En la década de
los sesenta el examen del carné de conducir ultramontano, en el Ripollès por
ejemplo, era habitual perpetrarlo con un tractor descapotable. Breves y básicas
maniobras de acá para allá para demostrar que se sabía distinguir entre el
freno, el embrague y el acelerador -a menudo manual- de un vehículo diseñado
para arar o arrastrar un remolque. Llegar a cabalgar legalmente el artificio
mecánico de labranza implicaba haber superado "el teórico", un examen
donde la pregunta fundamental era quién tenía la preferencia en el cruce
simulado de un atasco inusualmente espeso con coches de juguete de colores
diversos.
El carnet de
conducir era una especie de oposición que facultaba la civilidad motorizada que
algunos no alcanzaban ni con ruedas. Las preguntas del teórico eran puro
veneno, una ponzoña memorística que atemorizaba mucho porque lo de la preferencia
en el cruce sin semáforos -por inventar todavía- era un rompecabezas inédito
difícil de verificar en las carreteras de las masías donde la preferencia
pasaba por la tozudez sin carnet de una vaca con cuernos, sin intermitentes y
con cencerro. El teórico era una pesadilla a menudo oral para no dañar la
caligrafía o los utensilios nada usuales de escribir. La estilográfica era un
complemento de domingo sólo para lucir en el bolsillo superior de la americana.
Ante el reto
imposible de algunos aspirantes alcanzó fortuna el método de la longaniza,
obtenían el permiso de conducir comprometiendo una -bien guapa- de la despensa hogareña.
El selecto club de los que aprobaban a cambio de una longaniza eran un ejército
delatado por el cordel no comestible del embutido que asomaba el hocico en el hatillo.
Unos años después se podía optar por ir a Andorra, a comprar queso y al mismo
tiempo un carné de conducir que había que homologar pasado un plazo. De tener
que elegir yo me decanto por el expeditivo romanticismo nutritivo del embutido
mucho más patriótico y muy nuestro.
Los días que corren me evocan esta simpática
anécdota cuando unas décadas más allá se ha perfeccionado en el caso del máster
presunto de la Cifuentes "haciéndose la rubia" con el tribunal
presunto que la evaluó también presuntamente. Si me permiten, este máster de la
Universidad Rey Juan Carlos también rezuma una intensa fragancia muy presunta a
chorizo de bellota.
El día de la
Hispanidad en Madrid, en octubre de 2017, los masterizados sin presunción de
las revistas del corazón ya alabaron el porte de rubia vaporosa de la presidenta
de la Comunidad y destacaron el célebre bolso patriótico que arrasó en el
desfile, del que se disparó la demanda y por el que la Cifuentes marcó tendencia
nacional una buena temporada. Sólo los sagaces sabuesos del gremio satinado se
dieron cuenta de que del interior de aquel bolso asomaba un cordel dorado
rematado en una especie de borla greñuda que la comprometía dado que la bolsa
podía encubrir perfectamente un salchichón.
Me viene a la
cabeza como mi suegro -descanse en paz- me miraba fijamente y poniéndose
filósofo me dedicaba una sentencia que he recordado muchas veces: "tantos borricos
hay con letra como sin". Algún día habrá que dedicarle un sesudo estudio
estadístico al asunto, pero me temo que tenía mucha razón. Un máster también
viste, puede tener algo de la estilográfica inútil exhibida por los payeses en la
faltriquera dominical cuando remata el presunto currículum profesional ya que
no basta sólo "haciéndose la rubia" o el rubio -he de incluir a los
atacados de alopecia y al flequillo de Maroto- ".
Hablando de
padres y madres políticos debo comunicar que me solidarizo firmemente con la
plataforma de suegras agraviadas. Hace días que vivo una desazón que no sé
definir con propiedad. Las imágenes de Letizia marcando la distancia de la
línea defensiva respecto del equipo contrario repetidas en bucle y a cámara
lenta -lo que en el pleistoceno de la comunicación conocíamos como la moviola-, los círculos y las flechas
sobrepuestos a la imagen, la lectura gestual y de los labios me abruman. ¡Pobre
abuela! A la crueldad biológica de la nuera sin arrugas o bien planchadas -que
ya es para tenerse cierta tirria y envidia- se interpone el muro doloroso hacia
los nietos o las nietas. Qué condena puede haber más despiadada que apartar -o fregotear
un beso- a los abuelos de su tesoro más preciado.
La reiterada
emisión de la gestualidad monárquica en este choque de reinas en el tablero
mediático ha llevado al experto Peñafiel a manifestar que a Letizia la pierde
la mala educación, la violencia y el mal carácter. Tenemos el país pendiente de
las rencillas monárquicas que según los entendidos podría pasar por un divorcio
antes de que la monarquía cuelgue de un hilo que no pertenece exclusivamente al
textil catalán.
La crónica de
los días parece una reposición de la caída del imperio romano justo acabados la
semana santa y los bolos del orfeón ministerial a cuatro voces interpretando el
novio de la muerte. De la saeta a la milonga europea que deja salir de una prisión alemana a Puigdemont
para que Rajoy pueda reanudar las conversaciones políticas.
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