mariconazo"-
para quitar hierro al combate y desentumecer la tensión acumulada. En la
pantalla, combinadas con anuncios publicitarios diversos, escenas de la
película El Padrino con la melosa
música de fondo proyectando como unos pulcros camareros sirven las mesas en una
boda de mucha categoría. En uno de los planos proyectados se ve al padre de la
novia y a Bush con los pies sobre el mantel quemando nicotina y pasando champán
por el riñón. ¡Que vivan los novios!
José María
Aznar no dice mentiras, en todo caso duda, pero poco -como los grandes estrategas-.
Así lo demostró, con prudencia, cuando anunciaron las dos líneas de investigación.
Generalmente no es tan indeciso, como cuando nos garantizó -desde la franca
mirada mediática directa a los ojos de la audiencia- la existencia de armas de
destrucción masiva que avalaron en una votación nominal -con nombres y
apellidos- los orgullosos , crédulos, disciplinados y bélicos diputados del PP
en el Congreso votando a favor de la guerra del Golfo: -¡Sí! -¡A favor! -¡Sí!
-uno a uno fueron desfilando y depositando la papeleta en la urna de las
Azores.
¡Este señor no
miente! Si se reencarna políticamente, lo volvería a hacer y a ser. Sin duda,
un caballero de principios.
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