"Sol y
pescado en los restaurantes de la Barceloneta. Llenos de amarillo y de
república. Las clases acomodadas de la Cataluña interior disfrutan de una
jornada de reivindicación y ocio. Si esto es guerra, que no venga la paz. ¡Arroz
e independencia! ". Esta es la crónica -vía tuit- del Sr. Lluís Bassets,
director adjunto de El País en Cataluña.
No sería ningún despropósito ligarlo a otro tuit del Sr. José Zaragoza, del
PSC, que publica: "El independentismo tiene aires de superioridad. Se
creen más modernos, más listos, más democráticos e incluso más ricos que el
resto de España".
Las piadas -los
Tweet- participan de aquel punto que
convierte la comunicación en compulsiva. Sin matices, a lo bruto, sin metáforas
largas ni eufemismos que diluyen la vehemencia de la pedrada informativa.
Resumiendo podríamos decir que ayer en Barcelona se celebró un encuentro como
el del caracol en Lleida -aplec del
caragol- pero con arroz y moluscos ya que la Cataluña profunda de comarcas
se lo puede permitir. Salud y força al
canut, compañeros, porque Barcelona es bona
si la bossa sona y, en el zoológico, existió un mono blanco.
Esto de bajar
-o subir- a la ciudad a practicar atracones no es nuevo ni se ha fomentado con
los últimos encuentros independentistas. Ir de visita al médico ya era un buen
pretexto para degustar unas gambas junto al mar. Menos el presunto enfermo,
pendiente de pruebas y de analíticas, que era quien lo sufría literalmente
magro con la ensalada sin sal, un arroz blanco caldoso y una triste merluza
hervida. La sufrida compañía se consolaba por un si acaso a base de comilonas
como si el mundo se acabara.
En los sesenta
la cofradía de mozos y arrieros de las casas de payés ya frecuentaba el
restaurante Set Portes y a las señoritas
que exponían el pecado y vendían la carne en las esquinas bajas de las Ramblas.
Del Ripollès a Barcelona con la Remfla,
como se conocía el ferrocarril que emprendía el trayecto en San Juan de las
Abadesas y venía a morir en la Plaza Cataluña. Negociaban un "billete de
ir, anar y volver a tornar" porque en Barcelona falta gente. La poca
destreza en moverse por la inmensidad urbana primero los llevaba en línea recta,
todo tieso, al reputado restaurante. Después, resueltos los propósitos,
"Volvían a tornar" al pueblo con el último tren de la Remfla cargados de manchas de arroz en
la camisa y de pecados en la pechera del alma.
Nada es del
todo nuevo, todo está inventado, sólo cambia el contexto. Y apuntarse un
domingo desde los Pallars, la Ribagorza, las Tierras del Ebro o del Empordà a
la marcha festiva -y arrocera, según el Sr. Bassets- también es una manera de
matar el tiempo y de ver mundo. Y puestos a universalizar la paella me pregunto
qué menú tenían los internados de Estremera, Soto del Real y en Alcalá-Meco. ¿Pudieron
degustar una paella amarilla de colorante y de un solo mejillón? De
confirmarlo, la comunión gastronómica habría sido un detalle del sistema
penitenciario español.
El baile de
cifras por el número de asistentes a la manifestación de ayer por la libertad
de los presos políticos y por los exiliados tampoco es inaudito. ¿Cuántas
personas de verdad y con exactitud colapsaron el Paralelo y la Plaza de España.
Según tuitea M. Zaragoza, que seamos "más ricos que el resto de
España", puede incidir en el recuento. Me explico, si los manifestantes en
lugar de abarrotar las terrazas de la Barceloneta se hubieran tenido que
conformar con un bocadillo de mortadela patrocinado por la organización se
podría hacer un recuento preciso de la asistencia con un fundamento aritmético bastante
fiable.
La defensa de
la modernidad y de la sagacidad las dejaré para otro día. De modernos,
espabilados y corruptos existe, como en cada casa, un gran muestrario -una caja
de Galletas Birba bien surtida es
ideal para rematar la comida con un garnacha-. Sólo le recuerdo al Sr. Zaragoza
que, por lo que respecta a la democracia, el gran pecado original catalán pasa
por querer poner unas urnas.
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