domingo, 8 de abril de 2018

La caída del imperio romano.


En la década de los sesenta el examen del carné de conducir ultramontano, en el Ripollès por ejemplo, era habitual perpetrarlo con un tractor descapotable. Breves y básicas maniobras de acá para allá para demostrar que se sabía distinguir entre el freno, el embrague y el acelerador -a menudo manual- de un vehículo diseñado para arar o arrastrar un remolque. Llegar a cabalgar legalmente el artificio mecánico de labranza implicaba haber superado "el teórico", un examen donde la pregunta fundamental era quién tenía la preferencia en el cruce simulado de un atasco inusualmente espeso con coches de juguete de colores diversos.

El carnet de conducir era una especie de oposición que facultaba la civilidad motorizada que algunos no alcanzaban ni con ruedas. Las preguntas del teórico eran puro veneno, una ponzoña memorística que atemorizaba mucho porque lo de la preferencia en el cruce sin semáforos -por inventar todavía- era un rompecabezas inédito difícil de verificar en las carreteras de las masías donde la preferencia pasaba por la tozudez sin carnet de una vaca con cuernos, sin intermitentes y con cencerro. El teórico era una pesadilla a menudo oral para no dañar la caligrafía o los utensilios nada usuales de escribir. La estilográfica era un complemento de domingo sólo para lucir en el bolsillo superior de la americana.

Ante el reto imposible de algunos aspirantes alcanzó fortuna el método de la longaniza, obtenían el permiso de conducir comprometiendo una -bien guapa- de la despensa hogareña. El selecto club de los que aprobaban a cambio de una longaniza eran un ejército delatado por el cordel no comestible del embutido que asomaba el hocico en el hatillo. Unos años después se podía optar por ir a Andorra, a comprar queso y al mismo tiempo un carné de conducir que había que homologar pasado un plazo. De tener que elegir yo me decanto por el expeditivo romanticismo nutritivo del embutido mucho más patriótico y muy nuestro.

 Los días que corren me evocan esta simpática anécdota cuando unas décadas más allá se ha perfeccionado en el caso del máster presunto de la Cifuentes "haciéndose la rubia" con el tribunal presunto que la evaluó también presuntamente. Si me permiten, este máster de la Universidad Rey Juan Carlos también rezuma una intensa fragancia muy presunta a chorizo ​​de bellota. 

El día de la Hispanidad en Madrid, en octubre de 2017, los masterizados sin presunción de las revistas del corazón ya alabaron el porte de rubia vaporosa de la presidenta de la Comunidad y destacaron el célebre bolso patriótico que arrasó en el desfile, del que se disparó la demanda y por el que la Cifuentes marcó tendencia nacional una buena temporada. Sólo los sagaces sabuesos del gremio satinado se dieron cuenta de que del interior de aquel bolso asomaba un cordel dorado rematado en una especie de borla greñuda que la comprometía dado que la bolsa podía encubrir perfectamente un salchichón.

Me viene a la cabeza como mi suegro -descanse en paz- me miraba fijamente y poniéndose filósofo me dedicaba una sentencia que he recordado muchas veces: "tantos borricos hay con letra como sin". Algún día habrá que dedicarle un sesudo estudio estadístico al asunto, pero me temo que tenía mucha razón. Un máster también viste, puede tener algo de la estilográfica inútil exhibida por los payeses en la faltriquera dominical cuando remata el presunto currículum profesional ya que no basta sólo "haciéndose la rubia" o el rubio -he de incluir a los atacados de alopecia y al flequillo de Maroto- ". 

Hablando de padres y madres políticos debo comunicar que me solidarizo firmemente con la plataforma de suegras agraviadas. Hace días que vivo una desazón que no sé definir con propiedad. Las imágenes de Letizia marcando la distancia de la línea defensiva respecto del equipo contrario repetidas en bucle y a cámara lenta -lo que en el pleistoceno de la comunicación conocíamos como la moviola-, los círculos y las flechas sobrepuestos a la imagen, la lectura gestual y de los labios me abruman. ¡Pobre abuela! A la crueldad biológica de la nuera sin arrugas o bien planchadas -que ya es para tenerse cierta tirria y envidia- se interpone el muro doloroso hacia los nietos o las nietas. Qué condena puede haber más despiadada que apartar -o fregotear un beso- a los abuelos de su tesoro más preciado. 

La reiterada emisión de la gestualidad monárquica en este choque de reinas en el tablero mediático ha llevado al experto Peñafiel a manifestar que a Letizia la pierde la mala educación, la violencia y el mal carácter. Tenemos el país pendiente de las rencillas monárquicas que según los entendidos podría pasar por un divorcio antes de que la monarquía cuelgue de un hilo que no pertenece exclusivamente al textil catalán.

La crónica de los días parece una reposición de la caída del imperio romano justo acabados la semana santa y los bolos del orfeón ministerial a cuatro voces interpretando el novio de la muerte. De la saeta a la milonga europea que deja salir de una prisión alemana a Puigdemont para que Rajoy pueda reanudar las conversaciones políticas.


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