miércoles, 5 de septiembre de 2018

Cachivaches.


Ya no hay veranos como los de antes. En la edición de 2018 que se agota no tenemos ninguna melodía que lo pete, ninguna canción del verano que nos sacuda las neuronas en las fiestas mayores ni feriantes recitando las virtudes del perro piloto o de la muñeca chochona que nos entregaban los esforzados vocingleros de la tómbola a cambio de un dineral tras insistir y volver a insistir. Cuando te otorgaban el preciado -por caro- trofeo, descubrías que el perro no sabía pilotar y que la muñeca era un trozo de peluche asexuado sin virtud alguna. En castellano se denominan "pongos", se trata de enseres o de artefactos decorativos que a la larga, abandonados, se convierten en trastos que a algunos les da pena tirar al cubo de reciclar. 

En todas las casas hay chismes inútiles que incuban olvido e importunan en los estantes. La ardilla disecada que trepaba a las radios de onda media en actitud rampante y cola frondosa. El toro de plástico cosido de banderillas con la bandera española -también de plástico- que había presidido el televisor en blanco y negro debajo de un paño de encaje de bolillos. La indispensable botella de anís vestida de paciente trabajo a ganchillo. El recuerdo con una imagen de la Virgen de Montserrat o de la de Nuria sacralizando la funcionalidad, colgar llaves o controlar la temperatura ambiente del recibidor en el termómetro adosado poco fiable que incorporaban. 

¡Cachivaches! Sin embargo parecería razonable que a los estados también se les acumulen en un gran almacén con un catálogo que llamamos historia. Naves colosales convertidas en museo son las más exitosas para preservar la dispersión de objetos diversos que va amontonando la humanidad por todas partes. Yo propongo un recorrido -así que el paso del tiempo las recubra de una pátina polvorienta- por las inspiradas rotondas municipales que han sustituido a las siluetas de los toros de Osborne, aquellos centinelas de las antiguas carreteras nacionales con sabor a carajillo. 

Con la perspectiva de los años, el personal deberíamos haber acumulado experiencia para saber cómo nos fue y qué consecuencias provocan la reedición de ciertas actitudes. Hay vírgenes que no deberíamos volver a sacar nunca en ninguna procesión. Una visita a los grandes almacenes de la historia debería servir para aleccionarnos, pero parecemos más predispuestos a repetir que a aprender. La planta de oportunidades no tiene demanda. Será que la historia no ofrece un outlet con suficiente gancho y por eso nos dejamos tomar el pelo edición tras edición. Ojo, no volvamos a comprar boletos para un perro piloto y la chochona

Me horripila ver como hay individuos que sólo argumentan desde la violencia. Me estremece la mentira interesada. Me aterra el mensaje perverso. Me duele la falta de sentido crítico. Abomino de las personas que a sabiendas hacen daño. Rechazo a los infames vocingleros de tómbola que venden a conciencia humo y niebla, una oferta de la que vamos sobrados y de la cual los estantes están demasiado atiborrados.

¡Buena vuelta al trabajo!

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