En prevención
de invitados descomedidos con el incisivo afilado se solía prevenir a los
anfitriones, había quien acarreaba más ansia que letra. Tener más hambre
política que másteres debe ser la versión actualizada de aquel decir añejo y
más adecuado a los postulados del proceso de Bolonia que establece los
fundamentos del sistema europeo de titulaciones académicas, el lío de los
grados, postgrados, másteres, doctorados y todo tipo de mercancías que conducen
a la obtención de una certificación o de un título.
Ser un
desganado en general, y en las comilonas de la fiesta patronal en particular,
tampoco era un indicio de tener más instrucción. En el pueblo la controversia
se resolvía con un "este tiene carrera" sin entrar en qué producto de
los escaparates universitarios había comprado el personaje que -se le veía-
tenía "carrera". Así en genérico y sin la algarabía actual de las titulaciones
que hay que buscar en Google,
conferían más prestigio y sobresalían los estudios de medicina, los de
ingeniería y los de arquitectura. El resto compartían el cajón de sastre
indefinido cuando no se era médico, arquitecto o ingeniero -mayoritariamente en
masculino-.
Como las piedras
y las posesiones diversas, los títulos en cierto modo también se heredaban
porque mayoritariamente sólo podían acceder a la universidad aquellos que se lo
podían permitir. Ser hijo de alguien era una aval de oportunidades en herencia
que el resto de los mortales no podían permitirse si no era con becas magras y/o
a base de esforzadas sesiones maratonianas trabajando en las vacaciones o a
media jornada para poder obtener -comprar- un título que era una escalera
asegurada por donde trepar a una vida mejor.
Con los años el
ascensor social de los estudios parecería estropeado en el rellano de las ocasiones
inútiles ya que se ha agarrotado. Cuántos licenciados masterizados no viven el
martirio de un trabajo precario en un derroche de recursos humanos o han de
trepar por las escaleras mecánicas de los aeropuertos low cost con una maleta llena de formación, mucho esfuerzo y de
incertidumbre.
La sabiduría
popular ya nos advertía que hay tantos, de borricos, con letra como sin. ¡Cierto!
Esta debe ser la razón por la que grandes empresas como Apple, Google, Starbucks, Hilton o el Bank of America han optado por
ofrecer puestos de trabajo cualificados a personas que no hayan cursado una
carrera universitaria. Buscan a quienes se hayan formado en la industria o más
allá del ámbito académico formal. Preferirían a los que en el pueblo, cuando los
aludíamos, añadíamos "si tuviera estudios...".
Confirmando la
sentencia de los asnos -con mucha letra- está la categoría de los que se hacen
imprimir enciclopédicas tarjetas de visita con una retahíla de diplomas
universitarios más extensa que los títulos nobiliarios ostentados por la Casa
de Alba. Cuando me entregan una tarjeta -más bien un tríptico- de estas
características me encuentro ante un reto trivial difícil de dilucidar: 1.
Acabo de conocer a un sabio. 2. He tropezado con un mentiroso. 3. Estoy ante un
hábil mercader de influencias y marrullerías.
De las tres
posibilidades, la primera me halaga y me deleita, qué privilegio conversar y
escucharle. Respecto de la segunda vía confirmaré que se pilla antes a un
mentiroso que a un cojo. Me preocupa, sin embargo, la tercera posibilidad -a
menudo mezclada con la segunda- porque este mercadeo consiste en llegar a un
acuerdo fraudulento que consiente algo a cambio.
Ya estremece
que el asunto de los másteres y de los estudios bajo sospecha se haya convertido
en un pilar estructural del país. Los enfangados en la mentira o los pescados
en la trampa grosera se les debería poder apartar, si no lo hacen por
vergüenza, por el agravio con aquellos que han dejado en ello un dineral, los
codos y las pestañas, chamuscadas a fuego lento en la luz fría de una pantalla.
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