La celebración
del día de la mujer en el calendario laico ha resultado un éxito. La calle
lucía como una lila florida anunciando la primavera con el mes de María en la
esquina. Una huelga de mujeres y para las mujeres que alzan la voz reclamando
la palabra y el protagonismo desde la igualdad y por el respeto. Mismas
oportunidades, mismas condiciones. Con la movilización y la testosterona
política acojonada, quien no se plantifica un lazo en el pecho. ¡Gestos!
El régimen, el
contexto, la tradición, la iglesia previniéndome contra las pérfidas diablesas
seductoras -las muñecas de porcelana antes que las de celuloide- dedicaron
muchos afanes y recursos para que llegara a convertirme en un "hombre
cabal". Se consagraron ingentes esfuerzos en la pervivencia del
"machismo" institucionalizado en una realidad que no tenía nombre,
pero que iba sobrada de actitudes. Sólo existían los "hombres" y las
"mujeres", los niños y las niñas en una guerra donde ellas tenían las
de perder porque eran incuestionablemente excluidas de todas las ligas en el
patio de la escuela.
La ignorancia
del misterio carnal entre tanta ropa tendida -y las pelotas de fútbol-
sacudieron mi existencia el día que en la escuela unitaria para niños sentaron
a mi lado a un ser misterioso, desconocido y envuelto en una recóndita
atmósfera etérea con trenzas que exhalaba pulcritud y delicadeza virginal.
Aquella aparición súbita era, ciertamente, una niña. ¡Qué susto!
De cómo
evolucionar de "niño/a" a "hombre/mujer" para reconvertirnos
en "personas" podría ser el título de un manual de autoayuda para
reciclar a machistas, un martillo contra patriarcas rampantes o la herramienta
que destemplara la férrea supremacía imperante. Cómo volver efectivo un código
comprometido de género que regule los diversos ámbitos, del laboral al social y
otros que no menciono. Lo más elemental y primario, sin lugar a dudas, es el de
un sueldo idéntico para el mismo trabajo. Un principio sindical básico que aún
tiene excepciones y que discrimina el salario en femenino.
No quisiera
entrar en resbaladizas disquisiciones antes de haberme reencarnado en mujer -si
se pudiera elegir- para conocer el percal y poder hablar con propiedad y
conocimiento de causa. El paso enorme de giganta que ha salido a la calle estos
días en las grandes ciudades demuestra que el feminismo ha mutado en activismo.
La consecuencia de la inesperada movilización contundente y transversal debería
espabilar a los políticos. Ya no será suficiente con colgarse lazos o recitar
poéticas proclamas. Las mujeres han demostrado que quieren fijarse en las
campañas políticas. Me temo que la profecía del Mariano respecto de la huelga
feminista no es acertada. No sé si "ya se les pasará" o "son
cosas suyas" -de las mujeres-, como un período menstrual perturbador. Ya
se verá si "con cuatro gritos para que ellas se desahoguen" será
suficiente, Sr. Rajoy, o se convertirá en algo reiteradamente cíclico.
La designación
femenina apelando a leyes físicas por el volumen morfológico -ya sean rumanas o
polacas- pueden acabar verificando la
ley de Arquímedes en contra del republicano Lluís Salvadó, un cuerpo político
insoluble sumergido en un fluido saturado de sal gruesa recibe una fuerza de
abajo hacia arriba igual al peso de la polémica que provoca.
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