domingo, 25 de febrero de 2018

Madrid, febrero del 1981.

Madrid, 23 de febrero de 1981. Una mañana gris, de cielo metálico de cuando las calefacciones aún consumían carbón. De regreso de la facultad almorzamos con el amigo Félix en una casa de comidas. Estos establecimientos se llamaban así porque no eran restaurantes, ni bistrots, ni fondas ni hoteles. Las casas de comidas eran un espacio típicamente madrileño que reunían a viudos, a jubilados sin compromiso, a funcionarios de escalafón miserable y algún estudiante de provincias becado donde se solía desplegar el diario a modo de barricada para preservar la intimidad y la espartana olla que se servía. Mesas largas o individuales adosadas, arrimadas en exceso unas a las otras, a la vecina miseria solidaria. Todos, mendigos de compañía. Vino y gaseosa, arroz a la cubana con plátano frito, una chuleta de cerdo con patatas a lo pobre rematado con un flan de la casa o una crema catalana de meseta también conocida como natillas. ¡Que aproveche! El ama y al tiempo camarera fondona con acento andaluz salpicado por el cheli umbralesco defendía, mártir, como una Manuela Malasaña el frente de mesas con artillería culinaria casera y mucha honra calórica. ¡Oído cocina!

Me explicó Félix que en la Biblioteca Nacional -cercana al Congreso y al lugar donde comimos- solamente se disparó la alarma y que desalojaron con cierta urgencia. Hubo disparos y mucha confusión. Un tiroteo, otro asunto del terrorismo que atenazaba la capital con demasiada frecuencia. Poco a poco, con la calma mediática de la época que se comportaban los transistores, la radio portátil que se escuchaba pegada a la oreja, la noticia se difundía desatinada. Las cobradoras del metro y los informados sólo confirmaban que el Congreso había sido asaltado. Pero -¡coño!- se impuso la imagen inconfundible de un tricornio cabalgando un mostacho con los padres de la transición truncada y humillados. 

La tarde se consumía monótona, de febrero, el mes más feo y corto del calendario. En el piso de estudiantes se vivía la paz de cuando conseguías la preciada soledad cargada de ausencias. Durante esas horas se quebró todo a medida que la noticia adquiría la gravedad y la certeza de un golpe de estado retransmitido en directo. Vivíamos cerca de la calle Alcalá más allá de la plaza de toros, el paisaje desde el comedor era la confluencia por donde entrarían los tanques y la tropa de leva si Madrid, en mancha de aceite, se sumaba a la belicosidad fallera de Milans del Bosch. Abducido por la radio -no teníamos TV- fui consciente de lo que pasaba cuando un general leyó aquel comunicado literalmente inspirado en el levantamiento -glorioso- de 1936. 

Los pisos de estudiantes son -eran entonces y deben continuar siéndolo- un cóctel formidable de caos que concretaban la intendencia precaria en un plato de macarrones, montañas de huevos fritos o toneladas de sopa Gallina Blanca que sólo había que recalentar. ¡Qué años! Cenas para un congreso de acogidos quemando la noche invertida -hecha día- y la generosidad ajena a base de pasteles caseros de manzana en femenino y viriles botellas de vino tinto. Volteábamos los relojes para que el día siguiente fuera nuestro. Aquella tarde se detuvo el tiempo al ritmo de las marchas militares de compás binario. ¿Qué ocurrirá? Llamar a casa -¡Tranquil, Jordi, tranquil, sólo es la Guardia Civil- resultó una hazaña. Se cruzaban las conversaciones de todo tipo, de los eufóricos redimiendo el pasado a los fugitivos prevenidos que ocultaban los pañales -sucios- de aquella democracia aún con dientes de leche.

En el bar El Moderno se verificaba aquella máxima que el nombre no hace la cosa. Regentado por un matrimonio o unos hermanos -no alcancé a averiguarlo- maduros y cargados de luto quizá por el hijo que no tuvieron descubrí el primer cartel del Fary, una campaña underground de la movida orquestada por los taxistas de Madrid que lo transportaría a prosperar como ganadero de Toritos guapos en las Ventas. El lugar era una esquina a escuadra con mucha luz, huesos de aceituna y mucha cáscara de cacahuetes al amparo de la barra. Nos suministraba la cafeína imprescindible para un piso de estudiantes sin cafetera, algo básico. El silencio roto por las imágenes era en blanco y negro. La mujer, medio asustada pero conformada, me preguntó qué pasaría. Madrid vivía tras los ventanales de la incertidumbre, mayoritariamente atemorizada, mientras la vieja guardia desfilaba vestida con la camisa azul y rompía la noche a golpes de patriótico bocinazo. 

La decretaron la noche más larga de la transición. Desazón, angustia e incertidumbre. Dormir se convirtió en una proeza a la sombra del transistor cambiando las pilas y oteando la avenida por si la milicia sacaba los tanques a pasear. Larga y monárquica oscuridad resuelta en una rendición esperpéntica por la ventana. Tejero entró en las enciclopedias deteniendo la oscuridad -¡Quieto todo el mundo

La facultad por la mañana estaba vacía, como la ciudad. Desde el departamento se gozaba de una privilegiada vista de pájaro del complejo de la Moncloa, muy próximo. El maestro Fernando Lázaro Carreter también pegado a la radio me dijo -Nos volverán a convertir esto en un cuartel-. Flotaba una tristeza premonitoria que una exposición de los fondos de la biblioteca de la Complutense exhibía. Coincidió con una muestra de los volúmenes que durante la guerra civil habían sido heridos de bala, descuartizados por una explosión o medio quemados para calentar el rancho soldadesco. De vuelta al piso, a media mañana, pasé por la casa de las flores, el lugar donde residió el poeta Neruda y que en aquel Madrid del "No pasarán" cambiaba de bando según soplaba el aliento de los cañones en el frente madrileño que tenía el confín justo en la Ciudad Universitaria. 

Aún no había transcurrido una semana, del lunes 23 al viernes 27 de febrero, cuando comenzó la edición de carnaval de ese año. Lo recuerdo perfectamente. Un estallido que inauguró el pregonero Luis Carandell por encargo del alcalde Enrique Tierno Galván. Una explosión de liberación con un epicentro significativo, en el antiguo cuartel del Conde Duque se montó una carpa gigantesca. Indicaba Carandell que la alegría debía vencer en las calles. Así aconteció. 

Sé que me repito, pero yo siempre he estado convencido de que el 23F fracasó porque lo intentaron en lunes -y en febrero-.


A los compañeros, amigos y hermanos de sopa de sobre compartida en el piso de Quintana.


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