Madrid, 23 de
febrero de 1981. Una mañana gris, de cielo metálico de cuando las calefacciones
aún consumían carbón. De regreso de la facultad almorzamos con el amigo Félix
en una casa de comidas. Estos
establecimientos se llamaban así porque no eran restaurantes, ni bistrots, ni fondas ni hoteles. Las casas de comidas eran un espacio
típicamente madrileño que reunían a viudos, a jubilados sin compromiso, a funcionarios
de escalafón miserable y algún estudiante de provincias becado donde se solía
desplegar el diario a modo de barricada para preservar la intimidad y la
espartana olla que se servía. Mesas largas o individuales adosadas, arrimadas
en exceso unas a las otras, a la vecina miseria solidaria. Todos, mendigos de
compañía. Vino y gaseosa, arroz a la cubana con plátano frito, una chuleta de
cerdo con patatas a lo pobre rematado con un flan de la casa o una crema
catalana de meseta también conocida como natillas. ¡Que aproveche! El ama y al
tiempo camarera fondona con acento andaluz salpicado por el cheli umbralesco defendía, mártir, como
una Manuela Malasaña el frente de mesas con artillería culinaria casera y mucha
honra calórica. ¡Oído cocina!
Me explicó
Félix que en la Biblioteca Nacional -cercana al Congreso y al lugar donde
comimos- solamente se disparó la alarma y que desalojaron con cierta urgencia.
Hubo disparos y mucha confusión. Un tiroteo, otro asunto del terrorismo que
atenazaba la capital con demasiada frecuencia. Poco a poco, con la calma
mediática de la época que se comportaban los transistores, la radio portátil
que se escuchaba pegada a la oreja, la noticia se difundía desatinada. Las
cobradoras del metro y los informados sólo confirmaban que el Congreso había
sido asaltado. Pero -¡coño!- se impuso la imagen inconfundible de un tricornio
cabalgando un mostacho con los padres de la transición truncada y
humillados.
La tarde se consumía
monótona, de febrero, el mes más feo y corto del calendario. En el piso de
estudiantes se vivía la paz de cuando conseguías la preciada soledad cargada de
ausencias. Durante esas horas se quebró todo a medida que la noticia adquiría
la gravedad y la certeza de un golpe de estado retransmitido en directo.
Vivíamos cerca de la calle Alcalá más allá de la plaza de toros, el paisaje
desde el comedor era la confluencia por donde entrarían los tanques y la tropa
de leva si Madrid, en mancha de aceite, se sumaba a la belicosidad fallera de
Milans del Bosch. Abducido por la radio -no teníamos TV- fui consciente de lo
que pasaba cuando un general leyó aquel comunicado literalmente inspirado en el
levantamiento -glorioso- de 1936.
Los pisos de
estudiantes son -eran entonces y deben continuar siéndolo- un cóctel formidable
de caos que concretaban la intendencia precaria en un plato de macarrones, montañas
de huevos fritos o toneladas de sopa Gallina
Blanca que sólo había que recalentar. ¡Qué años! Cenas para un congreso de
acogidos quemando la noche invertida -hecha día- y la generosidad ajena a base
de pasteles caseros de manzana en femenino y viriles botellas de vino tinto. Volteábamos
los relojes para que el día siguiente fuera nuestro. Aquella tarde se detuvo el
tiempo al ritmo de las marchas militares de compás binario. ¿Qué ocurrirá?
Llamar a casa -¡Tranquil, Jordi, tranquil, sólo es la Guardia Civil- resultó
una hazaña. Se cruzaban las conversaciones de todo tipo, de los eufóricos
redimiendo el pasado a los fugitivos prevenidos que ocultaban los pañales -sucios-
de aquella democracia aún con dientes de leche.
En el bar El Moderno se verificaba aquella máxima
que el nombre no hace la cosa. Regentado por un matrimonio o unos hermanos -no alcancé
a averiguarlo- maduros y cargados de luto quizá por el hijo que no tuvieron descubrí
el primer cartel del Fary, una campaña underground
de la movida orquestada por los taxistas
de Madrid que lo transportaría a prosperar como ganadero de Toritos guapos en las Ventas. El lugar
era una esquina a escuadra con mucha luz, huesos de aceituna y mucha cáscara de
cacahuetes al amparo de la barra. Nos suministraba la cafeína imprescindible
para un piso de estudiantes sin cafetera, algo básico. El silencio roto por las
imágenes era en blanco y negro. La mujer, medio asustada pero conformada, me preguntó
qué pasaría. Madrid vivía tras los ventanales de la incertidumbre, mayoritariamente
atemorizada, mientras la vieja guardia desfilaba vestida con la camisa azul y
rompía la noche a golpes de patriótico bocinazo.
La decretaron
la noche más larga de la transición. Desazón, angustia e incertidumbre. Dormir
se convirtió en una proeza a la sombra del transistor cambiando las pilas y
oteando la avenida por si la milicia sacaba los tanques a pasear. Larga y
monárquica oscuridad resuelta en una rendición esperpéntica por la ventana.
Tejero entró en las enciclopedias deteniendo la oscuridad -¡Quieto todo el mundo!
La facultad por
la mañana estaba vacía, como la ciudad. Desde el departamento se gozaba de una privilegiada
vista de pájaro del complejo de la Moncloa, muy próximo. El maestro Fernando
Lázaro Carreter también pegado a la radio me dijo -Nos volverán a convertir
esto en un cuartel-. Flotaba una tristeza premonitoria que una exposición de
los fondos de la biblioteca de la Complutense exhibía. Coincidió con una
muestra de los volúmenes que durante la guerra civil habían sido heridos de
bala, descuartizados por una explosión o medio quemados para calentar el rancho
soldadesco. De vuelta al piso, a media mañana, pasé por la casa de las flores, el lugar donde residió el poeta Neruda y que
en aquel Madrid del "No pasarán"
cambiaba de bando según soplaba el aliento de los cañones en el frente
madrileño que tenía el confín justo en la Ciudad Universitaria.
Aún no había
transcurrido una semana, del lunes 23 al viernes 27 de febrero, cuando comenzó
la edición de carnaval de ese año. Lo recuerdo perfectamente. Un estallido que
inauguró el pregonero Luis Carandell por encargo del alcalde Enrique Tierno
Galván. Una explosión de liberación con un epicentro significativo, en el
antiguo cuartel del Conde Duque se montó una carpa gigantesca. Indicaba
Carandell que la alegría debía vencer en las calles. Así aconteció.
Sé que me
repito, pero yo siempre he estado convencido de que el 23F fracasó porque lo
intentaron en lunes -y en febrero-.
A los
compañeros, amigos y hermanos de sopa de sobre compartida en el piso de
Quintana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario