miércoles, 18 de abril de 2018

Paella republicana.


"Sol y pescado en los restaurantes de la Barceloneta. Llenos de amarillo y de república. Las clases acomodadas de la Cataluña interior disfrutan de una jornada de reivindicación y ocio. Si esto es guerra, que no venga la paz. ¡Arroz e independencia! ". Esta es la crónica -vía tuit- del Sr. Lluís Bassets, director adjunto de El País en Cataluña. No sería ningún despropósito ligarlo a otro tuit del Sr. José Zaragoza, del PSC, que publica: "El independentismo tiene aires de superioridad. Se creen más modernos, más listos, más democráticos e incluso más ricos que el resto de España".

Las piadas -los Tweet- participan de aquel punto que convierte la comunicación en compulsiva. Sin matices, a lo bruto, sin metáforas largas ni eufemismos que diluyen la vehemencia de la pedrada informativa. Resumiendo podríamos decir que ayer en Barcelona se celebró un encuentro como el del caracol en Lleida -aplec del caragol- pero con arroz y moluscos ya que la Cataluña profunda de comarcas se lo puede permitir. Salud y força al canut, compañeros, porque Barcelona es bona si la bossa sona y, en el zoológico, existió un mono blanco.

Esto de bajar -o subir- a la ciudad a practicar atracones no es nuevo ni se ha fomentado con los últimos encuentros independentistas. Ir de visita al médico ya era un buen pretexto para degustar unas gambas junto al mar. Menos el presunto enfermo, pendiente de pruebas y de analíticas, que era quien lo sufría literalmente magro con la ensalada sin sal, un arroz blanco caldoso y una triste merluza hervida. La sufrida compañía se consolaba por un si acaso a base de comilonas como si el mundo se acabara.

En los sesenta la cofradía de mozos y arrieros de las casas de payés ya frecuentaba el restaurante Set Portes y a las señoritas que exponían el pecado y vendían la carne en las esquinas bajas de las Ramblas. Del Ripollès a Barcelona con la Remfla, como se conocía el ferrocarril que emprendía el trayecto en San Juan de las Abadesas y venía a morir en la Plaza Cataluña. Negociaban un "billete de ir, anar y volver a tornar" porque en Barcelona falta gente. La poca destreza en moverse por la inmensidad urbana primero los llevaba en línea recta, todo tieso, al reputado restaurante. Después, resueltos los propósitos, "Volvían a tornar" al pueblo con el último tren de la Remfla cargados de manchas de arroz en la camisa y de pecados en la pechera del alma. 

Nada es del todo nuevo, todo está inventado, sólo cambia el contexto. Y apuntarse un domingo desde los Pallars, la Ribagorza, las Tierras del Ebro o del Empordà a la marcha festiva -y arrocera, según el Sr. Bassets- también es una manera de matar el tiempo y de ver mundo. Y puestos a universalizar la paella me pregunto qué menú tenían los internados de Estremera, Soto del Real y en Alcalá-Meco. ¿Pudieron degustar una paella amarilla de colorante y de un solo mejillón? De confirmarlo, la comunión gastronómica habría sido un detalle del sistema penitenciario español. 

El baile de cifras por el número de asistentes a la manifestación de ayer por la libertad de los presos políticos y por los exiliados tampoco es inaudito. ¿Cuántas personas de verdad y con exactitud colapsaron el Paralelo y la Plaza de España. Según tuitea M. Zaragoza, que seamos "más ricos que el resto de España", puede incidir en el recuento. Me explico, si los manifestantes en lugar de abarrotar las terrazas de la Barceloneta se hubieran tenido que conformar con un bocadillo de mortadela patrocinado por la organización se podría hacer un recuento preciso de la asistencia con un fundamento aritmético bastante fiable.

La defensa de la modernidad y de la sagacidad las dejaré para otro día. De modernos, espabilados y corruptos existe, como en cada casa, un gran muestrario -una caja de Galletas Birba bien surtida es ideal para rematar la comida con un garnacha-. Sólo le recuerdo al Sr. Zaragoza que, por lo que respecta a la democracia, el gran pecado original catalán pasa por querer poner unas urnas.


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