lunes, 5 de febrero de 2018

La Prisión.



Bajo una tenue lluvia que se irá intensificando a lo largo del día me desplazo hasta la Modelo. Bordeo la cárcel hasta la entrada. Un primer patio con ventanas sin barrotes indica que este espacio estaba ocupado por los funcionarios y dedicado a la administración. Se hace extraño poder acceder al complejo penitenciario sin trabas, colas, registros y, lo más insólito, poder salir cuando se quiera. El día gris y lluvioso añade un plus escénico que acompaña el paseo. Puertas abiertas de par en par que aún deben funcionar acotan el pasillo que lleva al fotogénico espacio central desde donde se controlaban las galerías. 

Todo está acabado de abandonar, aunque permanecen los carteles con las instrucciones y las recomendaciones diversas como si fueran vigentes. La huella de la presencia de los reclusos se percibe y se hace patente en detalles que los días no han podido borrar. Los rótulos anunciando las dependencias, el piso gastado casi erosionado de tanto baldear. Las celdas abiertas, una especie de loft pequeñito -estirando el eufemismo- con un lavamanos y una desnuda taza de sanitario sucia. ¿Cuántas personas se hacinaban allí recluidas? Por los percheros numerados cuento seis. Existía alguna celda que se podría considerar de cinco estrellas en el catálogo de las cárceles, contaba con un camastro único y un tabique que separa la ducha y el sanitario, un cuarto de baño descapotable que aportaba algo de intimidad y mucho lujo. 

La cabeza del pulpo, el epicentro, el panóptico -el punto en el cual se visualiza todo- tiene un aire como de corazón de mercado municipal. Una parada estrella o privilegiada con las huellas de las ruedas de las sillas de despacho que todavía siguen allí. Desde este espacio el conductor de aquel mundo ajeno a la vida exterior comandaba el rumbo de la nave, las luces y las evoluciones de los prisioneros en los recuentos, por ejemplo. La atmósfera es fría, no existe el calor humano que templa los espacios y los vicia. El olor a prisión ya se ha desvanecido. 

Coincidía la visita con los actos de la semana de la Barcelona Negra, el género policial más cercano a la trama que en la narración novelesca y en la vida real hay que ahorrar, la condena. Hoy la quinta galería estaba ocupada por el público que asistía a los diversos actos que se desarrollaban en la Modelo, charlas, una obra de teatro o una exposición de retratos robot. Había también una parada bien surtida de libros del género y algún autor que firmaba su producción literaria. Todo del gremio policial y negro. A la quinta galería, hoy, no era posible pasear visitando los espacios o las celdas que han hospedado alguien significado, Companys, Ferrer i Guardia, Puig Antich o el Vaquilla. Me he conformado con la visión impresionante de los pisos y la cantidad de celdas que disponen las galerías. 

He accedido al patío, continuaba lloviznando, con el pavimento cruzado a cicatrices deportivas, rayas que también aprisionan las reglas del juego y el campo de baloncesto o de fútbol. En un rincón he descubierto lo que yo he considerado el trono de los prisioneros que gozan de cierta posición prominente en el trullo. Una grada pequeñísima en dimensiones que podía embutir dos docenas de internos bien colocados. ¿Quién se sentaba en este lugar destacado, todo un símbolo de territorio? ¿El Vaquilla organizando un motín? 

Al abrigo del patio están los talleres y la escuela. Esta es un edificio discreto con aulas mínimas abarrotadas de pupitres verdes -los mismos de los centros de nuestros hijos- con las sillas encima de las mesas con las patas oxidadas a base de soportar la humedad de las limpiezas diarias donde invertir el remanente extraordinario de tiempo. Herramientas para barrer los fantasmas del arrepentimiento, de la culpa o de la inocencia amontonadas en un cuartucho pequeño como recién abandonado. Me han sorprendido las manualidades que soportando la intemperie estaban allí abandonadas, en ese patio resguardado como de escuela rural que no se podía sustraer a las rejas y a las vallas de pinchos que lo envuelven todo. Mosaicos de estética infantil que alguien olvidó porque sólo eran pretextos para matar el tiempo. 

Rótulos inútiles en una huelga de abandono anunciaban la "cocina" o la "enfermería". Los aseos actualmente abiertos al público visitante siguen siendo los mismos de cuando funcionaba la institución. En la sala de visitas despojada de las mesas y de las sillas están las ventanas protegidas por un cristal grueso desde donde se comunicaba el interno con los suyos. La frialdad vacía y la tristeza ambiental predominan. 

La Modelo hoy era un monumento mudo donde a los fantasmas del pasado no se les ahuyenta fácilmente. ¿Cuántos han perdido la vida entre los muros de la prisión? Saliendo, en un espacio a la derecha sin rotular, se halla el lugar donde aplicaron el garrote vil a Salvador Puig Antich. Corría marzo de 1974. Es un espacio vacío, encalado, sin nombre que había sido el cuartucho donde se registraban y se entregaban los paquetes. En el suelo faltan cuatro baldosas relativamente nuevas que dejan ver el pavimento original donde calzaron aquel utensilio espeluznante empleado en la ejecución. Figurarse cuáles pueden ser los sentimientos últimos estremece. 

La Modelo. Mi estancia ha sido, digamos, turística. He contemplado el arco de la portada que te trae de regreso a la vida y a los semáforos sin rejas. Me he fijado en un banco o una pequeña plataforma donde los que habían cumplido la condena depositaban las cuatro pertenencias mientras no se abría aquel enorme portalón hacia la libertad. 

Silencio, tristeza, frialdad... todas riman con prisión. Paseando por el patio desierto me he imaginado rodeado de reclusos. He pensado en aquellos que, ajenos a criminales delitos, sin condena firme deben permanecer injusta y preventivamente aislados lejos de las familias.

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