Ya no hay
veranos como los de antes. En la edición de 2018 que se agota no tenemos
ninguna melodía que lo pete, ninguna canción del verano que nos sacuda las
neuronas en las fiestas mayores ni feriantes recitando las virtudes del perro piloto o de la muñeca chochona que nos entregaban los esforzados vocingleros de la
tómbola a cambio de un dineral tras insistir y volver a insistir. Cuando te
otorgaban el preciado -por caro- trofeo, descubrías que el perro no sabía
pilotar y que la muñeca era un trozo de peluche asexuado sin virtud alguna. En
castellano se denominan "pongos",
se trata de enseres o de artefactos decorativos que a la larga, abandonados,
se convierten en trastos que a algunos les da pena tirar al cubo de reciclar.
En todas las
casas hay chismes inútiles que incuban olvido e importunan en los estantes. La
ardilla disecada que trepaba a las radios de onda media en actitud rampante y
cola frondosa. El toro de plástico cosido de banderillas con la bandera
española -también de plástico- que había presidido el televisor en blanco y
negro debajo de un paño de encaje de bolillos. La indispensable botella de anís
vestida de paciente trabajo a ganchillo. El recuerdo con una imagen de la
Virgen de Montserrat o de la de Nuria sacralizando la funcionalidad, colgar
llaves o controlar la temperatura ambiente del recibidor en el termómetro
adosado poco fiable que incorporaban.
¡Cachivaches!
Sin embargo parecería razonable que a los estados también se les acumulen en un
gran almacén con un catálogo que llamamos historia. Naves colosales convertidas
en museo son las más exitosas para preservar la dispersión de objetos diversos
que va amontonando la humanidad por todas partes. Yo propongo un recorrido -así
que el paso del tiempo las recubra de una pátina polvorienta- por las
inspiradas rotondas municipales que han sustituido a las siluetas de los toros de
Osborne, aquellos centinelas de las
antiguas carreteras nacionales con sabor a carajillo.
Con la
perspectiva de los años, el personal deberíamos haber acumulado experiencia
para saber cómo nos fue y qué consecuencias provocan la reedición de ciertas
actitudes. Hay vírgenes que no deberíamos volver a sacar nunca en ninguna
procesión. Una visita a los grandes almacenes de la historia debería servir
para aleccionarnos, pero parecemos más predispuestos a repetir que a aprender.
La planta de oportunidades no tiene demanda. Será que la historia no ofrece un outlet con suficiente gancho y por eso
nos dejamos tomar el pelo edición tras edición. Ojo, no volvamos a comprar
boletos para un perro piloto y la chochona.
Me horripila
ver como hay individuos que sólo argumentan desde la violencia. Me estremece la
mentira interesada. Me aterra el mensaje perverso. Me duele la falta de sentido
crítico. Abomino de las personas que a sabiendas hacen daño. Rechazo a los infames
vocingleros de tómbola que venden a conciencia humo y niebla, una oferta de la
que vamos sobrados y de la cual los estantes están demasiado atiborrados.
¡Buena vuelta al trabajo!
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