Bajo una tenue
lluvia que se irá intensificando a lo largo del día me desplazo hasta la
Modelo. Bordeo la cárcel hasta la entrada. Un primer patio con ventanas sin
barrotes indica que este espacio estaba ocupado por los funcionarios y dedicado
a la administración. Se hace extraño poder acceder al complejo penitenciario
sin trabas, colas, registros y, lo más insólito, poder salir cuando se quiera.
El día gris y lluvioso añade un plus escénico que acompaña el paseo. Puertas abiertas
de par en par que aún deben funcionar acotan el pasillo que lleva al fotogénico
espacio central desde donde se controlaban las galerías.
Todo está
acabado de abandonar, aunque permanecen los carteles con las instrucciones y
las recomendaciones diversas como si fueran vigentes. La huella de la presencia
de los reclusos se percibe y se hace patente en detalles que los días no han
podido borrar. Los rótulos anunciando las dependencias, el piso gastado casi
erosionado de tanto baldear. Las celdas abiertas, una especie de loft pequeñito
-estirando el eufemismo- con un lavamanos y una desnuda taza de sanitario
sucia. ¿Cuántas personas se hacinaban allí recluidas? Por los percheros
numerados cuento seis. Existía alguna celda que se podría considerar de cinco
estrellas en el catálogo de las cárceles, contaba con un camastro único y un
tabique que separa la ducha y el sanitario, un cuarto de baño descapotable que
aportaba algo de intimidad y mucho lujo.
La cabeza del
pulpo, el epicentro, el panóptico -el punto en el cual se visualiza todo- tiene
un aire como de corazón de mercado municipal. Una parada estrella o
privilegiada con las huellas de las ruedas de las sillas de despacho que
todavía siguen allí. Desde este espacio el conductor de aquel mundo ajeno a la
vida exterior comandaba el rumbo de la nave, las luces y las evoluciones de los
prisioneros en los recuentos, por ejemplo. La atmósfera es fría, no existe el
calor humano que templa los espacios y los vicia. El olor a prisión ya se ha
desvanecido.
Coincidía la
visita con los actos de la semana de la Barcelona Negra, el género policial más
cercano a la trama que en la narración novelesca y en la vida real hay que
ahorrar, la condena. Hoy la quinta galería estaba ocupada por el público que
asistía a los diversos actos que se desarrollaban en la Modelo, charlas, una
obra de teatro o una exposición de retratos robot. Había también una parada
bien surtida de libros del género y algún autor que firmaba su producción
literaria. Todo del gremio policial y negro. A la quinta galería, hoy, no era
posible pasear visitando los espacios o las celdas que han hospedado alguien
significado, Companys, Ferrer i Guardia, Puig Antich o el Vaquilla. Me he conformado con la visión impresionante de los pisos
y la cantidad de celdas que disponen las galerías.
He accedido al
patío, continuaba lloviznando, con el pavimento cruzado a cicatrices
deportivas, rayas que también aprisionan las reglas del juego y el campo de
baloncesto o de fútbol. En un rincón he descubierto lo que yo he considerado el
trono de los prisioneros que gozan de cierta posición prominente en el trullo.
Una grada pequeñísima en dimensiones que podía embutir dos docenas de internos
bien colocados. ¿Quién se sentaba en este lugar destacado, todo un símbolo de
territorio? ¿El Vaquilla organizando un motín?
Al abrigo del
patio están los talleres y la escuela. Esta es un edificio discreto con aulas
mínimas abarrotadas de pupitres verdes -los mismos de los centros de nuestros
hijos- con las sillas encima de las mesas con las patas oxidadas a base de
soportar la humedad de las limpiezas diarias donde invertir el remanente
extraordinario de tiempo. Herramientas para barrer los fantasmas del
arrepentimiento, de la culpa o de la inocencia amontonadas en un cuartucho pequeño
como recién abandonado. Me han sorprendido las manualidades que soportando la
intemperie estaban allí abandonadas, en ese patio resguardado como de escuela
rural que no se podía sustraer a las rejas y a las vallas de pinchos que lo
envuelven todo. Mosaicos de estética infantil que alguien olvidó porque sólo
eran pretextos para matar el tiempo.
Rótulos
inútiles en una huelga de abandono anunciaban la "cocina" o la
"enfermería". Los aseos actualmente abiertos al público visitante
siguen siendo los mismos de cuando funcionaba la institución. En la sala de
visitas despojada de las mesas y de las sillas están las ventanas protegidas
por un cristal grueso desde donde se comunicaba el interno con los suyos. La
frialdad vacía y la tristeza ambiental predominan.
La Modelo hoy
era un monumento mudo donde a los fantasmas del pasado no se les ahuyenta
fácilmente. ¿Cuántos han perdido la vida entre los muros de la prisión?
Saliendo, en un espacio a la derecha sin rotular, se halla el lugar donde
aplicaron el garrote vil a Salvador Puig Antich. Corría marzo de 1974. Es un
espacio vacío, encalado, sin nombre que había sido el cuartucho donde se registraban
y se entregaban los paquetes. En el suelo faltan cuatro baldosas relativamente
nuevas que dejan ver el pavimento original donde calzaron aquel utensilio espeluznante
empleado en la ejecución. Figurarse cuáles pueden ser los sentimientos últimos
estremece.
La Modelo. Mi
estancia ha sido, digamos, turística. He contemplado el arco de la portada que
te trae de regreso a la vida y a los semáforos sin rejas. Me he fijado en un banco
o una pequeña plataforma donde los que habían cumplido la condena depositaban
las cuatro pertenencias mientras no se abría aquel enorme portalón hacia la
libertad.
Silencio,
tristeza, frialdad... todas riman con prisión. Paseando por el patio desierto
me he imaginado rodeado de reclusos. He pensado en aquellos que, ajenos a criminales
delitos, sin condena firme deben permanecer injusta y preventivamente aislados
lejos de las familias.
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