domingo, 4 de marzo de 2018

Mojigatos de la disidencia.



Millet ya ha regresado a casa, como Montull. Han pagado la fianza. Una buena nueva ya que la libertad siempre lo ha sido. Me temo que esta, sin embargo, no es la que proclama la tribu de los lazos amarillos. En el otro platillo de la cosa legal el estado puede -o quiere- enchironar a otro rapero a dos años y un día de prisión efectiva. ¿A qué criatura se le puede explicar el elemental razonamiento aritmético en años de cárcel que la justicia española administra a granel? Cuesta de entender, pero robar a cuatro manos con una melodía para ladrones confesos es más afinado y mucho más armónico judicialmente que desgañitarse a ritmo de hit hop. Es una evidencia que las sinfonías en el Palau de la Música -también las suites para cacerola- tienen mucho de aristocrático. No renegaré de los raperos pero no se les puede comparar porque de rapero a trapero melódico hay una letra que cabalga por el filo de la navaja judicial practicando equilibrios precarios si la  solfa de la sentencia de encarcelamiento se confirma. 

Minucias, migajas de libertad de expresión que no deberían quitarles el sueño a los quisquillosos de los derechos civiles. Absurdidades -collonades-, mascullaba Pla con razón. Debéis de entender que hay unos límites y que no podemos levantar el dedo más de la cuenta ya que nos lo pueden primero secuestrar, después encarcelar y finalmente decapitar. ¿Cómo se atreven estos mojigatos a manchar la dignidad de los monarcas y de las personas honorables? Me ahorraré de criticar en profundidad a los pinta monas que ensucian las impolutas paredes de las galerías exponiendo obras que tienen esta categoría sólo por el hecho de figurar en un catálogo. 

Personalmente me hallo protegido, seguro y amparado por estos jueces que aplican las leyes que alguien ha dictado para que yo sienta el aliento del recto proceder en la nuca. No repetiré ese principio filosófico fundamental que ha vuelto para verificarse y nos advierte paternalmente del terrible desacierto que nos lleva a confundir la libertad con el libertinaje obtuso. Recuperar las maneras y la exquisita civilidad acorralando a las ovejas negras que pastan por los prados de la discordia, la disidencia, la rebelión y la protesta es algo que nos debería enorgullecer y que deberíamos alentar.

Quién osa comparar a los Millet y a los secuaces de calibre similar con estos raperos y semejante fauna de mala vida. Como no existe un fenómeno de corrupción sino un "descuido" generalizado -nos iluminó sabiamente al respecto el ecuánime Felipe González- todavía vivo más tranquilo y seguro sabiendo que el estado y todos sus aparatos -los judiciales también- velan para que mi pensión de jubilación, cuando proceda, será la justa, la que me he ganado a lo largo de la vida laboral en activo y me permitirá vivir con la dignidad de un abuelo que tiene el estado tras las miserias humanas que ya me empiezan a atenazar.

Puestos a elegir en caso de fuerza mayor, guiados por la enseñanza moral de los tiempos que corren, me permitiré preveniros subsanando los preceptos bíblicos. No injuriéis ni calumniéis, antes robad -sale más a cuenta-.

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